Velocidad hipersónica, temperatura de una estrella y fuerzas capaces de aplastar a los astronautas contra su asiento hasta caer al océano con once paracaídas que cubrirían un campo de fútbol Leer Velocidad hipersónica, temperatura de una estrella y fuerzas capaces de aplastar a los astronautas contra su asiento hasta caer al océano con once paracaídas que cubrirían un campo de fútbol Leer
Tras haber viajado 700.000 kilómetros por el espacio profundo, de haber sobrevolado regiones de la cara oculta de la Luna jamás vistas por el ojo humano, y de haber llegado más lejos que cualquier otro terrícola en la historia, Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen, se preparan para vivir la fase más peligrosa y arriesgada de toda la misión Artemis 2: regresar a la Tierra.
El momento crítico dura apenas 14 minutos. En ellos se concentra la colección de los riesgos más extremos de la exploración espacial: velocidades hipersónicas, temperaturas comparables a las de una estrella y fuerzas físicas capaces de aplastar a un astronauta contra su asiento.
Todo eso sucederá entre las 1.53 y las 2.07 de la madrugada del viernes al sábado en España. El tiempo que pasará desde que la nave Orion entre en la atmósfera hasta que americe en el Pacífico.
Tras completar su trayectoria alrededor de la Luna, la Orion no enciende unos motores para regresar. Simplemente, empieza a caer. Tras abandonar la influencia gravitatoria de la Luna, la cápsula entró en una larguísima caída hacia nuestro planeta, con la cola apuntando al sol, y guiados por la brújula de la gravedad y la mecánica orbital.
Media hora antes del amerizaje, los astronautas deben estar dentro de sus trajes presurizados y sentados en sus asientos. La cabina se ha reconfigurado para el descenso, se han guardado los equipos, se han asegurado los paneles y los sistemas han quedado preparados para soportar la desaceleración. En ese momento se ejecuta un último pequeño encendido de corrección de trayectoria, que ajustará el punto exacto donde la cápsula entrará en la atmósfera para que caiga en el punto deseado del océano.
A falta de 20 minutos, el módulo de servicio europeo (ESM), que ha proporcionado energía, agua y propulsión durante todo el viaje a la Luna, se separa de la cápsula, se perderá en la atmósfera y se destruirá.
La fase crítica de 14 minutos arranca a 120 kilómetros de altura (los aviones comerciales no superan los 12). Durante el descenso, la nave acelera progresivamente hasta alcanzar 40.000 kilómetros por hora cuando alcanza la atmósfera terrestre (los que regresan de la Estación Espacial Internacional se quedan en los 28.000 km/h). A esa velocidad, un vuelo Madrid-Nueva York duraría diez minutos. A esa velocidad, la nave no atraviesa el aire, sino que lo comprime violentamente, creando delante de la cápsula una onda de choque que podría elevar la temperatura hasta los 2.760 grados centígrados. El resultado es un plasma incandescente que envuelve completamente la nave. Los astronautas que lo vivieron relatan cómo el cielo negro del espacio desaparece y las ventanillas se llenan de fuego líquido. Un fenómeno que Charlie Duke, del Apolo 16, definió como «entrar en una bola de fuego». Frank Borman, del Apolo 8, contó haber visto «lenguas de fuego naranja», Michael Collins, del Apolo 11, las vio rojas. Y Gene Cernan, del Apolo 17, rojas, naranjas y púrpura.
Toda la supervivencia de la tripulación depende ahora de un único sistema: el escudo térmico. Una nave que cae del espacio tiene que convertirse en un vehículo capaz de sobrevivir al fuego. El escudo de Orion está hecho de Avcoat, un material ablativo diseñado para quemarse lentamente durante la reentrada. Al carbonizarse y desprenderse capa a capa, se lleva consigo el calor extremo, evitando que el interior de la cápsula se derrita.
Esta parte del sistema ha sido objeto de atención especial desde la misión Artemis I. En aquel vuelo no tripulado, los ingenieros descubrieron que gases generados durante la ablación no pudieron escapar correctamente del material, lo que provocó una acumulación de la presión y la aparición de grietas en la nave.
Aunque tras el incidente la NASA concluyó que el sistema seguía siendo seguro, decidió modificar el perfil de entrada de Artemis II, eliminando la maniobra de rebote atmosférico prevista inicialmente. Que consiste en que la nave no entra en la atmósfera de una sola vez, sino que rebota en las capas superiores antes de volver a entrar, como una piedra que, al lanzarla, salta sobre la superficie del agua. Al final la NASA ha optado por una reentrada directa y así tratar de reducir el tiempo de calor extremo. La seguridad del escudo térmico es literalmente la diferencia entre regresar a casa o perder la nave y los astronautas.
Pero no acaban aquí los problemas. Mientras el escudo se consume lentamente, los astronautas sentirán otra presión: la desaceleración brutal. Durante la fase más intensa de la reentrada, las fuerzas pueden superar varias veces la gravedad terrestre, empujando a la tripulación contra sus asientos mientras la cápsula frena violentamente. Jim Lovell, del Apolo 8 y 13, y padre de la icónica frase, «Houston, tenemos un problema», describió las fuerzas G como «si una mano gigante te empujara contra el asiento». Un astronauta de 80 kg puede sentir durante unos segundos un peso equivalente a más de 500 kilos presionando su cuerpo contra el asiento.
Al mismo tiempo ocurre algo inevitable, el silencio total. El plasma que rodea la nave bloquea las comunicaciones con la Tierra durante varios minutos. Desde el control de misión en Houston, la cápsula incluso desaparece de los radares, quedando incomunicada justo cuando atraviesa su momento más crítico. Si algo falla, nadie en la Tierra puede ayudarles. Pero si todo sale según lo previsto, en los últimos cuatro minutos se recuperarán las comunicaciones.
El salto a través de la atmósfera terrestre reducirá la velocidad de la nave espacial a 500 km/h y, cuando se encuentre a unos 7,5 kilómetros de altura, comenzará el espectáculo de hasta once paracaídas. Primero se abrirán tres solo para arrastrar y retirar la cubierta del compartimento de los dos paracaídas de frenado. Su función no es detener la cápsula, sino estabilizarla y reducir su velocidad hasta los 210 kilómetros por hora. Cuando queden tan sólo dos minutos, y a unos tres kilómetros de altura, se desplegarán otros tres paracaídas piloto, pequeños pero muy resistentes, y cuya única misión es extraer los tres paracaídas principales, de color blanco y naranja para facilitar su visibilidad, y de unos 35 metros de diámetro cada uno, y que untos podrían cubrir un campo de fútbol.
En cuestión de minutos, la cápsula pasa de miles de kilómetros por hora a tan sólo 27, antes de amerizar en el Pacífico a la velocidad de un paseo en coche por un barrio residencial. Para evitar que, en caso de mal tiempo, el oleaje o vientos fuertes puedan volcar la cápsula, ésta dispone de un sistema de enderezamiento, conocido como CMUS, que consta de cinco bolsas de helio de color naranja brillante situadas en la parte superior, y que está programado para desplegarse aunque el aterrizaje se produzca en condiciones climáticas tranquilas. La cápsula debe permanecer en posición vertical para que funcionen los sistemas de comunicación, lo que supone una espera más cómoda para los astronautas antes del rescate por parte del buque de asalto anfibio USS John P. Murtha de la Armada estadounidense.
Unos buzos asegurarán la cápsula, instalarán flotadores de estabilidad y abrirán la escotilla. Solo entonces, cuando los astronautas salgan a cubierta del buque de rescate, puede decirse que la misión Artemis 2 ha terminado.
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