La narración de Jacob Petrus que puso los pelos de punta durante el eclipse y desbordó a la audiencia

El presentador de Aquí la Tierra convirtió la retransmisión del eclipse en uno de los grandes momentos televisivos del año con una narración emocionante que llegó a reunir a más de 2,1 millones de espectadores en La 1 Leer El presentador de Aquí la Tierra convirtió la retransmisión del eclipse en uno de los grandes momentos televisivos del año con una narración emocionante que llegó a reunir a más de 2,1 millones de espectadores en La 1 Leer  

El cielo se apagó durante unos minutos y la televisión, por una vez, supo estar a la altura. No hacía falta nada más que mirar. Mirar hacia arriba y dejarse llevar por lo que estaba ocurriendo delante de nuestros ojos. Pero entonces apareció Jacob Petrus en el especial de Aquí la Tierra en La 1 y ocurrió algo todavía más difícil: consiguió ponerle palabras a la emoción.

Porque el eclipse ya estaba ahí. No necesitaba que nadie nos explicara que era extraordinario. Lo estábamos viendo. Millones de kilómetros de espacio, la sombra avanzando, el cielo cambiando delante de nuestros ojos. Y, sin embargo, cuando Jacob Petrus empezó a narrarlo, dejó de ser únicamente un fenómeno astronómico para convertirse también en una experiencia.

«Es pura energía», dijo. Y después llegó una frase que resume perfectamente lo que estaba sucediendo: «Es el momento sin duda más mágico». No había grandilocuencia impostada. No había necesidad de convertir el momento en un espectáculo mayor de lo que ya era. Había emoción. La emoción de alguien que estaba viendo lo mismo que nosotros y que, por una vez, no parecía estar hablando para la televisión, sino compartiendo con el espectador aquello que estaba sintiendo.

«Todos a uno, pendientes de un mismo cielo, bajo el influjo de esta sombra enorme». Qué manera tan bonita de explicar lo que estaba pasando. Porque eso fue precisamente el eclipse: durante unos minutos desaparecieron las prisas, las noticias, las polémicas, las guerras culturales, los algoritmos, las redes sociales, el ruido. Todos mirando hacia arriba.

Y JacobPetrus lo verbalizó: «Una sombra que no conoce nuestros idiomas, nuestros conflictos y nuestras pequeñas disputas». Una frase que, en otro contexto, podría haber sonado excesiva. Allí, mientras el cielo se apagaba, sonó sencillamente cierta.

Quizá por eso las redes se llenaron de espectadores reivindicando algo que la televisión lleva tiempo necesitando: la emoción sin artificio.

Uno de ellos recordaba que, cuando estudió Periodismo, le enseñaron que «sólo convenía hablar en televisión si íbamos a ampliar la información que la imagen estaba contando por sí sola». Y concluía: «Hoy Jacob Petrus ha hecho la narración del año. Ya es historia de la televisión».

Otro hablaba directamente de «la Historia de RTVE». Otro aseguraba haberse emocionado al volver a ver el programa completo horas después. Otros destacaban «la música, las palabras, el ritmo, la serenidad». Y había quien resumía todo en dos palabras: «Qué maravilla».

No es poca cosa.

Porque Jacob Petrus no gritó. No sobreactuó. No intentó robarle protagonismo al eclipse. Hizo exactamente lo contrario: se puso al servicio de la imagen. La acompañó. La amplificó. Le puso palabras a algo que todos estábamos viendo, pero que quizá no todos sabíamos cómo explicar.

«¿Y por qué no sintiéndonos muy pequeñitos?», preguntaba. Y ahí estaba otra de las claves de su narración: conseguir que nuestra pequeñez no pareciera una derrota, sino un privilegio.

«Somos parte del cosmos», vino a decir. «Durante estos breves minutos hemos tenido el privilegio de saberlo». Y entonces llegó una de esas frases que se quedan: «Esta fabulosa casualidad que llamamos, simplemente, vida».

Puede parecer una obviedad. No lo es. La televisión está llena de palabras. De tertulias. De gritos. De titulares. De gente hablando encima de otra gente. De programas que parecen necesitar llenar cada segundo de emisión para que no exista el silencio. Y de repente llega un eclipse y nos recuerda que, a veces, la televisión funciona mejor cuando simplemente se detiene.

Cuando mira.

Cuando contempla.

Cuando deja que ocurra algo.

«Dentro de unos minutos volveremos a nuestra rutina, sí, a nuestras preocupaciones, a nuestras vidas, a dejar de mirar hacia arriba», dijo Jacob Petrus. Y seguramente ahí estaba la verdad más hermosa de toda la retransmisión. Porque sabía que aquello iba a terminar. Que volveríamos al teléfono, a las noticias, a las redes, a los problemas de cada día. Que el cielo volvería a ser cielo y nosotros volveríamos a ser nosotros.

Pero durante unos minutos no.

Durante unos minutos fuimos exactamente lo mismo.

Todos bajo la misma sombra.

Y quizá esa sea la televisión que uno quiere recordar. La que no te trata como espectador al que hay que mantener permanentemente entretenido, sino como alguien capaz de emocionarse con algo tan sencillo y tan inmenso como mirar al cielo.

Los datos de audiencia confirmaron, además, que no fueron cuatro gatos quienes decidieron hacerlo. El especial de Aquí la Tierra en La 1 alcanzó entre las 18.30 y las 20.30 un 20,6% de cuota de pantalla y más de 1,4 millones de espectadores. Y entre las 20.30 y las 21.00, cuando la retransmisión afrontaba su tramo decisivo, se disparó hasta el 27,3% y más de 2,1 millones de espectadores de media.

Más de dos millones de personas mirando lo mismo. Dos millones de personas escuchando la misma voz. Dos millones de personas compartiendo durante unos minutos una emoción que no necesitaba polémica, ni competición, ni premio, ni expulsión, ni una pelea en plató.

Sólo necesitaba el cielo. Y una voz que supiera contarlo.

Al final, Jacob Petrus volvió a hacer televisión. De esa que no necesita inventarse nada porque la realidad ya es suficientemente extraordinaria. De esa que entiende que narrar no significa explicar cada cosa que ocurre, sino saber cuándo una palabra puede hacer que una imagen se nos quede dentro.

«¿Ojalá no se acabase nunca, verdad?», dijo al final. Pues sí, Jacob.

Ojalá.

Porque durante unos minutos la televisión consiguió algo que parece cada vez más difícil: que millones de personas dejasen de mirar sus pantallas para mirar, todos a la vez, hacia el mismo sitio.

Y quizá ahí esté el verdadero milagro de este eclipse. No sólo que la Luna tapase al Sol.

Sino que, por una vez, conseguimos que la televisión nos hiciera mirar hacia arriba.

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