Todos los funerales pobres se parecen. El silencio, la tierra, las mascarillas, los guantes de látex, los trajes blancos… Pero es poco habitual que el funeral sea en un cementerio musulmán, que el sepulturero sea hijo de católica y que la jefa del área de sanidad de la Ciudad Autónoma que lo supervisa, judía. Solo en lugares como Ceuta. En el cementerio Sidi Embarek hay más de 5.000 lápidas de musulmanes enterrados con el sudario y sin caja, como marca la tradición, para mantener el contacto con la tierra. Desde la ladera se ve el intenso azul del Mediterráneo a punto de juntarse con el Atlántico. A la derecha está Marruecos y a la izquierda España, y a dos palmos está la pala moviendo el polvo amarillo de la tierra.
La ciudad entierra por el rito musulmán a los primeros ahogados pero no logra aplacar el enfado de la Ciudad Autónoma
Todos los funerales pobres se parecen. El silencio, la tierra, las mascarillas, los guantes de látex, los trajes blancos… Pero es poco habitual que el funeral sea en un cementerio musulmán, que el sepulturero sea hijo de católica y que la jefa del área de sanidad de la Ciudad Autónoma que lo supervisa, judía. Solo en lugares como Ceuta. En el cementerio Sidi Embarek hay más de 5.000 lápidas de musulmanes enterrados con el sudario y sin caja, como marca la tradición, para mantener el contacto con la tierra. Desde la ladera se ve el intenso azul del Mediterráneo a punto de juntarse con el Atlántico. A la derecha está Marruecos y a la izquierda España, y a dos palmos está la pala moviendo el polvo amarillo de la tierra.
De los 141 fallecidos, según la ONG Caminando Fronteras, 88 cuerpos fueron recuperados por España y otros 53 por Marruecos, que solo reconoce 14. Nueve más han sido identificados y son hombres con edades entre los 20 y los 74 años.
Aquel 30 de julio de locura se organizó una melé humana en una orilla que dejó decenas de muertos, algunos de ellos en la orilla de la playa pisoteados por la multitud. El viernes, a las seis de la tarde, comenzaron a enterrarse los primeros 18 después de la autorización del juez. Los cuerpos han estado 21 días aguardando la identificación en literas de campaña en una sala del antiguo hospital militar a cuatro grados. Los enterramientos se realizarán a medida que se terminen de hacer las tumbas, probablemente de 10 en 10. El viernes 18, el sábado 10, el domingo 10, el lunes 10, el martes 10… admite la consejera de Sanidad y Servicios Sociales, Nabila Bencina.
A las seis en punto llegaron los cuatro primeros cuerpos. Se abrió el coche fúnebre. Los funcionarios los dejaron en el pavimento. Tres personas los llevaron a la fosa. Se recita el Corán y a la fosa se añade un ladrillo, luego otro y para terminar se llena de tierra. Así una y otra vez.
En los primeros enterramientos solo están los funcionarios, los sepultureros y un anciano que hace de plañidero del cementerio rezando el Corán a cualquiera que llega a cambio de unas monedas. Para los ahogados de este viernes, él fue la única oración.

El hombre de la pala, Many Fernández, es sepulturero del cementerio desde hace más de 25 años. “Aquí se cambia poco de trabajo. No hay industria, no hay ganadería y no hay turismo. Solo policías, militares y funcionarios”, resume. “No está la situación como para cambiar de trabajo”. El sepulturero está hasta el moño de la situación en Ceuta y de que “le hayan robado la ciudad” y del “abandono del Estado”. La mayoría de los entrevistados habla herida por una cierta incomprensión, así que muchos se esfuerzan por ser didácticos con los periodistas. “La cosa se puede calentar en cualquier momento con una simple chispa”. Las señales están ahí.
En Ceuta hay entre 15 y 18 entierros musulmanes cada mes, así que Karim, el encargado del cementerio, ha tenido que hacer 300 tumbas en un tiempo récord “para poder enterrar también a los locales”, dice extenuado. Lo que en el mundo católico se hubiera resuelto con una incineración, aquí lo impide el rito musulmán.
Hace un sol de justicia y Many suda como un pollo moviendo la pala con la mascarilla y el mono blanco. Tiene la calva amarilla del polvo. El aporte frívolo para distender la situación lo hace con poco éxito Rebeca, la funcionaria judía: “¿Sabéis que enterrarse en el Monte de los Olivos de Israel cuesta 150.000 dólares?”.
