Protegiendo a Casavieja del diablo de fuego

Los bomberos forestales se preparan para trabajar en la localidad de Casavieja.

Adiós, cielo azul, llegó la tormenta de fuego. El límpido firmamento de las montañas del sur de Ávila se oscurece. La pira funeraria de los bosques ardiendo se eleva a velocidades y densidades insólitas. Las nubes estrangulan al sol y sumen a Casavieja (1.500 habitantes) en la noche prematura a las seis de la tarde bajo un filtro naranja y negro. El diabólico incendio que repta desde las montañas quiere engullir el pueblo. Lanza rachas anárquicas que hacen bailar la dirección del frente, caos para los bomberos profesionales y voluntarios que corren como hormiguitas y extienden mangueras entre pavesas volando, vientos aullando, árboles crepitando en su último estertor y el rugido de la bestia cual destructivo mar de fondo. Misión: que el pueblo no entre en otro círculo del infierno de fuego que arrasa España.

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Los bomberos forestales refrescan la zona ante la inminente llegada del fuego a Casavieja, en la provincia de Ávila. Los bomberos y algunos vecinos luchan para defender los pueblos del imparable incendio de Ávila  

Adiós, cielo azul, llegó la tormenta de fuego. El límpido firmamento de las montañas del sur de Ávila se oscurece. La pira funeraria de los bosques ardiendo se eleva a velocidades y densidades insólitas. Las nubes estrangulan al sol y sumen a Casavieja (1.500 habitantes) en la noche prematura a las seis de la tarde bajo un filtro naranja y negro. El diabólico incendio que repta desde las montañas quiere engullir el pueblo. Lanza rachas anárquicas que hacen bailar la dirección del frente, caos para los bomberos profesionales y voluntarios que corren como hormiguitas y extienden mangueras entre pavesas volando, vientos aullando, árboles crepitando en su último estertor y el rugido de la bestia cual destructivo mar de fondo. Misión: que el pueblo no entre en otro círculo del infierno de fuego que arrasa España.

El incendio trepa montañas mientras los coches han de caracolear por estrechas carreteras donde uno se pregunta qué da más miedo: mirar al abismo de abajo o al hongo de humo de arriba. Atrás queda Burgohondo, en cuyo término municipal nació el horror el miércoles. Las pintadas del suelo alientan al viejo héroe abulense, el ciclista ‘Chava’ Jiménez, y a corredores caídos: “Luis, tu grupeta siempre”. Casavieja asoma bajo la sierra: un flanco impide actuar en la zona del camping, una vía ardiente amenaza lo alto del pueblo y una lengua ataca por el lateral.

Decenas de bomberos se distribuyen por el núcleo entre los recelos de los lugareños, entre agradecidos y tensos. María Jiménez, de 27 años, muestra fotos del monte el viernes a las 14.20: unas fogatas inocentes en la cumbre. “Con dos cubas de agua se hubiera apagado”, estima. Por la tarde, quizá con una pasada de hidroavión se hubiera contenido, según otras imágenes. Luego se desmadró y, aunque ahora hay decenas de efectivos, la fuerza del frente y la masa de humo lo hacen ingobernable.

“Muy mal”. “Viene con fuerza descontrolada”. “Hemos intentado actuar tres veces donde el camping pero nos tira el viento”. “No podemos combatirlo, el humo te asfixia”. “No te puedes confiar, en 20 o 30 metros el fuego se hace contigo”. El frenesí de brigadistas grita mientras mueve sus camiones, carga sus batefuegos, empalma sus mangueras y recibe órdenes. Un grupo sale hacia la parte alta del pueblo, el camping, pero pierde el pulso. A replegar. Después, tira hacia otro sector donde el incendio aún invisible entra por los oídos, por los ojos y por la boca. Allí refrescan las parcelas colindantes a viviendas, terrenos llenos de maleza, ideales para las llamas.

“Esto es de película”. De ciencia ficción: se levanta el huracán y las pavesas golpean como mosquitos furiosos las mascarillas con pantalla contra los gases nocivos, nubes negras se disparan sin avisar, el crepitar de los árboles quemándose asusta, pero mejor esperar a que se acerque todavía más para arrear con manguerazos. Sangre fría. Entretanto, retirar maleza o tumbar puertas a patadas para coger tubos de jardín como refuerzo. “¡Os piráis ladera abajo y estáis seguros! ¡En vez de al monte, al cemento!”, ruge un mando entre la oscuridad. Son las 19.14 y asoma la bestia. “¡Presión, porfa, que ya viene!”. “¡Todo lo que veas pasto, mojadito!”. “¡Confírmame que están bien!”. Una técnica insiste a la retaguardia, junto al camión de donde sale el agua: “¡No quiero que arriesguemos más de la cuenta! ¡Vigila la espalda de esta gente!”. Los gritos se mezclan con el crujir y los mandatos del transmisor que lleva al cinto.

El diablo llega a las 19.31. La columna naranja intenta morder los árboles, pero sufre con la humedad del terreno y de la vegetación regada minutos antes. La garganta escuece y exige toser, los ojos se secan, el viento sigue sacudiendo, el suelo se ennegrece, pero las viviendas no corren peligro. Buen trabajo. Un bombero del dispositivo de Castilla y León suspira y se quita las gafas. No son las adecuadas para ese casco: “Entra humo por todos lados”. “Queremos un operativo en condiciones que no sea el último de España, no el mejor pero al menos intermedio”, reclama, desbordado verano tras verano, entre lo que define como “un huracán, esto suena como un río bravo”. El bombero, antes de salir a escape hacia otro foco, relata cómo la gente se indigna con ellos cuando se retiran de algún flanco inabarcable: “Los paisanos nos llaman hijos de puta. Yo lo entiendo, pero no podemos hacer nada. Es mejor pecar de precavidos: de valientes está el cementerio lleno”.

La carretera central de esta urbanización de Casavieja se llena de coches de bomberos y unidades de toda procedencia. “¡Coge las palas!”. “¿Entramos ya por el prado?”. Los trajes fluorescentes se mueven entre la masa gris y naranja que los envuelve y sudan para atajar otra vía de entrada hacia unas casas pese a que el viento brama y desvía la dirección de las llamas. “… un puto caos”, musita un trabajador al galope.

La tensión late en los no profesionales. Hay cuadrillas mixtas donde los afanosos voluntarios parecen disfrazados: frente al uniforme técnico de los brigadistas, gente con ropa de camuflaje, mascarillas quirúrgicas, guantes de jardinería, zapatillas de correr, ramas y batefuegos para zurrar al fuego y mucho arrojo y muchos nervios. Uno se encara con el fotógrafo: “¡No vinisteis a hacer fotos ayer cuando no había nadie!”. Otro templa: “Charlie, que si no vienen nadie sabe que lo que pasa y que no había nadie”.

Entre todos, en las eras donde una lanza ardiente busca propagarse, lo controlan. La manguera corre entre las manos, tiñendo las palmas de ceniza como la que se instala en la ropa y el pelo, un olor a desolación que tarda días en marcharse de la nariz y de la memoria. El agobio multiplica las pulsaciones y hay náuseas entre la ligera satisfacción de esta victoria parcial. El diablo se repliega tras la derrota nocturna en Casavieja y de otros pueblos donde los brigadistas le negaron acceder a las casas. Se contenta con abrasar el monte. Ahora buscará nuevas víctimas. Se despide con portazos: los de las puertas metálicas de los jardines golpeadas al paso del viento y de la ceniza en una guerra interminable.

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