EE. UU. estudia convertir el B-21 Raider y otros bombarderos en cazadores de aviones enemigos

La Fuerza Aérea de Estados Unidos estudia dotar a sus bombarderos de capacidades para combatir aviones enemigos, con el B-21 Raider como uno de los principales candidatos. Esta posibilidad aparece en un informe sobre la composición de su flota de cazas a largo plazo, presentado al Congreso y obtenido por Aviation Week.

‘Por consiguiente, la USAF también está evaluando opciones adicionales para renovar su flota, entre ellas un nuevo caza que permita aumentar el número de aparatos, una mayor dependencia de los CCA [aeronaves de combate colaborativas] y el desarrollo de capacidades aire-aire en los bombarderos’, señala el documento.

La propuesta complementa el objetivo de disponer de 1.509 cazas asignados a unidades de combate para 2035, varios cientos más de los que hay actualmente, mediante la adquisición de F-35A, F-15EX y F-47. Los bombarderos y los CCA aportarían capacidades adicionales a esa fuerza.

En medios especializados como The War Zone llevan años señalando al B-21, el nuevo bombardero estadounidense en fase de pruebas, como un candidato especialmente adecuado por su gran autonomía, elevado techo de vuelo, sensores avanzados y un diseño furtivo que dificulta su detección por radares que utilizan distintas frecuencias. Su tamaño y capacidad de carga también permitirían transportar misiles de grandes dimensiones o numerosos proyectiles más pequeños.

La posibilidad ya se planteó en 2024, cuando preguntaron al entonces jefe del Estado Mayor de la Fuerza Aérea, el general David Allvin, si el B-21 podría asumir un papel mayor como resultado de la revisión del programa de dominio aéreo de próxima generación o NGAD. ‘No hemos descartado esa posibilidad’, respondió.

Una de las opciones que describe TWZ consiste en emplear tanto el B-21 como el B-52 como arsenales volantes, capaces de disparar misiles de largo alcance desde la retaguardia, en coordinación con cazas y drones en una posición más avanzada. Estos podrían proporcionar los datos necesarios para atacar objetivos que el bombardero no detectara por sus medios.

El desarrollo de nuevos misiles aire-aire de muy largo alcance podría permitir que los bombarderos atacaran aviones enemigos a cientos de kilómetros de distancia. Entre estas armas figuran el AIM-174B, una versión aérea del SM-6 que la Armada estadounidense ya ha desplegado, y el AIM-424 Malice, actualmente en pruebas de vuelo, aunque todavía no se ha anunciado la integración de ninguno de los dos en bombarderos.

Por su parte, la Fuerza Aérea solicitó en junio propuestas para un misil antiaéreo con un alcance máximo de al menos 1.852 kilómetros y ha explorado diseños modulares de varias etapas. El tamaño de estas armas podría dificultar o impedir su transporte en cazas, dando ventaja a los bombarderos.

Otra opción sería que estas aeronaves lanzaran drones armados para atacar aviones enemigos, como propone el programa LongShot de DARPA, la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada para la Defensa de EE. UU. Tras separarse del bombardero, el dron se acercaría al objetivo y dispararía sus propios misiles aire-aire, ampliando el alcance del ataque y permitiendo que el avión tripulado permaneciera más lejos de la amenaza.

El B-21 también podría aprovechar su diseño furtivo para adentrarse en espacios aéreos defendidos y coordinar drones de combate, que a su vez le transmitirían información sobre los objetivos. Por ahora, el informe confirma que se estudian estas nuevas funciones, pero sin concretar qué bombarderos recibirán las capacidades o qué armas utilizarán.

 La Fuerza Aérea podría equiparlos para el combate aire-aire aprovechando su capacidad de carga y el desarrollo de misiles capaces de alcanzar objetivos a enormes distancias  

La Fuerza Aérea de Estados Unidos estudia dotar a sus bombarderos de capacidades para combatir aviones enemigos, con el B-21 Raider como uno de los principales candidatos. Esta posibilidad aparece en un informe sobre la composición de su flota de cazas a largo plazo, presentado al Congreso y obtenido por Aviation Week.

‘Por consiguiente, la USAF también está evaluando opciones adicionales para renovar su flota, entre ellas un nuevo caza que permita aumentar el número de aparatos, una mayor dependencia de los CCA [aeronaves de combate colaborativas] y el desarrollo de capacidades aire-aire en los bombarderos’, señala el documento.

La propuesta complementa el objetivo de disponer de 1.509 cazas asignados a unidades de combate para 2035, varios cientos más de los que hay actualmente, mediante la adquisición de F-35A, F-15EX y F-47. Los bombarderos y los CCA aportarían capacidades adicionales a esa fuerza.

En medios especializados como The War Zone llevan años señalando al B-21, el nuevo bombardero estadounidense en fase de pruebas, como un candidato especialmente adecuado por su gran autonomía, elevado techo de vuelo, sensores avanzados y un diseño furtivo que dificulta su detección por radares que utilizan distintas frecuencias. Su tamaño y capacidad de carga también permitirían transportar misiles de grandes dimensiones o numerosos proyectiles más pequeños.

La posibilidad ya se planteó en 2024, cuando preguntaron al entonces jefe del Estado Mayor de la Fuerza Aérea, el general David Allvin, si el B-21 podría asumir un papel mayor como resultado de la revisión del programa de dominio aéreo de próxima generación o NGAD. ‘No hemos descartado esa posibilidad’, respondió.

Una de las opciones que describe TWZ consiste en emplear tanto el B-21 como el B-52 como arsenales volantes, capaces de disparar misiles de largo alcance desde la retaguardia, en coordinación con cazas y drones en una posición más avanzada. Estos podrían proporcionar los datos necesarios para atacar objetivos que el bombardero no detectara por sus medios.

El desarrollo de nuevos misiles aire-aire de muy largo alcance podría permitir que los bombarderos atacaran aviones enemigos a cientos de kilómetros de distancia. Entre estas armas figuran el AIM-174B, una versión aérea del SM-6 que la Armada estadounidense ya ha desplegado, y el AIM-424 Malice, actualmente en pruebas de vuelo, aunque todavía no se ha anunciado la integración de ninguno de los dos en bombarderos.

Por su parte, la Fuerza Aérea solicitó en junio propuestas para un misil antiaéreo con un alcance máximo de al menos 1.852 kilómetros y ha explorado diseños modulares de varias etapas. El tamaño de estas armas podría dificultar o impedir su transporte en cazas, dando ventaja a los bombarderos.

Otra opción sería que estas aeronaves lanzaran drones armados para atacar aviones enemigos, como propone el programa LongShot de DARPA, la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada para la Defensa de EE. UU. Tras separarse del bombardero, el dron se acercaría al objetivo y dispararía sus propios misiles aire-aire, ampliando el alcance del ataque y permitiendo que el avión tripulado permaneciera más lejos de la amenaza.

El B-21 también podría aprovechar su diseño furtivo para adentrarse en espacios aéreos defendidos y coordinar drones de combate, que a su vez le transmitirían información sobre los objetivos. Por ahora, el informe confirma que se estudian estas nuevas funciones, pero sin concretar qué bombarderos recibirán las capacidades o qué armas utilizarán.

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