Desde un muro, el encargado enseña el cementerio como quien presume de sus viñedos. “Aquellas tumbas más nuevas de esa parte son casi todas víctimas de la covid”, dice señalando decenas de tumbas con nombres, apellidos y lugares de nacimiento. En cambio, a los ahogados, solo les alcanza para un número pintado en una piedra.
Otro vehículo fúnebre con dos bolsas blancas llega al cementerio más bonito y más triste del mundo. Y detrás, otro vehículo con dos más. El anciano no deja de rezar. Ya van 12 cuerpos cuando aparecen dos jóvenes vestidos con chándal y chancletas. Son parte de los 5.000 que vagan por las calles de Ceuta después de la entrada masiva de 80.000 personas el último día de julio.
Otros dos muchachos abatidos llegan en chanclas y se abren un hueco para ayudar cargando los cuerpos o moviendo tierra. La chancla debería ser el símbolo de esta crisis. “Las chanclas son la forma de distinguirlos”, dice la experimentada fotógrafa, que debe detectar en pocos segundos a los autóctonos de quienes llegaron a nado a una ciudad híbrida.

Los que cargan ahora las bolsas blancas son Yahya, de 25 años, y Azdin, de 22, de Tánger y de Tetuán. Ambos formaban parte del mismo grupo de los que ahora están enterrando. “Sé que podía ser uno de ellos”, dice Yahya. Otro de los que reza cabizbajo es Anoir, de Tetuán, que recuerda “cuando salió del agua pasando por encima de la gente tirada en la orilla”. Los agentes de la Guardia Civil que sacaron la mayoría de los cuerpos sumergidos no tuvieron que descender en exceso. “Era posible tocarlos con las aletas”, dicen de manera informal.
Cuando recuerda el motivo para unirse a la masa, Anoir repite que vio en redes sociales “que sería fácil” y “en mi barrio todos se iban”, explica. “Así que me sumé”. Solo dijo adiós a su madre, se subió a un taxi y con el mismo chándal que lleva hoy llegó a Ceuta, donde dice estar feliz. “¿Y qué harás mañana, la próxima semana…?”. “Esperar a que se arregle la situación”, responde. Después del hambre o la violencia, lo de “las redes sociales” y “como todos se iban, yo me sumé” fue también la respuesta habitual entre los centroamericanos que conformaban las caravanas que llegaron andando a Estados Unidos. Aquellas caravanas fueron oportunamente agitadas por Trump, que tomó posesión por primera vez frente a cientos de seguidores que gritaban Build the wall.
A la hora en que el último cuerpo quedaba bajo tierra, en otro punto de la ciudad, en los aledaños de la Avenida África, el cabreo no decae. En la cola del estanco, la dueña y los clientes se dan la razón. “El perro Sánchez, que así nos tiene”, dice ella. “Claro que sí. Por el efecto llamada”, añade el de la cola. “Si a mí me invitan a una casa a comer, yo voy”, dice mezclando árabe y andaluz. En el bar de tapas tampoco se habla de otra cosa. “Ahora dicen que se han ido de la playa, pero por la tarde han vuelto. Nos están tomando el pelo”, grita la señora que llega para tomarse una caña. En la asociación de vecinos de El Príncipe, que acoge a 400 niñas para que estén protegidas tampoco están contentos: “A Vivas (Juan Jesús Vivas, presidente de Ceuta) hay que recordarle que estas niñas”, señala a su alrededor, “son su responsabilidad”. “¿Y la ministra? De la ministra [Elma Saiz, máxima responsable en migraciones y la última en visitar Ceuta el viernes] ni me hables”, dice haciendo el gesto de lavarse las manos.
Cuando llega la noche, entre las siete y las nueve de la noche, comienza el reparto diario de alimentos. Una bolsa por persona en la que hay un litro de leche, un zumo, quesitos, una pieza de fruta, agua y galletas. Entonces los 1.300 metros de la playa de El Chorrillo se convierten en una masiva concentración de adolescentes en camiseta haciendo fila para recibir la bolsa. Luego, unos se quedarán perdiendo las horas en la playa y otros, la mayoría, emprenden el camino al monte, como una procesión zombi, para pasar la noche.
Como si se sintiera cuestionado, el funcionario del cementerio musulmán de Ceuta termina el día tratando de demostrar que es tan español que puede recitar todos los pueblos de A Coruña a los que fue como voluntario a quitar chapapote. En tierras tan trajinadas, los muertos se explican mejor que los vivos.
Feed MRSS-S Noticias
