Calma tensa en Ceuta cinco días después de la entrada masiva de inmigrantes

Migrantes se asean en el cementerio musulmán de Ceuta.

Si Ceuta quiere o no recuperar la normalidad, tanto da. Nada es ni remotamente normal. Cinco días después de la entrada a nado de más de 60.000 migrantes, la ciudad se ha partido en dos. De un lado, las zonas más céntricas en las que la fuerte presencia policial ha conseguido una aparente tranquilidad cosmética, una custodia que permite a los turistas volver a las calles que hace solo dos días recorrían centenares de migrantes. El Ejército les mantiene fuera de esa especie de zona de exclusión no oficial, pero evidente. El Gobierno cifra en 2.500 las personas que siguen en la ciudad después de haber pasado irregularmente la frontera estos días.

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 En la ciudad autónoma cohabitan militares, periodistas y los que quedan de entre los que entraron irregularmente, que el Gobierno cifra en 2.500  

Crisis migratoria

En la ciudad autónoma cohabitan militares, periodistas y los que quedan de entre los que entraron irregularmente, que el Gobierno cifra en 2.500

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Migrantes se asean en el cementerio musulmán de Ceuta.ÁLVARO GARCÍA
Bárbara Ayuso

Si Ceuta quiere o no recuperar la normalidad, tanto da. Nada es ni remotamente normal. Cinco días después de la entrada a nado de más de 60.000 migrantes, la ciudad se ha partido en dos. De un lado, las zonas más céntricas en las que la fuerte presencia policial ha conseguido una aparente tranquilidad cosmética, una custodia que permite a los turistas volver a las calles que hace solo dos días recorrían centenares de migrantes. El Ejército les mantiene fuera de esa especie de zona de exclusión no oficial, pero evidente. El Gobierno cifra en 2.500 las personas que siguen en la ciudad después de haber pasado irregularmente la frontera estos días.

Este lunes, la playa del Tarajal, escenario de la entrada masiva el pasado jueves, recibía bañistas, los primeros desde que todo empezó. Desde la arena miraban en dirección a la frontera, que también presentaba una imagen insólita: apenas dos tanquetas y media decena de efectivos de la Guardia Civil, muy lejos del despliegue de días anteriores. Pero fuera de ese núcleo artificioso, la realidad es otra y está desbordada, aunque mucho menos que las jornadas anteriores. A unos pocos kilómetros por la costa, cerca de la barriada de Benítez, en la Playa del Trampolín, decenas de migrantes se agolpan bajo las sombrillas, en las sombras del paseo, en la arena, sobre las tumbonas abandonadas. Ya no son centenares, pero el flujo se mantiene.

No tienen dónde ir; el Centro de Estancia Temporal de Migrantes (CETI), a apenas trescientos metros, está desbordado. Migrantes subsaharianos, bangladeshíes y sirios se apiñan en su entrada a la espera de una plaza libre que no llegará. El director del centro accede con su coche y difícilmente puede rebasarlos. Los vecinos de la urbanización de La Colina han colocado vallas para que no accedan. La tensión es densa, asfixiante.

No hay esquina que no dé cuenta de lo que está ocurriendo, hay hombres de todas las edades vagando sin rumbo, portando cartones, bolsas de plástico, buscando dónde pasar la noche. Las panaderías de las barriadas siguen sin pan, y expenden tickets para canjearlos cuando haya, sea eso cuando sea. Las tapias blancas del viejo cementerio musulmán de Sidi Embarek están llenas de huellas oscuras, evidencia de que lleva días siendo escalado. Es uno de los lugares donde los migrantes han encontrado refugio, o algo que pueda parecérsele. Dentro del camposanto apilan sus cosas, se duchan con las mangueras de mantenimiento, arman camastros entre las lápidas. Son mayoritariamente marroquíes, y como todo el mundo en la ciudad, acusan ya un desgaste con la prensa muy revelador.

Alí, un ceutí de 32 años que vive en la barriada Hadú, donde muchos han ido en busca de alimentos, cuenta que estos días ha visto periodistas de todo el mundo, “hasta chinos y rusos”. Lo certifica la extraña disposición que se ha creado en la línea de costa, por el paseo junto al mar: cada treinta metros, un militar, dos pasos más allá, una cámara de televisión, después otro militar, y vuelta e empezar. Mientras unos buscan a los migrantes para redirigirlos hasta el CETI a pie o en furgones, los otros los requieren para ponerlos frente a la cámara. Duermen al raso y al día siguiente, vuelven a empezar.

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