El inolvidable protagonista de Águila Roja se incorpora a la serie diaria de Antena 3 como Josema, un exitoso arquitecto que llega a la colonia con una vieja amistad con los Salazar y una herida personal bajo su impecable apariencia: «Algo le falla y su mundo se resquebraja» Leer El inolvidable protagonista de Águila Roja se incorpora a la serie diaria de Antena 3 como Josema, un exitoso arquitecto que llega a la colonia con una vieja amistad con los Salazar y una herida personal bajo su impecable apariencia: «Algo le falla y su mundo se resquebraja» Leer
David Janer necesitó años para entender qué había ocurrido con Águila Roja. Mientras la serie se convertía en uno de los grandes fenómenos de la ficción española, mientras Gonzalo de Montalvo entraba en millones de hogares y aquel maestro de escuela que se enfundaba el traje del héroe pasaba a formar parte del imaginario televisivo, su protagonista intentaba convivir con algo que, reconoce ahora, llegó incluso a sobrepasarle. «El éxito de la serie a veces me apabullaba un poco».
Han pasado muchos años de aquello y el actor vuelve ahora a instalarse en una ficción con vocación de acompañar diariamente al espectador. El actor se incorpora a Sueños de libertad, la serie diaria de Antena 3 y la ficción más vista de la televisión, convertido en Josema, un arquitecto de éxito, elegante, cosmopolita y aparentemente dueño de su vida al que, sin embargo, los planos no siempre le salen como esperaba.
«Es arquitecto y está acostumbrado a controlar casi todos los elementos de su vida. Pero hay un momento en que algo le falla y, a partir de ahí, se resquebraja un poquito su mundo«, explica Janer a EL MUNDO. Ahí estaba precisamente uno de los atractivos que encontró en el personaje: «De cara al exterior sigue siendo un gran arquitecto, con las cosas muy claras, pero a nivel personal tiene esos cimientos un poquito tocados«.
Josema nació en Barcelona en 1909, hijo de emigrantes valencianos que levantaron una próspera empresa textil. Aquella posición le permitió estudiar Arquitectura, abrir su propio estudio y desarrollar una carrera internacional que le ha convertido en un hombre bastante diferente al que podría esperarse en la España de la época. Viudo y sin hijos, llega a Toledo para dar un nuevo aire a la perfumería de los De la Reina y los Salazar y para reencontrarse con una familia a la que conoce desde hace años.
David Janer, sin embargo, rebaja la capacidad revolucionaria de su personaje. «Ha vivido otras circunstancias, ha respirado quizá un poquito más de oxígeno, un oxígeno más puro o más ecléctico», señala. Josema aportará «otro tipo de frescura» y «menos rigidez» al universo de la colonia, aunque tampoco aterriza dispuesto a ponerlo todo patas arriba: «No creo que tenga tanto poder de convicción o de influencia».
Lo que sí trae consigo es equipaje. Y no precisamente el que cabe en una maleta. Tras su serenidad, su elegancia y el éxito profesional existe una herida que Janer todavía no puede revelar y que acabará afectando a sus relaciones. Josema fue íntimo amigo del matrimonio formado por Pablo y Nieves Salazar, a quienes conoció en Tarragona. Una amistad que quedó interrumpida durante un tiempo y que ahora recupera con su llegada a Toledo. «Entra a formar parte un poco de esa familia», explica el actor. «También viene con una pequeña carga interior y eso evidentemente va a provocar una serie de encuentros y desencuentros con los personajes con los que se vaya encontrando dentro y fuera de la familia».
¿Un nuevo lobo con piel de cordero para Sueños de libertad? Janer lo descarta, al menos de momento. «Mi Josema es un personaje bastante noble. Es arquitecto, abierto, jovial…». Después se protege ante lo imprevisible de una serie diaria: «Salvo que vaya evolucionando».
Y precisamente esa incertidumbre es una de las razones por las que David Janer disfruta del formato. Mientras en una película o en una serie cerrada el actor conoce prácticamente desde el comienzo el arco que recorrerá su personaje, en una diaria «no hay nunca un momento en el que te puedas sentar y decir: ‘Bueno, mi personaje ya es así'». Un accidente, una relación o un giro de guion puede dinamitar todo lo construido hasta entonces.
