El eclipse entre las nubes: ¿qué pasa si está nublado?

Hay algo casi cruel en vivir en Luarca el día en que un eclipse total de Sol atraviesa Asturias. Durante meses hemos hablado de él. De la sombra de la Luna recorriendo España, de la corona solar, de las estrellas que aparecerán en pleno día y de esos poco más de cien segundos en los que la luz desaparecerá por completo. Y ahora llega la parte que ningún cálculo astronómico puede resolver: las nubes. Las previsiones meteorológicas de hoy apuntan a cielos complicados en Asturias, especialmente por la posible presencia de nubosidad baja procedente del Cantábrico.

Eso significa que existe una posibilidad bastante real de que, cuando llegue el momento, levantemos la cabeza y no veamos el Sol. Pero hay un consuelo. La Luna seguirá pasando exactamente por delante del Sol. La sombra seguirá atravesando Asturias. Y durante unos instantes, aunque no podamos contemplar la corona, el mundo que nos rodea seguirá cambiando. Porque un eclipse no se limita solo al sentido de la vista y una nube no detiene la sombra.

Cuando pensamos en un eclipse solar, imaginamos el disco negro de la Luna recortado contra el Sol. Pero la parte verdaderamente extraordinaria del fenómeno es otra: la sombra. La Luna proyecta sobre la Tierra una sombra que se desplaza a gran velocidad. En Asturias, la totalidad llegará alrededor de las 20:27 y durará aproximadamente entre uno y casi dos minutos, dependiendo del lugar. En Oviedo, por ejemplo, la totalidad alcanzará unos 109 segundos. Y esa sombra no se queda por encima de las nubes: las atraviesa.

Por eso, aunque una capa de nubosidad nos impida ver el Sol, la iluminación ambiental cambiará igualmente. El día se apagará. El paisaje perderá luz. El horizonte adquirirá otro aspecto. Y quizá sea entonces cuando descubramos que habíamos estado mirando el eclipse desde el lugar equivocado porque el eclipse también ocurre en las nubes. Estas son parte de la atmósfera y, por tanto, también responden a la desaparición repentina de la radiación solar.

Un estudio publicado en Communications Earth & Environment analizó mediante satélites y modelos atmosféricos cómo respondieron las nubes durante tres eclipses solares. Los resultados fueron sorprendentes: sobre superficies terrestres que se estaban enfriando, algunas nubes bajas de tipo cúmulo comenzaron a disiparse cuando la ocultación solar apenas alcanzaba alrededor del 15 %. Esto, desafortunadamente para nosotros, no significa que el eclipse vaya a hacer desaparecer las nubes, ojalá fuera tan sencillo.

Pero sí significa que la sombra de la Luna puede modificar la atmósfera mucho antes de que llegue la totalidad. La explicación es relativamente sencilla. Al disminuir la radiación solar, el suelo recibe menos energía, se enfría y cambia la circulación del aire cercano a la superficie. Las corrientes ascendentes que ayudan a mantener algunos cúmulos pueden debilitarse y las nubes empiezan a desaparecer. Es una pequeña paradoja: la sombra que nos impide ver el Sol puede estar modificando las mismas nubes que nos impiden ver el eclipse.

Pero el cambio de luz no es la única consecuencia. Durante un eclipse, la reducción brusca de la energía solar puede provocar un descenso de la temperatura y alterar los movimientos del aire. Los científicos llevan estudiando estos efectos desde hace casi dos siglos.

Un estudio científico liderado por expertos de la Universidad de Oxford, analizó 44 eclipses. Los resultados mostraron evidencias de enfriamiento atmosférico y de cambios en la circulación local. En algunos casos aparece incluso un fenómeno conocido como «viento del eclipse»: una modificación del viento asociada al enfriamiento provocado por la sombra lunar. Así que, aunque una nube nos esconda la corona, todavía podemos observar algo que rara vez ven quienes persiguen un eclipse. Sí, aquí el que no se consuela es porque no quiere.

