Decía Marc Giró el lunes en la presentación de su nuevo programa que admiraba a Pablo Motos y a El Hormiguero por hacer un programa en directo todos los días. Anoche, se entendió perfectamente lo valiente que es enfrentarse a un directo, donde cualquier cosa puede pasar y no hay salida Leer Decía Marc Giró el lunes en la presentación de su nuevo programa que admiraba a Pablo Motos y a El Hormiguero por hacer un programa en directo todos los días. Anoche, se entendió perfectamente lo valiente que es enfrentarse a un directo, donde cualquier cosa puede pasar y no hay salida Leer
Hacer directo en televisión es hoy por hoy de las cosas más complicadas que se pueden hacer en la pequeña pantalla. Un directo es el todo o nada. Si todo sale bien nadie valora todo el trabajo que hay detrás para que nada falle; si algo sale mal no hay ninguna opción de rectificar ni de tapar, tal vez, lo que al día siguiente o en el segundo posterior se convertirá en trending topic. El Hormiguero es de los pocos programas de entretenimiento, junto a Supervivientes y los magacines de actualidad, en los que el directo es una de sus mayores virtudes, pero también uno de sus mayores riesgos. Anoche, Pablo Motos lo vivió en sus propias carnes y los espectadores pudieron comprobar que en un directo te lo juegas todo.
Te explota un foco: hay que seguir. Un invitado pierde la compustora: hay que seguir. Se apaga el plató: hay que seguir. Te metes en un charco: hay que seguir. El presentador se pone enfermo en directo: hay que seguir, o no. Pues Pablo Motos eligió lo primero.
Era la noche de Sonsoles Ónega. Estaba tardando demasiado la escritora y presentadora en visitar El Hormiguero después de haber presentado su novela Llevará tu nombre, la primera después de ganar el Premio Planeta. Había expectación, pues iba a ser la primera vez que dos premios Planeta se iban a encontrar y, más aún, que dos premios Planeta que han sufrido las mieles, pero también lo más amargo de las críticas, iban a estar en el mismo plató. Aunque en esta ocasión la protagonista absoluta iba a ser Sonsoles Ónega.
Habló la presentadora de Y ahora Sonsoles, un magacín diario también en directo, de su nueva novela, del vértigo de entregar el manuscrito, del proceso de escribirlo y de, por supuesto, también las críticas. No las de ahora sino las de antes, las que vivió tras ganar el Planeta por Las hijas de la criada. Sonsoles Ónega fue muy clara -durante toda la promoción lo ha sido-.
«Me encabronaron, especialmente la de un medio, la de un periódico (no quiso nombrarlo, pero ya te digo que empieza por P y acaba por S). Pero luego llegan los lectores y compensan los disgustos (…) Fue al día siguiente de leérsela. La hizo con rabia y con prejuicios e intereses no explicables. Es decir, dinerito, dinerito», remató la presentadora. «¡Que se joda!», espetó de repente Pablo Motos (cosas del directo). «Sí, que se joda», sentenció Sonsoles Ónega. Primer escollo de la noche superado.
El segundo llegaría al hablar de su padre, Fernando Ónega, fallecido una semana después de presentarse la novela. Sonsoles Ónega no tiene problema en hablar de él, pues para ella, como para muchos, hablar de Fernando Ónega es un orgullo. Sin embargo, Sonsoles Ónega lo pasa realmente mal porque la herida sigue abierta. Ha pasado muy poco tiempo y la pérdida de un padre no se cura ni cicatriza porque uno sea un personaje de la televisión. Aguantó las lágrimas cuando Pablo Motos le preguntó por él y por la historia detrás de la lectura de la novela.
«Él estaba en el hospital y me decía, «¿y esa novela de la que no sé nada?». No le podía traer las galeradas porque estaba lleno de cables y era muy incómodo. Pero conseguí que una semana antes de que saliera la novela, me mandaran un ejemplar y se lo llevé. Empezó a leerla y se quedó en la página 152. Yo recogí ese libro y con una mascarilla tenía marcada esa página. Sólo pienso que es el último libro que tuvo en sus manos», relató muy emocionada Sonsoles Ónega.
