Cuando un incendio forestal estalla en España, la primera imagen que suele llegar a televisión es la de un hidroavión descargando miles de litros de agua o la de decenas de bomberos luchando contra las llamas. Sin embargo, la batalla comienza mucho antes. Y, en muchos casos, empieza a cientos de kilómetros de altura.
Hoy una compleja red de satélites europeos (la red Copernicus) y estadounidenses (el sistema FIRMS) observa continuamente la superficie terrestre en busca de pequeños cambios de temperatura, columnas de humo o alteraciones en la vegetación capaces de delatar el nacimiento de un incendio. Pero su trabajo ya no consiste únicamente en localizar el fuego: también ayuda a predecir hacia dónde avanzará, qué zonas corren mayor peligro y cómo organizar la respuesta de los servicios de emergencia.
Uno de los grandes aliados del programa europeo Copernicus, es la familia de satélites Sentinel. Mientras un satélite óptico funciona como una cámara fotográfica gigante, los Sentinel cuentan con otros instrumentos que registran radiación infrarroja, capaz de detectar diferencias de temperatura invisibles para el ojo humano. Gracias a ello pueden identificar focos calientes incluso cuando todavía resultan difíciles de apreciar desde tierra o cuando el humo reduce la visibilidad. En paralelo, los satélites meteorológicos vigilan la evolución de los vientos, la humedad y la temperatura del aire, factores decisivos para anticipar cómo puede evolucionar un incendio durante las horas siguientes.
Así, encontrar un incendio es solo el primer paso. La verdadera dificultad consiste en responder rápidamente a preguntas mucho más complejas. ¿Cuánto terreno puede recorrer en una hora? ¿En qué dirección avanzará? ¿Qué poblaciones podrían verse amenazadas? ¿Dónde y cuándo conviene desplegar los medios aéreos? Para responderlas, el Servicio Europeo de Gestión de Emergencias de Copernicus (CEMS) combina imágenes de satélite, modelos meteorológicos y observaciones terrestres para generar mapas que utilizan Protección Civil y los equipos de extinción durante una emergencia.
La cantidad de información generada por los satélites sería imposible de analizar manualmente. Por eso cada vez más sistemas incorporan inteligencia artificial. Los algoritmos distinguen incendios reales de otras fuentes de calor, como instalaciones industriales o superficies rocosas muy calientes, reduciendo las falsas alarmas y acelerando el envío de avisos a los servicios de emergencia. La IA también ayuda a integrar datos procedentes de decenas de satélites distintos para construir un mapa casi continuo de la evolución del incendio.
Gracias a ello, los bomberos reciben información muy distinta de la que obtenían hace apenas una década. Además de la posición del frente de llamas, pueden disponer de mapas sobre la intensidad térmica del incendio, la velocidad de propagación, la dirección prevista del humo o las zonas donde la vegetación permanece más seca y podría favorecer nuevos focos. Con esta información es posible decidir dónde concentrar los medios aéreos, qué carreteras conviene cortar o cuándo resulta necesario ordenar evacuaciones preventivas. Y alertar a los servicios sanitarios.
Los satélites permiten seguir la dispersión de enormes columnas de humo y partículas en suspensión. Esa información resulta especialmente útil para los servicios sanitarios, que pueden emitir recomendaciones dirigidas a personas con asma, enfermedades respiratorias o problemas cardiovasculares, así como preparar hospitales y centros de salud ante un posible aumento de ingresos relacionados con la mala calidad del aire.
Finalmente, cuando el fuego ha sido controlado, el trabajo de los satélites continúa. Las imágenes obtenidas antes y después permiten calcular con precisión la superficie quemada, estimar la pérdida de biomasa, evaluar el riesgo de erosión o planificar la restauración forestal.
Toda esa información sirve además para mejorar los modelos que intentarán predecir los incendios del futuro. La combinación de satélites, inteligencia artificial, estaciones meteorológicas y sensores terrestres permitirá identificar regiones donde coincidan altas temperaturas, baja humedad, vegetación extremadamente seca y fuertes vientos. En otras palabras, los sistemas espaciales empiezan a funcionar como un auténtico pronóstico del riesgo de incendio.
Toda esta tecnología persigue un único objetivo: ganar minutos. Es cierto que un satélite no apaga un incendio. Pero si consigue detectar un foco 15 minutos antes, si permite enviar los primeros medios 20 minutos antes o evacuar un pueblo media hora antes, puede cambiar por completo el desenlace. Mientras este texto se está cerrando, la web Current Wildfires (que utiliza datos de la ESA y la NASA) señala que en España hay 199 fuegos activos, de los cuales 120 son críticos.
