Pocas veces se ha vivido en El Hormiguero lo que anoche ocurrió por culpa (y hay veces que la culpa sienta fenomenal) de Jorge Salvador. Meses llevaba el socio de Pablo Motos preparando el momento que el presentador de El Hormiguero no olvidará jamás Leer Pocas veces se ha vivido en El Hormiguero lo que anoche ocurrió por culpa (y hay veces que la culpa sienta fenomenal) de Jorge Salvador. Meses llevaba el socio de Pablo Motos preparando el momento que el presentador de El Hormiguero no olvidará jamás Leer
Quién a cierta edad, cuando llega ese momento en el que uno hace más memoria que otra cosa, no ha recordado aquellos amores de la infancia. Ese niño o niña que con una sola mirada te cambiaba el día entero. Ese niño o niña que ocupaba tu primer pensamiento de la mañana y el último. Ese niño o niña que fue tu primer amor. Si dedicamos un minuto de nuestra vida a pensar precisamente en ese niño o niña, todos recordamos quién era, cómo se llamaba, la historia que escribiste, pero nunca viviste. Todos hemos tenido un amor de juventud; Pablo Motos ha tenido un amor de juventud.
Algo extraño ocurrió anoche en El Hormiguero, algo que pocas veces se ha visto, algo que Pablo Motos protege férreamente: sus emociones más personales vieron la luz. Pocas veces en los 20 años de historia de El Hormiguero, Pablo Motos se ha quitado esa armadura obligada a llevar por el ruido externo. Sí, le hemos visto emocionarse con la historia de algún invitado, emocionarse al recordar a los amigos perdidos (por ejemplo, Quique San Francisco) y emocionarse cuando las desgracias (como la dana) le tocaron de bien cerca. Pero si hay un presentador que guarda con más ahínco su intimidad, la emocional, sin lugar a dudas es él. Es como una fortaleza impenetrable, cerrada con mil candados y mil guardianes. Encontrar un hueco por el que colarse solo lo pueden conseguir quienes conocen al otro Pablo Motos, al de detrás de las cámaras, al que no presenta El Hormiguero. Y una de esas personas, sin lugar a dudas, es Jorge Salvador.
El socio de Pablo Motos, coproductor y codirector ejecutivo junto al presentador de El Hormiguero, pertenece a ese círculo de confianza que conoce de verdad al presentador. Son muchos años llevando juntos su productora, 7yAcción, muchos años de verse por los pasillos, de comidas, de buenos y de malos momentos, de escucharse el uno al otro, de saber cómo pillar a Pablo Motos cautivo y desarmado. Y no podía ser nadie más que él quien anoche desarmase por completo a su amigo y socio, provocando uno de los momentos que Pablo Motos no olvidará en su vida y que quien estuviera viendo anoche El Hormiguero tampoco olvidará.
De vez en cuando, más de vez en cuando, Pablo Motos abre un pequeño resquicio para que el espectador entre y conozca al Pablo Motos que hay detrás de la televisión. Suele usar el humor para ello, recordando historias de su infancia que esconde en el humor. Por ejemplo, aquella vez que El niño Pablito, su nombre artístico, tenía que dar un concierto de guitarra siendo un niño, le entraron ganas de cagar y, por un error de cálculo, el zurullo acabó en su brazo y no en el desagüe. O aquellas historias de sus años locos como DJ, a lo Chimo Bayo. Y de todas esas historias que durante 20 años ha ido desgranando en un acto de «hasta aquí os dejo entrar», Jorge Salvador ha ido tomando nota.
Fue hace un tiempo (en el año 2021) cuando Pablo Motos contó en El Hormiguero la historia de su primer amor, la Maria, la hija de Pablo, el peluquero, su profesor de guitarra, por la que El niño Pablito bebía los vientos. «Mi vida dependía de si ese día la Maria me miraba y me sonreía o no», contó en aquel momento Pablo Motos. Ese amor era tal que un día, enfadado porque la Maria no le hacía caso, cogió una cinta de casete y grabó por las dos caras -60 minutos cada una- la misma frase: «Quiero a la Maria, quiero a la Maria, quiero a la Maria…». Dos horas repitiendo una y otra vez la misma frase. Cinco años han pasado de aquel día en el que Pablo Motos abrió la puerta de su memoria a los espectadores; y cinco años han pasado desde que Jorge Salvador se quedó con la copla.
Anoche algo extraño ocurrió en El Hormiguero. No es raro que en la mesa de humor de cada lunes, después de despedir al invitado -anoche era Roberto Leal-, Jorge Salvador se siente con los cómicos y con Pablo Motos para recordar las barrabasadas del pasado de El Hormiguero o los peores momentos de Pablo Motos en la historia del programa. Es una especie de ten con ten. Jorge Salvador intenta sacar los colores a Pablo Motos y Pablo Motos saca de sus casillas a Jorge Salvador con la cancioncita que Leonardo Dantés escribió y compuso para el productor ejecutivo, cuando este era el responsable de Crónicas Marcianas.
