Los seguidores del expresidente Aleksandar Vucic, de 56 años y gran controlador de la política serbia durante los últimos 14 años, tal vez se pregunten este lunes cómo les pudieron ganar las elecciones unos estudiantes sin experiencia política alguna. Quizás el universitario Lazar Dinic, de 25 años, nacido en el pueblo minero de Bor (40.000 habitantes, en el este de Serbia), podría servirles de ayuda para encontrar una respuesta. Dinic advierte de que esta mañana tiene “un poco de resaca”. Habla por videoconferencia desde Ámsterdam, donde visita a unos familiares junto a sus padres y donde votó el domingo y celebró la victoria con sus compatriotas.
Miles de universitarios dejaron de lado sus diferencias ideológicas para derribar la maquinaria electoral del poderoso dirigente serbio
Los seguidores del expresidente Aleksandar Vucic, de 56 años y gran controlador de la política serbia durante los últimos 14 años, tal vez se pregunten este lunes cómo les pudieron ganar las elecciones unos estudiantes sin experiencia política alguna. Quizás el universitario Lazar Dinic, de 25 años, nacido en el pueblo minero de Bor (40.000 habitantes, en el este de Serbia) podría servirles de ayuda para encontrar una respuesta. Dinic advierte de que esta mañana tiene “un poco de resaca”. Habla por videoconferencia desde Ámsterdam, en donde visita a unos familiares junto a sus padres, donde votó el domingo y celebró la victoria con sus compatriotas.
Las movilizaciones estudiantiles se prolongaron durante casi dos años, desde el 1 de noviembre de 2024 cuando se derrumbó una marquesina en la estación de tren de Novi Sad, la segunda ciudad más poblada del país, que mató a 16 personas. Los universitarios vieron la tragedia como una consecuencia clara de muchos años de corrupción y emprendieron la lucha pacífica que terminaría el domingo con la victoria de la Lista Estudiantil sobre la de Serbia Unida, de Vucic.
Dinic relata que su último examen, de Estudios Culturales, en la Facultad de Filosofía de Novi Sad, lo hizo en la cárcel. “Me arrestaron el 14 de marzo, un día antes de la gran manifestación de Belgrado de 2025. Estuve dos meses y medio en prisión. Después nos dejaron en libertad, pero pasamos a arresto domiciliario. Permanecí otros cinco meses bajo arresto domiciliario, así que en total fueron siete meses y medio. Además, era un arresto muy estricto: sin teléfono, sin internet, sin visitas y con una única hora de paseo al día. Tuve que escribir cartas al juez y a los fiscales para que me permitieran presentarme al examen”.
El estudiante recuerda especialmente el día del pasado marzo, cuando cubría unas elecciones locales en Bor, su ciudad natal. “Un grupo de hombres enmascarados empezó a perseguirme y a golpearme. Me dijeron que me matarían si volvían a verme en las calles o en las protestas. Me rompieron varios huesos de la cara y de la cabeza. Ahora tengo un implante de titanio en el lado derecho del rostro. Me atacaron porque había grabado algo relacionado con un presunto fraude electoral. Uno de mis compañeros contó que aquellos hombres llevaban hachas, pistolas y otras armas. Incluso le preguntaron qué dedo quería que le cortaran primero. Después fui operado de urgencia. Hasta hoy nadie ha sido detenido. Sobreviví por pura suerte. Creo sinceramente que estaban preparados para matarme”.
La politóloga Aleksandra Tomanic explica por teléfono desde Belgrado que lo que tienen en común estos jóvenes es que quieren vivir en un país normal, donde haya transparencia, justicia y libertad. Asume que esas palabras pueden sonar banales, pero “lo significan todo cuando hay que luchar por ellas”. “Quieren vivir en un país donde puedan decir sin miedo qué piensan y salir de casa sin ser detenidos, quieren sus móviles sin que el Estado les meta software de espionaje, saber que vas a tener las mismas oportunidades sin pertenecer a un cierto partido”. Explica que entre los universitarios hay muchos que creen en Dios, otros son no creyentes, hay una minoría de musulmanes. “Pero les une la tolerancia para esta diversidad”.
Lo más difícil
Dinic cree que lo más difícil fue reunir en un mismo movimiento a personas de todas las ideologías. “Había gente de derechas, de izquierdas, centristas y de todo tipo. Pero comprendimos que la única manera de cambiar el régimen era permanecer juntos”. Otra de las tareas más difíciles, según Dinic, fue recorrer todo el país puerta a puerta durante los casi dos años de activismo. “La mayoría de las grandes televisiones son afines al régimen. Era necesario ir pueblo por pueblo para explicar a la gente lo que estaba ocurriendo. Fue decisivo porque vimos cómo en pueblos pequeños la gente comenzó a rebelarse contra el régimen”.

El estudiante explica que decidieron prescindir de un liderazgo fuerte por varias razones: para evitar las presiones del régimen sobre esa persona y para que algunos sectores del movimiento no se sintieran excluidos. “También queríamos romper con la tradición serbia del culto al hombre fuerte. Vucic ha construido esa imagen de alguien capaz de resolverlo todo. Antes ocurrió algo parecido con Slobodan Milosevic [quien dominó la política serbia entre 1989 y 2000] y, de otra forma, también con el mariscal Tito. Nosotros no queríamos una persona fuerte. Queríamos instituciones fuertes, no depender de un solo individuo”.
Mila Pajic, otra estudiante de Novi Sad, permanece exiliada desde marzo de 2025. Desde Eslovenia escribe por WhatsApp: “Yo no pude votar ayer porque habría sido detenida en la Embajada de Serbia. Así es como un régimen opresivo ha tratado a los activistas: mediante la intimidación, la persecución y el miedo. Y estoy lejos de ser la única. Cientos de personas han sido detenidas por cosas que no hicieron, perseguidas, golpeadas en las calles, chantajeadas y acosadas”.

