
Casavieja ya no es naranja y negra, si acaso algo gris. La mente tarda en reubicarse al entrar en este municipio abulense de 1.500 habitantes, allí donde el sábado el fuego bajaba en estampida desde las montañas y el vendaval elevó el humo y oscureció los cielos. Este martes hay una tenue página blanquecina por la ceniza voladora, que tardará días o lluvias imprevistas en marcharse, y los vecinos calculan daños inmensos en el bosque y en las viviendas de la zona alta.

El incendio arrasa la localidad abulense donde falleció un brigadista durante un fuego en 2005
Casavieja ya no es naranja y negra, si acaso algo gris. La mente tarda en reubicarse al entrar en este municipio abulense de 1.500 habitantes, allí donde el sábado el fuego bajaba en estampida desde las montañas y el vendaval elevó el humo y oscureció los cielos. Este martes hay una tenue página blanquecina por la ceniza voladora, que tardará días o lluvias imprevistas en marcharse, y los vecinos calculan daños inmensos en el bosque y en las viviendas de la zona alta.
El fuego merodeó, pero no mordió un parque donde hay un laguito, hierba relativamente verde, unos bancos de madera con forma de animales, una madera tallada como un lobo aullando y un zorro vestido de bombero. Al lado, una escultura a la memoria de Javier Tirado, un brigadista fallecido en 2005, cuando las llamas amenazaron al pueblo, pero no lo arrasaron como ahora. “Era el aperitivo de lo que nos esperaba”, se escucha en un bar donde se ahogan penas y arden los ánimos de quienes denuncian abandono antes del drama.
La historia se ha repetido, multiplicada. El 5 de agosto de 2005 se fusionaron tres focos en una de las gargantas enriscadas visibles desde el municipio y una lengua ardiente descendía hacia el núcleo. Una cuadrilla de bomberos ascendía para detenerla cuando una roca se desprendió del suelo quemado y arrolló a Javier Tirado, un chaval andaluz parte de la brigada de La Iglesuela. Unos días antes fallecieron 11 bomberos en Guadalajara en el mayor drama en el sector de la historia de España. Vicente Rodríguez, de 58 años, suspira junto al parque creado en honor del caído, con asientos y mesas en forma de tortuga. Las cercanas y resistentes encinas miran cómo los sensibles pinos de enfrente se han ennegrecido y aún humean, vencidos. El hombre, a quien se le ha abrasado un pajar, recuerda con cariño al escultor que creó el homenaje, Javier Díaz, y a otro bombero que colaboró en el conjunto y también ha sufrido este verano: Habidis, a quien se le ha quemado la casa. Imposible localizarlo, trabajador constante, desplegado por el monte para contener rebrotes.

Aún se intuye alguna columna gris advirtiendo de que todavía queda batalla, más aún hoy que el calor aprieta con saña. Un bombero que realizó un documental sobre esas brigadas y que conoció la historia de Tirado y Habidis se emociona al saber que el fuego ha vuelto al lugar: “Se me ha quemado también una parte, no he parado de llorar estos días, no me lo podía creer”. A los pies del Tirado inmortalizado, un lema: “El bombero forestal al servicio de la naturaleza”.
La carretera permite subir allí donde el sábado dieron marcha atrás los bomberos, incapaces de atar un foco desbordado que galopó sin sujeción posible. El asfalto conduce hacia un camping arrasado, el enésimo en los parajes naturales de toda la provincia que han sufrido las llamas y han quedado derretidos, como en una fotografía en blanco y negro, una naturaleza futurista muerta. El aluminio de un kart reducido a un pequeño esqueleto metálico ha formado lenguas plateadas sobre el suelo marrón y negro, con cenizas que se alzan con las pisadas. Los electrodomésticos amorfos se entremezclan con vidrios derretidos, un pararrayos ha caído de un tejado desaparecido y espera turno para ser retirado. Los gigantescos pinos han sucumbido y han aplastado casitas prefabricadas y cortan las callejuelas con su madera de corteza negra.
El bum, bum, bum que se oía el viernes entre el bramar de la bestia no eran puertas golpeadas por el viento, sino bombonas de butano explotando. Qué calor se alcanzaría para que estas, que aguantan temperaturas enormes, reventaran. Se han fundido también los cables de la electricidad así que el equipo de Protección Civil que acude a revisar las pérdidas se mueve con tiento, no sea que. También se derritió un cartel que insta a no hacer barbacoas y a proteger el paisaje, lo mismo con las tuberías de donde brota agua a modo fuente que se va a perder sobre el manto de ceniza. Tanto estos voluntarios como los jóvenes que conversan en una terraza coinciden en su desafección hacia el operativo contra el incendio: sí, el sábado había muchos camiones y mangueras y uniformes y batefuegos y tal, pero el viernes echaron en falta bomberos oficiales “y un par de pasadas del helicóptero lo hubiera parado”.




Hay un hombre que se ha alejado del grupo que observa la devastación del camping y camina despacio, calibrando daños, ajeno al resto. Rolando Rollán, de 42 años, se agacha y recoge del suelo una campana chamuscada, con un gallo decorativo encima, que resuena al agitarla. El abulense se emociona. Es la parcela de su hermano, donde tantos cumpleaños y merendolas han celebrado. El sábado fue el funeral de esa casita móvil, de 12 metros cuadrados, con cocina y cenador. El incendio, medio extinguido, aún se recochinea: hay tocones que conservan pequeñas llamas flameando en su rutilante naranja. Los compañeros comentan, con un optimismo que quizá en el fondo no terminan de creerse, que “podría haber sido peor”.
Hay partes del camping que resistieron el embate en la zona de la piscina, donde ahora solo chapotean restos de ramas y pavesas disparadas por el fuego. El grupo de Protección Civil camina por el sector arrasado y un chaval señala una de esas bombonas quebradas: “¡Qué cacho raja tiene!”. Un adulto, receloso, le conmina a alejarse: “Hugo, no se te ocurra tocar la bombona. Tú fíate del demonio…”. Otro musita, hablándole a la nada, evocando lo que parecían proyectiles y era butano sobrecalentándose: “Duermo con ese sonido…”.

Feed MRSS-S Noticias