Los satélites de la Agencia Espacial Europea no solo identifican los fuegos, también los dividen en tres categorías.
Cuando un incendio forestal estalla en España, la primera imagen que suele llegar a televisión es la de un hidroavión descargando miles de litros de agua o la de decenas de bomberos luchando contra las llamas. Sin embargo, la batalla comienza mucho antes. Y, en muchos casos, empieza a cientos de kilómetros de altura.
Hoy una compleja red de satélites europeos (la red Copernicus) y estadounidenses (el sistema FIRMS) observa continuamente la superficie terrestre en busca de pequeños cambios de temperatura, columnas de humo o alteraciones en la vegetación capaces de delatar el nacimiento de un incendio. Pero su trabajo ya no consiste únicamente en localizar el fuego: también ayuda a predecir hacia dónde avanzará, qué zonas corren mayor peligro y cómo organizar la respuesta de los servicios de emergencia.
Uno de los grandes aliados del programa europeo Copernicus, es la familia de satélites Sentinel. Mientras un satélite óptico funciona como una cámara fotográfica gigante, los Sentinel cuentan con otros instrumentos que registran radiación infrarroja, capaz de detectar diferencias de temperatura invisibles para el ojo humano. Gracias a ello pueden identificar focos calientes incluso cuando todavía resultan difíciles de apreciar desde tierra o cuando el humo reduce la visibilidad. En paralelo, los satélites meteorológicos vigilan la evolución de los vientos, la humedad y la temperatura del aire, factores decisivos para anticipar cómo puede evolucionar un incendio durante las horas siguientes.
Así, encontrar un incendio es solo el primer paso. La verdadera dificultad consiste en responder rápidamente a preguntas mucho más complejas. ¿Cuánto terreno puede recorrer en una hora? ¿En qué dirección avanzará? ¿Qué poblaciones podrían verse amenazadas? ¿Dónde y cuándo conviene desplegar los medios aéreos? Para responderlas, el Servicio Europeo de Gestión de Emergencias de Copernicus (CEMS) combina imágenes de satélite, modelos meteorológicos y observaciones terrestres para generar mapas que utilizan Protección Civil y los equipos de extinción durante una emergencia.
La cantidad de información generada por los satélites sería imposible de analizar manualmente. Por eso cada vez más sistemas incorporan inteligencia artificial. Los algoritmos distinguen incendios reales de otras fuentes de calor, como instalaciones industriales o superficies rocosas muy calientes, reduciendo las falsas alarmas y acelerando el envío de avisos a los servicios de emergencia. La IA también ayuda a integrar datos procedentes de decenas de satélites distintos para construir un mapa casi continuo de la evolución del incendio.
Gracias a ello, los bomberos reciben información muy distinta de la que obtenían hace apenas una década. Además de la posición del frente de llamas, pueden disponer de mapas sobre la intensidad térmica del incendio, la velocidad de propagación, la dirección prevista del humo o las zonas donde la vegetación permanece más seca y podría favorecer nuevos focos. Con esta información es posible decidir dónde concentrar los medios aéreos, qué carreteras conviene cortar o cuándo resulta necesario ordenar evacuaciones preventivas. Y alertar a los servicios sanitarios.
Los satélites permiten seguir la dispersión de enormes columnas de humo y partículas en suspensión. Esa información resulta especialmente útil para los servicios sanitarios, que pueden emitir recomendaciones dirigidas a personas con asma, enfermedades respiratorias o problemas cardiovasculares, así como preparar hospitales y centros de salud ante un posible aumento de ingresos relacionados con la mala calidad del aire.
Finalmente, cuando el fuego ha sido controlado, el trabajo de los satélites continúa. Las imágenes obtenidas antes y después permiten calcular con precisión la superficie quemada, estimar la pérdida de biomasa, evaluar el riesgo de erosión o planificar la restauración forestal.
Toda esa información sirve además para mejorar los modelos que intentarán predecir los incendios del futuro. La combinación de satélites, inteligencia artificial, estaciones meteorológicas y sensores terrestres permitirá identificar regiones donde coincidan altas temperaturas, baja humedad, vegetación extremadamente seca y fuertes vientos. En otras palabras, los sistemas espaciales empiezan a funcionar como un auténtico pronóstico del riesgo de incendio.
Toda esta tecnología persigue un único objetivo: ganar minutos. Es cierto que un satélite no apaga un incendio. Pero si consigue detectar un foco 15 minutos antes, si permite enviar los primeros medios 20 minutos antes o evacuar un pueblo media hora antes, puede cambiar por completo el desenlace. Mientras este texto se está cerrando, la web Current Wildfires (que utiliza datos de la ESA y la NASA) señala que en España hay 199 fuegos activos, de los cuales 120 son críticos.
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