Encontrar fuentes renovables más estables y
aprovechables es clave en la actualidad. Esto garantiza la continuidad del
suministro energético, reduce la dependencia de fuentes externas e inestables y
permite planificar con mayor seguridad el funcionamiento del sistema eléctrico.
También puede aportar estabilidad a la red, facilita el equilibrio entre oferta
y demanda y contribuye a una transición energética más eficiente y sostenible a
largo plazo. Un país siempre relacionado con la innovación como es Estados
Unidos ha movido ficha.
La apuesta llega para el lugar en el que es más complicado
generar energía: el océano. El proyecto, impulsado por la startup Panthalassa, cuenta
con una tecnología que convierte el movimiento de las olas en electricidad
limpia que se ha probado en aguas del Pacífico, frente a la costa del estado de
Washington, y apunta hacia uno de los mayores focos en la transición
energética: la energía undimotriz.
La idea es sencilla en el planteamiento, aunque
compleja en su ejecución. Aprovechar un recurso abundante, continuo y todavía
poco explotado para generar energía en mar abierto. Frente a otras renovables
sometidas a la variabilidad del sol o del viento, el oleaje ofrece una fuente
constante de movimiento que, bien canalizada, puede convertirse en una
alternativa útil para industrias, infraestructuras y proyectos de alto consumo
eléctrico. Es un funcionamiento muy complejo, pero efectivo.
Cómo funciona esta tecnología en el mar
El sistema desarrollado por Panthalassa, dentro del
proyecto Ocean-2, parte de una estructura flotante de unos 10 metros de
diámetro unida a un cuerpo tubular sumergido. Suena muy complicado y para
expertos, pero significa que cuando las olas golpean la superficie, la
plataforma se mueve y activa un mecanismo interno que transforma esa energía
cinética en electricidad.
La clave está en que las turbinas quedan protegidas
dentro de la propia estructura, lo que mejora su resistencia frente al desgaste
del entorno marino. Esto es lo que marca la diferencia porque una de las
grandes dificultades de este tipo de tecnologías siempre ha sido su capacidad
para soportar condiciones extremas durante largos periodos de tiempo sin perder
eficiencia.
Durante las pruebas realizadas en el Pacífico, el
sistema llegó a producir hasta 50 kW, un dato que confirma que el océano puede
convertirse en una nueva puerta de generación eléctrica con aplicaciones reales
y escalables, algo que personas sin conocimiento específico ni siquiera pueden
imaginar.
Un proyecto con objetivos más amplios
El interés de este proyecto Ocean-2 no solo es
producir electricidad. La empresa también busca la posibilidad de generar
hidrógeno verde en alta mar, una opción que podría abrir la puerta a nuevas
cadenas de suministro energético menos dependientes de tierra firme. Otro de los destinos potenciales de esta energía son
los centros de datos instalados en el océano, una idea que gana fuerza en un
contexto de creciente demanda digital. Alimentar este tipo de instalaciones
directamente desde fuentes renovables marinas permitiría reducir emisiones y
aliviar la presión sobre las redes eléctricas terrestres.
También marca la diferencia su bajo impacto ambiental.
Esta tecnología está diseñada para minimizar las afecciones sobre la fauna
marina, un aspecto decisivo en un momento en el que cualquier expansión
energética debe convivir con mayores exigencias de sostenibilidad.
Estados Unidos no es el primer país
Aunque este avance sitúa a Estados Unidos a la cabeza,
no es pionero. Otros países llevan años trabajando en este campo y han marcado
parte del camino. Portugal fue uno de los pioneros con el parque de olas de
Aguçadoura, puesto en marcha en 2008, mientras que Reino Unido sigue siendo uno de los territorios con mayor
inversión en este tipo de energía. Esa competencia internacional deja claro que la
energía undimotriz aún no ha alcanzado todo su potencial, pero tampoco es ya
una idea experimental sin recorrido.
El reto está en escalar la tecnología,
abaratar costes y demostrar que puede integrarse en el sistema energético
global con fiabilidad. El movimiento de Panthalassa no es un caso aislado,
sino una tendencia: buscar soluciones que permitan producir energía limpia en
lugares donde antes parecía inviable. El mar, con su capacidad constante de
movimiento, ofrece una fuente renovable que podría complementar otras
tecnologías y reforzar la seguridad energética.
Lo que Estados Unidos está probando en el Pacífico no
es solo un prototipo, va mucho más allá. Es una declaración de intenciones en
la búsqueda de nuevas vías para descarbonizar la economía. Y, en esa carrera,
el océano empieza a ganar protagonismo como una de las grandes reservas
energéticas del futuro.