Porque la presentadora le consultaba «todo» a su padre. «Hablábamos cada día varias veces. Y había días que salía enfadada y él me tranquilizaba porque era hombre de conciliación. Le consultaba todo y sigo pensando qué habría hecho. Le echo de menos cada día». De hecho, fue ella la que confesó que la última vez que ha pensado en ese «qué haría él» fue con la entrevista de Noelia, la joven que recibió la eutanasia hace pocos días. «No tuve ningún conflicto profesional en darle voz, pero yo pensaba mucho en él. Él, que emitió la entrevista a Ramón Sampedro, sé que lo hubiera emitido sin duda. ¿Dónde hubiera estado el límite? En el morbo. Me hubiera animado seguro», confesó Sonsoles Ónega.
«Ella no quería seguir y quería contar su historia, y lo quería antes de morir. Creo que fue un ejercicio de confianza», explicó la presentadora sobre una entrevista que hizo muchísimo ruido, pero que fue el testimonio que quiso dejar Noelia.
Todo iba fenomenal. Sonsoles Ónega y Pablo Motos soñaban con lo que harían si fueran presidentes del Gobierno -quitar el IVA a los libros y prohibir el tabaco-; todo fantástico con las hormigas, hasta que… hasta que llegó la sección de cocina de David de Jorge.
La sección de David de Jorge consiste en preparar un plató en una cocina improvisada con Pablo Motos y el invitado. La idea es que Pablo Motos, más que rarito con las comidas, intente ampliar su catálogo de alimentos. Anoche, tocaba la trufa negra. Sonsoles Ónega, Pablo Motos y el chef iban a preparar un revuelto de patatas con trufa negra. El problema: Pablo Motos aborrece la trufa y, cuando Pablo Motos aborrece un alimento… todo puede pasar, y es lo que pasó.
En un programa grabado lo que sucedió después del cocinado, tal vez, se hubiera eliminado. Sin embargo, en un directo es imposible. De hecho, en un directo te juegas hasta que el presentador no pueda seguir. Y es lo que estuvo a punto de pasar.
Avisó Pablo Motos varias veces a David de Jorge que no le obligara a probar ningún alimento con trufa, pero como si fuera un sketch de Fofó y Miliki, David de Jorge hizo que Pablo Motos se comiera una lámina de trufa. Por supuesto, Pablo Motos la engulló con agua como si fuera un ibuprofeno, intentando que el sabor no se quedase en su boca. Fue peor el remedio que la enfermedad.
De repente, Pablo Motos se tiró un eructo incontrolable y lo que parecía un momento improvisado e imposible de controlar se convirtió en un sufrimiento para el presentador. No podía dejar de eructar porque tenía ganas de vomitar. Comenzó a beber agua como si acabara de cruzar el desierto del Sáhara y, de nuevo, se equivocó, pues se enguachinó, como suelen decirle las madres a sus hijos, y lo que era un eructo se convirtió en intentos de retener el vómito.
Fue tal el momento que Pablo Motos ni siquiera pudo despedir a Sonsoles Ónega. «Ahora, qué hago (…) Voy a potar», decía a su equipo mientras Sonsoles Ónega no sabía si irse o si quedarse y echarle un capote. «Es que no puedo parar de eructar y todavía me quedan 20 minutos de programa», le decía Pablo Motos a su compañera.
Cualquier presentador hubiera dejado en manos de los tertulianos de la mesa política el continuar con el programa, pero Pablo Motos, no. Solo ha faltado una vez en su vida al programa y fue cuando pilló el covid y le sustituyó Nuria Roca. Si anoche hubiera estado Nuria Roca, Pablo Motos seguramente hubiera abandonado el programa.
No podía seguir de ninguna de las maneras. Le lloraban los ojos, los eructos eran constantes sin siquiera dejarle decir dos frases seguidas. Tenía muy mala cara, blanco, como si se le hubiera cortado la digestión. De hecho, arrancó la tertulia, no pudo seguir, le dio paso a María Dabán y dejó que fueran los colaboradores los que durante varios minutos se hiciesen cargo del programa, mientras a él le dejaban de enfocar. ¿Qué le diría después Pablo Motos a David de Jorge? Son las cosas del directo.
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