Iva Galicki, de 23 años, terminó hace un mes la carrera de Periodismo en Novi Sad, destaca el papel de las mujeres en esta lucha. Dice que no tienen miedo. “Yo misma, como periodista, hice muchas cosas locas y peligrosas simplemente para poder mostrar al mundo lo que estaba ocurriendo en Serbia”.
Galicki cree que si hay una palabra que defina a la gente de su edad es la determinación, ser “decididos”. “Nuestros padres crecieron con una idea: ‘Mejor cállate porque siempre puede ser peor’. Pero nosotros creemos que si no hacemos nada, entonces sí será peor. Si hacemos algo, si decimos lo que queremos decir, algunas cosas cambiarán. Y cambiaron”.
Respecto a las diferencias entre los estudiantes de izquierda y derecha, o entre posiciones proeuropeas y prorrusas, afirma: “En realidad, esas cosas no nos importaban demasiado. Después del derrumbe de la estación, solo queríamos justicia, vivir en un país donde pudiéramos estar seguros de que nuestros derechos estaban garantizados. Aquí todo es corrupto: la policía, la justicia, los medios de comunicación, la sanidad… literalmente todo”.
Aleksandar Kendrisic, estudiante en Novi Sad de Matemáticas Aplicadas, de 20 años, dice que se alegra de no haber abandonado la universidad y tiene previsto retomar sus estudios ahora. “Mi teléfono fue hackeado con Pegasus. Fui objetivo de los medios afines al régimen. Todos estábamos preocupados por nuestra seguridad. Pero, al final, diría que me ha afectado de forma positiva, porque ha sido una oportunidad única en la vida para hacer algo extraordinario a una edad tan temprana y luchar por aquello en lo que crees”.
Kendrisic cree que el momento más difícil de los dos últimos años sucedió este domingo, tras el cierre de los colegios electorales, entre las 20.15 y las 21.30. “Recibimos información de que la comisión electoral estaba rodeada, de que se acercaban vehículos de la policía y del ejército, y tuvimos que prepararnos para diferentes escenarios. Lo más importante era mantener la situación en paz. Fue el momento más estresante porque no sabíamos qué iba a pasar y miles de vidas podían estar en juego. Al final, todo salió sorprendentemente bien”.
Sobre ese lapsus de tiempo entre el cierre de las urnas y el reconocimiento de la derrota por parte de Vucic a las 21.30, existen muchos interrogantes, según la politóloga Tomanic. “Fue todo muy raro. Porque había un gran número de gendarmes desplegados por el centro de Belgrado y en algunas instituciones como la sede de la comisión electoral. Y había también muchos paramilitares. El escenario presagiaba mucha violencia. Y después del anuncio de Vucic desaparecieron los gendarmes y los paramilitares. Y no sabemos ni por qué vinieron ni por qué se fueron”.
Kendrisic dice que dentro del movimiento estudiantil había quienes deseaban una escalada, “una estrategia más radical”. “Pero los órganos que tomaban decisiones nunca apoyaron eso. Intentábamos rebajar la tensión”.
Las cuestiones más divisivas
El universitario recuerda que las cuestiones más divisivas en los debates no fueron Kosovo, Rusia o la Unión Europea, sino la reforma judicial, especialmente los mecanismos de depuración institucional o “de lustración”, procedimientos destinados a impedir que antiguos responsables de un régimen autoritario ocupen puestos de poder en el nuevo sistema democrático. “Tuvimos largos debates sobre si supondrían o no una forma de revancha política y sobre cómo debían aplicarse”.
Kendrisic dice que no quiere dedicarse a la política. “He aprendido mucho sobre campañas, comunicación, liderazgo y organización, pero creo que antes de entrar en política es necesario tener experiencia profesional. Hace seis meses pensaba que lo sabía todo. Ahora me doy cuenta de cuánto me queda por aprender. Solo quiero ayudar a que este Gobierno lo haga lo mejor posible, continuar mis estudios y ver qué ocurre después”.
En cuanto al concepto que puede definir a su generación, Kendrisic dice: “Hemos sido obstinados. No nos rendimos. Esa obstinación y esa capacidad para proyectar fortaleza fueron probablemente nuestras características más importantes”.
Varios de los consultados explican con diferentes palabras lo apasionante que resultó practicar de pronto las verdaderas reglas del juego democrático. Dinic recuerda el primer pleno que se celebró en la Facultad de Filosofía de Novi Sad. “Lo dirigíamos mi amigo Bane, que hoy está exiliado en Croacia, y yo. Nos preguntábamos si era razonable pasar tres, cinco o seis horas reunidos. Y la respuesta era siempre la misma: el tiempo que hiciera falta. Había plenos de tres horas y otros de seis o siete horas. Todo el mundo podía hablar y ser escuchado. Eran agotadores, porque consumían muchísima energía, pero al mismo tiempo eran apasionantes”.
A Dinic, a pesar de haber sido encarcelado y golpeado de forma grave en la cabeza, lo que más le sorprendió fue el sentimiento de solidaridad. “Por primera vez en mi vida”, afirma aún con el cansancio de la resaca, “vi una sociedad capaz de apoyarse mutuamente. Empezamos a abrazarnos incluso entre desconocidos porque sabíamos que estábamos en el mismo lado. La gente volvió a preocuparse por los demás. Ellos actuaban desde la ira y la intimidación. Nosotros respondimos de forma pacífica, con solidaridad, felicidad y afecto. Por eso triunfamos. No se puede derrotar algo así”.
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