 Una de las ventajas es que es posible sentir un fenómeno conocido como “viento de eclipse”, pero hay una buena noticia: la sombra se puede cargar las nubes. Este es el motivo.  

Hay algo casi cruel en vivir en Luarca el día en que un eclipse total de Sol atraviesa Asturias. Durante meses hemos hablado de él. De la sombra de la Luna recorriendo España, de la corona solar, de las estrellas que aparecerán en pleno día y de esos poco más de cien segundos en los que la luz desaparecerá por completo. Y ahora llega la parte que ningún cálculo astronómico puede resolver: las nubes. Las previsiones meteorológicas de hoy apuntan a cielos complicados en Asturias, especialmente por la posible presencia de nubosidad baja procedente del Cantábrico.

Eso significa que existe una posibilidad bastante real de que, cuando llegue el momento, levantemos la cabeza y no veamos el Sol. Pero hay un consuelo. La Luna seguirá pasando exactamente por delante del Sol. La sombra seguirá atravesando Asturias. Y durante unos instantes, aunque no podamos contemplar la corona, el mundo que nos rodea seguirá cambiando. Porque un eclipse no se limita solo al sentido de la vista y una nube no detiene la sombra.

Cuando pensamos en un eclipse solar, imaginamos el disco negro de la Luna recortado contra el Sol. Pero la parte verdaderamente extraordinaria del fenómeno es otra: la sombra. La Luna proyecta sobre la Tierra una sombra que se desplaza a gran velocidad. En Asturias, la totalidad llegará alrededor de las 20:27 y durará aproximadamente entre uno y casi dos minutos, dependiendo del lugar. En Oviedo, por ejemplo, la totalidad alcanzará unos 109 segundos. Y esa sombra no se queda por encima de las nubes: las atraviesa.

Por eso, aunque una capa de nubosidad nos impida ver el Sol, la iluminación ambiental cambiará igualmente. El día se apagará. El paisaje perderá luz. El horizonte adquirirá otro aspecto. Y quizá sea entonces cuando descubramos que habíamos estado mirando el eclipse desde el lugar equivocado porque el eclipse también ocurre en las nubes. Estas son parte de la atmósfera y, por tanto, también responden a la desaparición repentina de la radiación solar.

Un estudio publicado en Communications Earth & Environment analizó mediante satélites y modelos atmosféricos cómo respondieron las nubes durante tres eclipses solares. Los resultados fueron sorprendentes: sobre superficies terrestres que se estaban enfriando, algunas nubes bajas de tipo cúmulo comenzaron a disiparse cuando la ocultación solar apenas alcanzaba alrededor del 15 %. Esto, desafortunadamente para nosotros, no significa que el eclipse vaya a hacer desaparecer las nubes, ojalá fuera tan sencillo.

Pero sí significa que la sombra de la Luna puede modificar la atmósfera mucho antes de que llegue la totalidad. La explicación es relativamente sencilla. Al disminuir la radiación solar, el suelo recibe menos energía, se enfría y cambia la circulación del aire cercano a la superficie. Las corrientes ascendentes que ayudan a mantener algunos cúmulos pueden debilitarse y las nubes empiezan a desaparecer. Es una pequeña paradoja: la sombra que nos impide ver el Sol puede estar modificando las mismas nubes que nos impiden ver el eclipse.

Pero el cambio de luz no es la única consecuencia. Durante un eclipse, la reducción brusca de la energía solar puede provocar un descenso de la temperatura y alterar los movimientos del aire. Los científicos llevan estudiando estos efectos desde hace casi dos siglos.

Un estudio científico liderado por expertos de la Universidad de Oxford, analizó 44 eclipses. Los resultados mostraron evidencias de enfriamiento atmosférico y de cambios en la circulación local. En algunos casos aparece incluso un fenómeno conocido como «viento del eclipse»: una modificación del viento asociada al enfriamiento provocado por la sombra lunar. Así que, aunque una nube nos esconda la corona, todavía podemos observar algo que rara vez ven quienes persiguen un eclipse. Sí, aquí el que no se consuela es porque no quiere.

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