Rosalía en su primer concierto del ‘Lux Tour’ en Barcelona: llámeselo arte

Ni comienza ni concluye trepidante. La velocidad es el alma de los conciertos de pop contemporáneos y al ojo no se le otorga tregua. El espectáculo es velocidad, como un extremo desbordando. Por eso el directo de Rosalía llama la atención buscando un espacio propio, un lugar de cierto sosiego que comienza con la música clásica recibe al público en el recinto. Este lunes tocaba Barcelona, en el primero de sus cuatro conciertos en su ciudad, como dijo emocionada, lagrimeando de verdad, evocando a Peret, en el Palau Sant Jordi. Todo lleno por supuesto. Y comenzó ralentizado, con ella suspendida por sus bailarines como si fuese una estatua griega que cambia de emplazamiento en el Louvre. El público, que ya se sabía todo lo necesario sobre el concierto, no dejó de asombrarse, porque aún con todo, nada como estar ante la estrella.

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Seguidores de Rosalía hacen cola en las proximidades del Palau Sant Jordi para acceder al concierto. [ALBERT GARCIA] 


 La catalana actúa en el Sant Jordi enmarcada por un espectáculo concebido como una obra antigua  

Ni comienza ni concluye trepidante. La velocidad es el alma de los conciertos de pop contemporáneos y al ojo no se le otorga tregua. El espectáculo es velocidad, como un extremo desbordando. Por eso el directo de Rosalía llama la atención buscando un espacio propio, un lugar de cierto sosiego que comienza con la música clásica recibe al público en el recinto. Este lunes tocaba Barcelona, en el primero de sus cuatro conciertos en su ciudad, como dijo emocionada, lagrimeando de verdad, evocando a Peret, en el Palau Sant Jordi. Todo lleno por supuesto. Y comenzó ralentizado, con ella suspendida por sus bailarines como si fuese una estatua griega que cambia de emplazamiento en el Louvre. El público, que ya se sabía todo lo necesario sobre el concierto, no dejó de asombrarse, porque aún con todo, nada como estar ante la estrella.

Y es que escuchar a Rosalía cantar Sexo violencia y llantas, Reliquia, con ella estática, casi como Lot hecha sal tras mirar la ciudad prohibida o Porcelana, es algo que impacta. Como sus lágrimas, como lo que luego ocurriría en una actuación extraordinaria enmarcada en un espectáculo que es bastante más que luces y velocidad. Llámeselo arte.

Un arte que no oculta costuras, ya que en la segunda pieza, Reliquia, los operarios trasteaban atrezzo en el que ella se marcaría poco después ese Mio Cristo Piange Diamenti que cerraba el primero de los cuatro capítulos es este montaje. Un montaje que pese a que ella bailó, y se acercó a la orquesta y al público, parece pensado para crear instantáneas casi inmóviles que merezcan ser recordadas. Estampas. Por ello la intención pictórica, esa reivindicación de un arte antiguo que debe mirarse varias veces e incluso desde varios encuadres. Nada de la velocidad de Motomami, estamos en un plano espiritual, parecía sugerir, allí donde mora el recogimiento sin las premuras y ansiedades que se dejan en la puerta. En ese contexto encajan las canciones de Lux tanto como las vestimentas que luce Rosalía y la asistencia más entregada imitándolas. Si los idiomas de su último trabajo no se antojaban mero capricho, tampoco lo es el despliegue estético de su puesta en escena. Todo en Rosalía tiene una razón, una finalidad.

En un artículo de la revista digital argentina Anfibia, y a propósito de Ca7riel y Paco Amoroso, se destacaba que en el entretenimiento contemporáneo las canciones han de ir acompañadas de una narración que las mantenga, un universo en el fugaz mundo transmedia. Es lo que han hecho el dúo argentino, Bad Bunny y Rosalía, que incluso sugiere un manual de instrucciones eludido que el público entiende porque de antemano, incluso antes de la edición del disco, ya lo comenta e interioriza. No es así el típico espectáculo para pasmar con tecnología, sino con una plástica que encaje. Ejemplos los ha habido, desde los fascinantes Pet Shop Boys de 1991, la Madonna visual de 2001, la Solange de máxima sofisticación minimalista en el Primavera Sound de 2013, el fabuloso David Byrne del Cruïlla 2018 o ese Tangana cinematográfico de 2022. Palabras mayores.