Para alguien que se define como «muy nervioso», esa velocidad tiene incluso algo de estimulante. «El actor trabaja con energías», explica. En el cine, recuerda, una escena podía obligarle a esperar durante horas mientras se preparaban luces y cámaras. «Eso a mí me disipaba mucho la energía». En una diaria sucede exactamente lo contrario: «Un día haces seis o siete secuencias en las que a primera hora de la mañana lloras, luego ríes, luego te enfadas, luego te abrazas… El personaje cada día está evolucionando». Y ahí David Janer parece encontrarse cómodo: «Son estímulos nuevos, continuos. Además de ser una maravillosa escuela para el actor, a mí me dan mucha vidilla. Me encanta, me da la vida».
También había otra razón para aceptar Sueños de libertad: regresar a un territorio conocido. Janer se ha reencontrado con profesionales con los que ya había trabajado y con varios actores que formaron parte de anteriores etapas de su carrera. «Era todo positivo», resume.
Y no le inquieta que Josema pueda acabar convirtiéndose en uno de esos personajes que obligan a permanecer durante años en una ficción. Si algo aprendió de Águila Roja es precisamente a no temerlo. «En absoluto. El actor básicamente lo que quiere es trabajar. Es trabajando cuando está feliz, cuando da un poco de sentido a su vida o a parte de su vida«. No piensa ahora en cuánto puede durar Josema: «Es una oportunidad y hay que disfrutarla».
Porque si algo cambió en David Janer después de Águila Roja fue su manera de entender lo que ocurre al otro lado de la pantalla. El éxito inicial incluso le incomodó. «Yo ya soy de por mí un poco introvertido. No me gustan las multitudes, ni las fiestas, ni las entregas de premios, porque me causan ansiedad», reconoce. Durante los primeros años todavía no alcanzaba a comprender hasta dónde había llegado aquella serie.
«No te das cuenta de esa responsabilidad, de ese poder que tiene la televisión y la ficción para acompañar a la gente, hacerla feliz y conseguir que por un momento olvide los malos momentos»
Lo descubrió mucho después, cuando los espectadores comenzaron a acercarse y a contarle sus historias. «Te van contando en qué circunstancias vieron la serie, con quién la vieron… Era una serie muy larga, muy seguida, muy querida. La gente se hace suya la serie y se hace suyos a los personajes y convive con ellos, con sus alegrías y sus dolores«.
Algunos de esos relatos cambiaron definitivamente su percepción de aquel fenómeno. Janer recuerda personas que atravesaban enfermedades, pérdidas o situaciones personales muy difíciles y que encontraban durante unas horas refugio en la ficción. «Águila Roja era para ellos algo catártico que les liberaba por un momento de todas esas tensiones y desgracias». Fue entonces cuando comprendió realmente lo que habían creado.
«No te das cuenta de esa responsabilidad, de ese poder que tiene la televisión y la ficción para acompañar a la gente, hacerla feliz y conseguir que por un momento olvide los malos momentos», reflexiona. Aquello también modificó su manera de afrontar su profesión: «Pisas diferente la calle, pisas diferente el escenario, pisas diferente el plató. Con un poquito más de responsabilidad y respeto hacia el espectador».
David Janer sabe de qué habla porque también lo ha vivido desde el sofá. «Yo he mirado series y me he enamorado de los personajes y de ese mundo. Cuando se estaba terminando alguna serie estaba casi con una especie de duelo interior pensando: ‘Me tengo que ir de este mundo de ficción que han creado y de estos personajes de los que me he enamorado'».
Ahora le toca comprobar si Josema consigue provocar algo parecido. No pretende compararlo con Gonzalo de Montalvo ni engañarse respecto al peso inicial del personaje: «Josema va entrando, se va introduciendo y siempre te queda esa especie de duda de cómo va a ser recibido». Su deseo es bastante más sencillo: «Ojalá. Espero que bien».
Antes de despedirse se le pide que defina a Josema sin desvelar aquello que todavía no puede contar. Janer duda, bromea con que es «un arquitecto al que no se le da muy bien trazar los planos» y termina encontrando una definición mucho mejor. Recurre a Nietzsche: «Humano, demasiado humano».
Y añade una última advertencia: «Con todo lo que ello implica».
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