Talaat Harb, en pleno corazón de El Cairo, es una de las arterias comerciales más concurridas de la capital de Egipto. Sus anchas aceras se ven a menudo desbordadas hasta bien entrada la noche por el flujo incesante de transeúntes que pululan por la vía entre escaparates de trajes y zapatos, salas de cine, restaurantes, puestos de libros y un tráfico difícil de gobernar.
El país, uno de los más expuestos a las repercusiones del conflicto desatado por EE UU e Israel, adopta medidas drásticas como restricciones horarias para ahorrar energía y subir el precio del combustible
Talaat Harb, en pleno corazón de El Cairo, es una de las arterias comerciales más concurridas de la capital de Egipto. Sus anchas aceras se ven a menudo desbordadas hasta bien entrada la noche por el flujo incesante de transeúntes que pululan por la vía entre escaparates de trajes y zapatos, salas de cine, restaurantes, puestos de libros y un tráfico difícil de gobernar.
En las últimas semanas, sin embargo, la calle ofrece una estampa diferente. Hasta que cae la noche, todavía persiste la riada de gente que la caracteriza, pero en cuestión de minutos las luces de casi todos los establecimientos se apagan. De vez en cuando, un coche de policía vigila que nadie se salte la restricción. Un rato después, la calle está prácticamente desierta.
Es el efecto mariposa aplicado a Oriente Próximo: una guerra en Irán, a más de 1.000 kilómetros de distancia, apagando las luces en Egipto. Desde el último sábado de marzo, el Gobierno ha impuesto horas tempranas de cierre a los comercios no esenciales del país, como tiendas, restaurantes y salas de eventos, para reducir el consumo de energía. Entre finales de marzo y principios de abril fue a las 21.00 y solo una hora más tarde los jueves y los viernes. Desde el pasado fin de semana, y hasta nuevo aviso, la hora elegida son las 23.00.
A pesar de no participar en la guerra y de no haber sufrido ataques de Irán como sus aliados árabes del Golfo, Egipto es uno de los países más vulnerables a las repercusiones económicas del conflicto, como la subida del precio del combustible y su escasez, provocados por el cierre del estrecho de Ormuz, controlado por Teherán. Por un lado, depende mucho de los suministros energéticos y del dinero de la región y, por el otro, su capacidad financiera para amortiguar el golpe es muy limitada.
Egipto utiliza gas natural para generar en torno al 70% de su electricidad, pero cubre entre el 15% y el 20% de sus necesidades con importaciones de Israel, que permanecieron suspendidas durante casi un mes desde el inicio de la guerra. Además, el bloqueo del estrecho de Ormuz ha paralizado el gas de Qatar, otro de sus grandes proveedores, y el petróleo de Kuwait, un tercer socio energético clave, lo que ha forzado a El Cairo a tener que recurrir al crudo de Libia.
El impacto de esta disrupción para el país fue inmediato y el Gobierno repercutió buena parte del alza de los hidrocarburos en los ciudadanos. Solo una semana y media después del inicio de la guerra, el Ejecutivo recortó los subsidios a los combustibles y aumentó su precio entre un 15% y un 22%, elevando su encarecimiento acumulado en un año a entre el 46% y el 58%. También ha aumentado las tarifas eléctricas para hogares de alto consumo y comercios.
Freno a los megaproyectos
Más allá del cierre temprano de comercios no esenciales, El Cairo ha decidido frenar al menos durante dos meses los megaproyectos de infraestructuras que consuman mucho combustible. También ha decretado el trabajo remoto todos los domingos de abril en el sector público y en el privado, y ha cortado la dotación de combustible a vehículos gubernamentales un 30%. En marzo, además, aumentó entre un 20% y un 25% el precio de los billetes de metro para los trayectos más cortos.
Amr Adly, doctor en economía política y profesor de la Universidad Americana de El Cairo (AUC), indica que otra vulnerabilidad de Egipto radica en su persistente exposición al capital especulativo para financiarse, sobre todo en forma de deuda a corto plazo con altos intereses. “Este capital tiende a marcharse casi inmediatamente después de cualquier crisis. Lo vimos con la guerra de Ucrania y con el coronavirus, y ahora lo estamos viendo de nuevo”, constata.
Todo ello ha ejercido una gran presión sobre la moneda egipcia, que ya se ha devaluado hasta sus mínimos oficiales históricos y solo ha empezado a recuperarse a raíz del anuncio de la tregua. Antes de la guerra, un dólar rozaba las 48 libras egipcias, mientras que ahora se acerca a 52 tras haber superado por momentos las 54, en una depreciación que muchos analistas atribuyen a la salida de capitales, la interrupción de nuevas inversiones y el reforzamiento del dólar.
Consciente de que está caminando por el filo de la navaja, el Gobierno ha evitado por ahora recortar los subsidios al pan, del que se benefician millones de egipcios por debajo o cerca del umbral de pobreza. Tampoco ha impuesto cortes de electricidad generalizados, como en el pasado, y ha anunciado una subida del salario mínimo, aunque aplicable a partir de julio. Aunque hasta la fecha no se han producido protestas por la situación económica, esta coincide con una cierta reactivación del activismo laboral egipcio tras años de dificultades financieras.
Algunas de las medidas que ha adoptado el Gobierno, sin embargo, han sido polémicas. Las restricciones de horarios a la mayoría de establecimientos suponen un revés para muchos comercios y han coincidido con el final del Ramadán, durante el que muchos negocios ya sufren una bajada de la actividad por el cambio de horarios y de los patrones de consumo derivados del ayuno.
Alia el Mahdi, exdecana de la Facultad de Economía y Ciencias Políticas de la Universidad de El Cairo, anticipa que “cerrar a las 21.00 significa menos empleos para mucha gente”. “Hay muchas empresas que trabajan por la noche y no sale a cuenta, porque reducimos el consumo de combustible [muy poco], y a cambio perdemos mucha [actividad]”, considera. En marzo, el sector privado no petrolero del país experimentó su mayor contracción de los últimos dos años, según el último índice de gestores de compra elaborado por S&P Global.
El rápido aumento de los precios del combustible también ha sido controvertido. “El Estado optó por trasladar el coste [del aumento] a una base más amplia de consumidores mediante subidas generalizadas en los precios de la energía, lo que probablemente se traducirá en una mayor presión inflacionaria y [a la vez] representa una decisión muy regresiva”, indica Adly. La inflación urbana en marzo subió hasta el 15,2% respecto al 13,4% registrado en febrero.
Daños colaterales
Incluso si el alto el fuego entre Estados Unidos e Irán no colapsa, la economía egipcia podría seguir resintiéndose, porque sus finanzas también dependen mucho de las remesas que envían los egipcios que trabajan en el Golfo y de las inversiones directas de estos países, que todavía necesitarán tiempo para absorber y recomponerse de las enormes pérdidas que han sufrido.
“Egipto [es] muy dependiente de los países del Golfo para cubrir sus necesidades financieras, a través de las remesas, los mercados de exportaciones a Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí, y las enormes inversiones que ha recibido en los últimos años de Emiratos y, en menor medida, de Qatar, con planes para atraer más de Riad”, nota Adly. “A medio plazo”, alerta, “esto probablemente tendrá un gran impacto en nuestra balanza de pagos”.
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