Crimea, del éxito a la desgracia

Con la rápida y decidida anexión de Crimea en 2014, Vladímir Putin se convirtió a ojos de sus conciudadanos en el gran líder capaz de “restablecer la justicia histórica” y “devolver definitivamente” la península del mar Negro a la madre Rusia. Ahora, con la península engullida por la guerra, el éxito de 2014 se ha transformado en una desgracia para quienes allí viven.

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 La rápida ocupación de la península ucrania en 2014 por parte del Kremlin choca ahora con la ofensiva de Kiev  

Con la rápida y decidida anexión de Crimea en 2014, Vladímir Putin se convirtió a ojos de sus conciudadanos en el gran líder capaz de “restablecer la justicia histórica” y “devolver definitivamente” la península del mar Negro a la madre Rusia. Ahora, con la península engullida por la guerra, el éxito de 2014 se ha transformado en una desgracia para quienes allí viven.

La situación podría ser aún peor. Ante la península se abren nuevas incógnitas: ¿Se transformará en una fortaleza acosada y aislada con problemas crónicos de abastecimiento? ¿Provocará la actual ofensiva de Ucrania una reacción disuasiva con grandes costes humanos por parte del líder ruso, tan vinculado personal e históricamente con Crimea?

Al cumplirse el primer aniversario de la anexión, Putin contó que, al iniciarla, tuvo que dar “instrucciones” y “órdenes” al Ejército “sobre el posible comportamiento de Rusia y de nuestras Fuerzas Armadas ante cualquier desarrollo de los acontecimientos”. Interrogado sobre si había puesto en estado de alerta las fuerzas nucleares rusas, el dirigente contestó: “Estábamos dispuestos para el peor escenario posible”.

“En Crimea todo literalmente está impregnado de nuestra historia y orgullo compartidos. Aquí está el antiguo Jersonés, donde se bautizó el Santo príncipe Vladímir (…) En los corazones y en las mentes de la gente, Crimea siempre fue y seguirá siendo una parte integral de Rusia”, dijo Putin en marzo de 2014 en su discurso anual sobre el estado de la nación. “El pueblo de Crimea ha tomado una decisión y ha votado. El tema está cerrado históricamente. No hay ningún retorno al anterior sistema. Ninguno”, afirmó en septiembre de 2016.

El arraigo de la narrativa rusa sobre Crimea y la rotundidad de Putin eran tales que algunos políticos occidentales de peso expresaron comprensión hacia el dirigente ruso, con independencia del derecho internacional (incluidos los acuerdos bilaterales ruso ucranios), que no dejaban dudas sobre la jurisdicción de Kiev sobre la península.

En la lista de los “comprensivos” figuraron el expresidente francés Nicolás Sarkozy, el ex primer ministro italiano Silvio Berlusconi (que visitó la Crimea anexionada), el ex canciller alemán Gerhard Schröder, y un elenco de diputados de tendencias varias que acudieron a la península; además de la jefa de la casa de los Románov, María Vladímirovna, y otros miembros de su familia, que también la visitaron en 2016.

Crimea resultaba intocable en la búsqueda de un acomodo entre Ucrania y los sectores prorrusos de ese país. Prueba de ello fueron las conversaciones de Minsk, celebradas en febrero de 2015 bajo el patrocinio de la OSCE con la participación de Francia y Alemania. Aquellas conversaciones afectaron solo a los independentistas de las autodenominadas repúblicas populares de Donetsk y Lugansk, pero no a Crimea, y concluyeron con un protocolo de alto el fuego y la separación de los combatientes en el Donbás.

Evitar mencionar Crimea fue la única forma de involucrar a Rusia en negociaciones sobre lo que por entonces se presentó formalmente como el conflicto entre Kiev y las autoproclamadas repúblicas populares. Crimea se quedó fuera porque los dirigentes rusos habían proclamado que esa península, a diferencia del Donbás, era una parte inalienable del territorio ruso.

En la práctica, el trabajo para “anclar” Crimea a Rusia y construir un cordón umbilical con Moscú avanzó con rapidez; se construyó una nueva carretera, un nuevo aeropuerto y el puente de 19 kilómetros sobre el estrecho de Kerch, que se inauguró en 2019. Procedentes de Siberia y de lejanas provincias rusas llegaron a la península nuevos habitantes dispuestos a empezar una nueva vida en aquel paraíso y a sustituir a los tártaros y ucranios, cuyas comunidades en Crimea menguaban por el destierro y el exilio.

Según datos ucranios, de 2014 a 2018 se instalaron en Crimea más de 140.000 rusos. En 2021, la población, parcial y deliberadamente renovada, era de 1.934.630 habitantes. En 2013, antes de la anexión, habían sido 1.956.422.

El turismo volvió a despegar, sobre todo tras la inauguración del puente. Los aviones volaban entre las ciudades de Rusia y Simferópol y, aunque tenían que dar un rodeo para evitar territorio ucranio, los vuelos eran abundantes y asequibles. En 2021, la cifra de turistas superó los nueve millones (9.390.000).

Las autoridades rusas de Crimea organizaban foros de inversores internacionales y posibilitaron un truculento sistema de redistribución de la propiedad inmobiliaria mediante la revisión de la propiedad legitimada por Ucrania. Los bancos encontraron esquemas para funcionar burlando las sanciones internacionales y las importaciones se hacían con intermediarios en Rusia.

Entre bastidores, diplomáticos europeos veían posibilidades de que a largo plazo Crimea, pese a no ser reconocida oficialmente, se transformara de hecho en una parte aceptada del territorio ruso y quién sabe si también pudiera llegar a obtener un estatus oficial por la vía de un eventual referéndum internacional reconocido o mediante un pago compensatorio a Kiev.

Y mientras tanto, en Donbás, el mecanismo de observación gestionado por la OSCE funcionaba razonablemente, y la zona se iba convirtiendo en otro “conflicto no resuelto” más en el espacio postsoviético. No era un arreglo perfecto, pero tenía sus ventajas, tanto para las fuerzas prooccidentales de Ucrania, pues alejaba de las urnas a un nutrido contingente de votantes prorrusos, como para Rusia, que no tenía que responsabilizarse abiertamente de un territorio industrial envejecido y necesitado de grandes inversiones.

Así fue hasta 2022, cuando las disparadas ambiciones de Putin sobre el territorio ucranio volvieron a poner a Crimea en el tablero y la convirtieron en escenario de la guerra. Ahora, Crimea es sobrevolada por drones, que han destruido refinerías e infraestructuras vitales y amenazan las comunicaciones por tierra (el corredor arrebatado a Ucrania que conduce a la península desde el continente) y por mar (los accesos al puente sobre el estrecho de Kerch desde la península y desde la península de Tamán, en territorio ruso)

En Crimea falta gasolina, electricidad y agua y las autoridades han tomado la decisión sin precedentes de evacuar a los niños de los campamentos de verano, incluido Artek, el más legendario, donde veranean miles de niños cada año. Los turistas huyen o anulan estancias ya contratadas y los daños a la principal industria local son enormes.

Pero el ataque a Crimea es un ataque al “núcleo duro” de Putin, a la percepción de sí mismo, y la pregunta es si el hombre que ya se ha visto inmortalizado en los libros de historia aceptará que le vean como un irresponsable lunático que, en pos de una quimera, sacrificó vidas, arruinó fortunas y transformó un paraíso en un infierno.

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