Pero anoche, en lugar de entrar al final de la tertulia, como es habitual, Jorge Salvador pidió paso antes de que arrancase. «Entro ahora porque os enrolláis y luego no me da tiempo», les advirtió. Pablo Motos ya andaba con la mosca detrás de la oreja, pero si el jefe dice «entro», pues entra y sanseacabó. Y comenzó Jorge Salvador a recordar precisamente esas historias de El niño Pablito y su guitarra, de Jesús, el peluquero, y de la Maria. Consiguió despistar a Pablo Motos con fotografías de su infancia, de Jesús, incluso de la Maria; Pablo Motos ya había perdido el primer trozo de armadura. No hay nada como ver a Pablo Motos cuando no controla lo que está sucediendo en El Hormiguero. Anoche perdió el control por completo porque Jorge Salvador era el cerebro de la operación, pero el resto del equipo (incluso parte del público) eran sus secuaces.
De repente, tras mostrarle dos fotografías de la Maria de niña y que a Pablo Motos se le cayeran hasta los palos del sombrajo, Jorge Salvador le pidió que se levantara porque había conseguido no solo una foto de la Maria de niña sino la foto de la Maria en la actualidad. Y cuando parecía que iba a descubrir la imagen posada sobre un caballete… «¡Para qué mostrar la imagen si tenemos a la Maria aquí!». Y sí, la Maria entraba en El Hormiguero, ante un Pablo Motos cuyo rostro ningún espectador ha visto jamás.
De fondo comenzó a sonar la melodía de Sorpresa, sorpresa, el programa de finales de los 90 que presentaron Isabel Gemio y Concha Velasco, y que producía Giorgio Aresu; la Maria acababa de entrar en el plató y Pablo Motos, ahora sí, estaba vencido y desarmado.
Pocas veces, por no decir ninguna, los espectadores de El Hormiguero han visto a un Pablo Motos así. Sin casi poder articular palabra, con esa mirada del niño que fue, con los nervios del que sabe que momentos así solo se viven una vez en la vida y con los ojos del que está aguantando la emoción porque, si dejaba escapar la primera lágrima, le iba a ser imposible parar la cascada siguiente.
Pablo Motos abrazó a la Maria como si abrazándola viajase durante unos minutos a su infancia. Sí, El Hormiguero se acababa de convertir en Sorpresa, sorpresa. Curioso que minutos antes de que ocurriera el momentazo de la noche y de El Hormiguero por muchos años, fuese Pablo Motos el que le dijera a Jorge Salvador: «El Hormiguero es un programa para divertirse». Curioso que por primera vez Pablo Motos no pudiera casi ni seguir con el programa y tuviese que coger las riendas, consciente de cómo estaba su socio, el propio Jorge Salvador.
La Maria comenzó a contar cómo era Pablo Motos de pequeño, cómo su padre le contó que aquel niño de nueve años había escrito una canción para ella, cómo le recordaba cada tarde sentado en el sillón de la peluquería de su padre con la guitarra entre sus brazos, «que era más grande que él». Curioso ver a Pablo Motos en un estado en el que seguramente pocas veces se le vaya a volver a ver. Y curioso que la cosa no iba a terminar ahí, pues la persona que había ayudado a Jorge Salvador a preparar toda esta sorpresa, el sobrino de la Maria, estaba en el público esperando para dar otra sorpresa, la suya propia: pedir matrimonio a su pareja en vivo, en directo, en El Hormiguero y, de nuevo, con la música de Sorpresa, sorpresa. Verlo para creerlo.
¿Y digo yo? Cómo mola cuando un programa pierde la escaleta, cuando un programa deja ver a la persona en lugar del personaje, cuando se descubre que detrás de las cámaras cada una de las personas que salen cada noche por la televisión tienen una historia, una vida, unos recuerdos y muchas emociones que contienen en una especie de pacto a lo Fausto, que solo ellos consiguen entender.
Cómo mola que un amigo -en este caso Jorge Salvador– dedicara varios meses a preparar una sorpresa al que siempre las está preparando para los demás. Cómo mola volver a esa televisión que arranca a los espectadores una sonrisa sin que el espectador se dé cuenta. Cómo mola ver que Pablo Motos, o cualquier otro, es tan persona como tú o como yo. Cómo mola hacer esa televisión que hacía Giorgio Aresu, aunque sea solo un ratito, un instante. Cómo mola recordar.
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