
Seis tomates pequeños, 980 coronas, casi siete euros al cambio. Una hamburguesa en un local de lo más sencillo, 28 euros. Una prosaica pizza pepperoni para llevar, más de 22. Una postal de los inconfundibles —y preciosos— fiordos islandeses, casi cinco. Visitar estos días Reikiavik —y, ni que decir tiene, los rincones más turísticos del país nórdico— es una actividad de riesgo para el bolsillo. Sobre la remota y rica isla, que el sábado que viene celebra una consulta clave para su adhesión a la Unión Europea, pesa desde la pasada primavera la etiqueta del país más caro del mundo. Ni Suiza, que le va a la zaga; ni Noruega; ni las islas del Caribe en las que han echado raíces algunas de las mayores fortunas estadounidenses: los precios más altos del planeta están en esta remota ínsula en mitad del Atlántico, según los cálculos del sindicato Viska. Es el país rico más golpeado por la inflación en el último medio siglo.
La escalada de precios aviva la pulsión europeísta en Islandia, que en una semana someterá a consulta popular su entrada en el club comunitario
Seis tomates pequeños, 980 coronas, casi siete euros al cambio. Una hamburguesa en un local de lo más sencillo, 28 euros. Una prosaica pizza pepperoni para llevar, más de 22. Una postal de los inconfundibles —y preciosos— fiordos islandeses, casi cinco. Visitar estos días Reikiavik —y, ni que decir tiene, los rincones más turísticos del país nórdico— es una actividad de riesgo para el bolsillo. Sobre la remota y rica isla, que el sábado que viene celebra una consulta clave para su adhesión a la Unión Europea, pesa desde la pasada primavera la etiqueta del país más caro del mundo. Ni Suiza, que le va a la zaga; ni Noruega; ni las islas del Caribe en las que han echado raíces algunas de las mayores fortunas estadounidenses: los precios más altos del planeta están en esta remota ínsula en mitad del Atlántico, según los cálculos del sindicato Viska. Es el país rico más golpeado por la inflación en el último medio siglo.
“Llevamos años de subidas, pero en los tres últimos se ha notado especialmente: todo está muchísimo más caro”, constata Thorunn Davidsdottir, a la salida de un supermercado de —pongan todas las comillas que consideren— “bajo coste” en Breidholt, un distrito obrero en la zona este de la capital. “La comida, los restaurantes, la ropa… Y los zapatos, sobre todo los zapatos”, precisa la mujer de 55 años. Ella, sin embargo, asegura que lo sufre menos que otras personas de su entorno: “Mis hijos ya se han ido de casa, así que solo quedamos mi marido y yo…”.
La inflación acumulada y la consulta en la que sus 400.000 habitantes decidirán si dan o no un paso de gigante para convertirse en el 28º Estado miembro de la UE pueden parecer elementos inconexos. Pero están estrechamente vinculados entre sí: si, según los últimos sondeos, algo más de la mitad de la población quiere entrar al club comunitario, es, en buena medida, por los estragos que sufren en su bolsillo.
Adoptar el euro en un segundo paso tras la adhesión —que no sería inmediata: habría una segunda votación más adelante—, confían muchos de los consultados por EL PAÍS en una radiante semana de principios de verano en Reikiavik y la península de Snaefellsnes, calmaría una fiebre inflacionista que ya es la primera preocupación de los islandeses en las encuestas. No es para menos: en lo que va de año, los precios suben a un ritmo del 5% interanual, el doble de lo que marca el banco central como objetivo (2,5%).
Los sueldos de los islandeses son altos, muy altos en comparación con la mayoría de países de la Europa continental. Aunque el país carece de un salario mínimo propiamente dicho, los niveles más bajos superan los 3.000 euros brutos mensuales al cambio. Pero el coste de la vida sube a un ritmo incluso mayor. “Se cobra mucho más, pero cada vez hay que ser más cuidadoso con los gastos”, apunta Marcin Blasik, camionero polaco de 50 años que lleva más de la mitad de su vida en la tierra del hielo y el fuego, mientras descarga mercancías en el puerto de Rif (noroeste).









“Los altos precios se deben, principalmente, a la falta de competencia: aquí, el oligopolio es casi un deporte nacional”, desliza con retranca el economista Thorvaldur Gylfason, profesor emérito de la Universidad de Islandia. A este factor, capital, suma otro igualmente importante: los altos costes de transporte de la mayoría de productos. “Importamos la mitad de lo que consumimos, sobre todo desde el continente europeo”. Y aunque la corona islandesa, señalada por muchos, “no desempeña por sí sola un papel importante en los altos precios, al menos no de forma directa, Islandia sí tiene una larga historia de desplomes de su moneda, fenómenos que suelen ir acompañados de inflación”.
Esa palabra, “inflación”, y su prima hermana, “precios”, son las dos más repetidas en la última edición del Capítulo IV sobre Islandia, el gran pase de revista anual del Fondo Monetario Internacional (FMI). En las primeras líneas de ese texto, publicado a finales de julio, el organismo con sede en Washington dejaba una alerta —la sombra del “desacoplamiento de las expectativas de inflación”, la pesadilla de todo economista, ya planea sobre la isla— y una recomendación —“una prioridad de la política [económica] debe ser que la inflación regrese a su objetivo”—.
Aurora Pelier Cady, francesa de 37 años, se mudó en 2019 de la muy cara París a la hoy carísima Reikiavik. “Por aquel entonces todo costaba mucho, pero aún se podía afrontar. Ahora todo es una locura”, relata desde la pastelería que abrió hace cuatro años. Por aquel entonces, aún compartía piso: incluso con un negocio propio, dice, no podía permitirse afrontar el alquiler en solitario. Hoy, pese a la buena marcha de la economía, percibe un menor brío en el gasto de los locales: “Lo que vendo no es un producto básico y se nota”. Parte de esa caída, sin embargo, la compensa con el bum del turismo en un país que recibe más de seis visitantes por habitante, frente a los dos de España.
La propia agencia oficial de estadísticas de la isla acaba de poner cifras a la espiral inflacionista. Con una renta per cápita un tercio superior a la media de los Veintisiete y un consumo por habitante un 15% más alto, el salto en los precios es abismal: del 84%. Los alimentos son, de media, un 58% más caros que en sus —quién sabe— potenciales futuros socios comunitarios. La sanidad y la educación privadas cuestan más del doble que en el continente. Y el alcohol, muy influido por la fiscalidad, como en el resto de vecinos nórdicos, casi el triple.
“Todo ha subido una barbaridad, pero donde más se nota es en la vivienda”, se queja Blasik. Una realidad común al resto de Europa —y a Occidente— que aquí se ve turbopropulsada por unos tipos de interés por las nubes. Él, sin embargo, tiene claro que votará no a la entrada en la UE. El euro, dice, tampoco sería la panacea.
Discrepa Jon Steinsson, profesor de la Universidad de Berkeley y uno de los economistas más reputados de Islandia. “Uno de los beneficios de incorporarse a la UE es que se reducirían las barreras comerciales y aumentaría la competencia. Eso contribuiría a bajar los precios”, esboza por correo electrónico. “La posibilidad de integrarse en el euro, además, permitiría reducir los tipos de interés [que acaban de subir hasta el 8%, frente al 2,25% de la eurozona], abaratando la vida. Sería un beneficio importante”, defiende. En una semana, los islandeses también se juegan su bolsillo en las urnas.
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