El proyecto Ocean-2 de Panthalassa busca encontrar fuentes renovables más estables. Portugal fue pionera en la investigación
Encontrar fuentes renovables más estables y aprovechables es clave en la actualidad. Esto garantiza la continuidad del suministro energético, reduce la dependencia de fuentes externas e inestables y permite planificar con mayor seguridad el funcionamiento del sistema eléctrico. También puede aportar estabilidad a la red, facilita el equilibrio entre oferta y demanda y contribuye a una transición energética más eficiente y sostenible a largo plazo. Un país siempre relacionado con la innovación como es Estados Unidos ha movido ficha.
La apuesta llega para el lugar en el que es más complicado generar energía: el océano. El proyecto, impulsado por la startup Panthalassa, cuenta con una tecnología que convierte el movimiento de las olas en electricidad limpia que se ha probado en aguas del Pacífico, frente a la costa del estado de Washington, y apunta hacia uno de los mayores focos en la transición energética: la energía undimotriz.
La idea es sencilla en el planteamiento, aunque compleja en su ejecución. Aprovechar un recurso abundante, continuo y todavía poco explotado para generar energía en mar abierto. Frente a otras renovables sometidas a la variabilidad del sol o del viento, el oleaje ofrece una fuente constante de movimiento que, bien canalizada, puede convertirse en una alternativa útil para industrias, infraestructuras y proyectos de alto consumo eléctrico. Es un funcionamiento muy complejo, pero efectivo.
Cómo funciona esta tecnología en el mar
El sistema desarrollado por Panthalassa, dentro del proyecto Ocean-2, parte de una estructura flotante de unos 10 metros de diámetro unida a un cuerpo tubular sumergido. Suena muy complicado y para expertos, pero significa que cuando las olas golpean la superficie, la plataforma se mueve y activa un mecanismo interno que transforma esa energía cinética en electricidad.
La clave está en que las turbinas quedan protegidas dentro de la propia estructura, lo que mejora su resistencia frente al desgaste del entorno marino. Esto es lo que marca la diferencia porque una de las grandes dificultades de este tipo de tecnologías siempre ha sido su capacidad para soportar condiciones extremas durante largos periodos de tiempo sin perder eficiencia.
Durante las pruebas realizadas en el Pacífico, el sistema llegó a producir hasta 50 kW, un dato que confirma que el océano puede convertirse en una nueva puerta de generación eléctrica con aplicaciones reales y escalables, algo que personas sin conocimiento específico ni siquiera pueden imaginar.
Un proyecto con objetivos más amplios
El interés de este proyecto Ocean-2 no solo es producir electricidad. La empresa también busca la posibilidad de generar hidrógeno verde en alta mar, una opción que podría abrir la puerta a nuevas cadenas de suministro energético menos dependientes de tierra firme. Otro de los destinos potenciales de esta energía son los centros de datos instalados en el océano, una idea que gana fuerza en un contexto de creciente demanda digital. Alimentar este tipo de instalaciones directamente desde fuentes renovables marinas permitiría reducir emisiones y aliviar la presión sobre las redes eléctricas terrestres.
También marca la diferencia su bajo impacto ambiental. Esta tecnología está diseñada para minimizar las afecciones sobre la fauna marina, un aspecto decisivo en un momento en el que cualquier expansión energética debe convivir con mayores exigencias de sostenibilidad.
Estados Unidos no es el primer país
Aunque este avance sitúa a Estados Unidos a la cabeza, no es pionero. Otros países llevan años trabajando en este campo y han marcado parte del camino. Portugal fue uno de los pioneros con el parque de olas de Aguçadoura, puesto en marcha en 2008, mientras que Reino Unido sigue siendo uno de los territorios con mayor inversión en este tipo de energía. Esa competencia internacional deja claro que la energía undimotriz aún no ha alcanzado todo su potencial, pero tampoco es ya una idea experimental sin recorrido.
El reto está en escalar la tecnología, abaratar costes y demostrar que puede integrarse en el sistema energético global con fiabilidad. El movimiento de Panthalassa no es un caso aislado, sino una tendencia: buscar soluciones que permitan producir energía limpia en lugares donde antes parecía inviable. El mar, con su capacidad constante de movimiento, ofrece una fuente renovable que podría complementar otras tecnologías y reforzar la seguridad energética.
Lo que Estados Unidos está probando en el Pacífico no es solo un prototipo, va mucho más allá. Es una declaración de intenciones en la búsqueda de nuevas vías para descarbonizar la economía. Y, en esa carrera, el océano empieza a ganar protagonismo como una de las grandes reservas energéticas del futuro.
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