En el concierto de Rosalía hubo cambios de vestuario, del oscuro y casi goyesco del segundo acto, iniciado con atronadores tintes operísticos en Berghain y seguido por Saoko o La fama, temas de distinto pelaje pero que funcionan hermanados en el mundo pop de Rosalía; hasta el blanco final, pausado, para acabar el concierto muy dentro de cada persona con Magnolias. Y techno, y Frankie Valli y glitches, y cuerda doblada y graves para demoler Troya y ágil baile. Hubo una fascinante coreografía de trampantojo ideada por Dimitri Papaioannou en La perla, marcos para encajar a Rosalía como sujeto y un juego con cuadros famosos reconocibles, alta cultura pero sin pasarse, para entretener en un intermedio. Y el confesionario, momento de cuitas con la actriz y presentadora Yolanda Ramos.

“Siéntete libre y cuéntamelo todo”, dijo Rosalía, ”hay que hablar de un cabrón ¿no?”, respondió Yolanda Ramos. Y tras el sí de Rosalía, Yolanda procedió por infiel, cutre, hámster y tener pelo de cebolla. Y por depilarla cuando ella se quiso autodestruir teniendo un rollo con el sujeto. La pobre Yolanda se bebió sus propios pelos por error. Pero para pobre, el sujeto, músico para más señas. Un tal Joan.

También habló, suelta y satisfecha, como entre amigos. De hecho lo hizo con un niño de 13 años que estaba allí en su primer concierto, y antes de Sauvignon Blancrecordó que el primer concierto al que ella asistió fue con sus padres, para ver a Estopa. Y cuando se acercó al público se abrazó a un señor mayor cuya mirada atónita y feliz brillaba más que el foco que iluminaba el instante. Por cierto, para que nadie perdiese detalle, en la parte alta del escenario se pasaba la letra en catalán de las canciones, mientras que en otra pantalla, tras la mesa de sonido, esas letras iban en castellano o en los idiomas en los que cantaba. No hubo que traducir el “boti, boti, boti fill de puta qui no boti”, que dió paso a un botafumeiro-altavoz con una ensordecedora versión de CUUUUuuuuuute.Fue este tramo el más rítmico, la mayor concesión formal a un concierto clásico, con la pegada de Bizcochito, y el merengue travestido Despechá, conNovia Roboty Focu’ranni.

Y todo ello funcionó porque Rosalía monta un repertorio equilibrado en el que cuenta más el encaje que la memoria. Y porque el pop es esa música que todo lo fagocita sin perder fuste, sentido y coherencia. Rosalía no es vanguardia como lo pueda ser Holly Herndon, ni extraña como The Residents, ni tan siquiera se reinventa, ya que todo es fruto de una evolución que partió del flamenco, presente con De madugá, La rumba del Perdón o El redentor y que nadie, quizás ni ella misma, sabe dónde acabará. Es pop comercial de mucho nivel, música de entretenimiento no exenta de mover fibras sensibles en el que las canciones no suenan en escena cortadas, resumidas o empujadas por la prisa. Pausa y pop, estampa, y un espectáculo para lucirla. De su voz, sólo decir que es el fabuloso remate, el carnal y flexible pináculo de este museo sin grietas que es la gira de Lux.

Es pop comercial de mucho nivel, música de entretenimiento no exenta de mover fibras sensibles en el que las canciones no suenan en escena cortadas, resumidas o empujadas por la prisa. Pausa y pop, estampa, y un espectáculo para lucirla. De su voz, sólo decir que es el fabuloso remate, el carnal y flexible pináculo de este museo sin grietas que es la gira de Lux.

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