Uno de los textos fundamentales de la unidad europea se firmó el 24 de octubre de 1648. Se trata de la Paz de Westfalia, el acuerdo que acabó con la Guerra de los 30 años (entre 1618 y 1648), seguramente el conflicto más salvaje que haya padecido el continente, incluso peor que la II Guerra Mundial. Por poner un ejemplo: la antigua URSS fue el país que sufrió más bajas entre 1941 y 1945, con la pérdida del 12% de sus habitantes. En la gran guerra europea del siglo XVII murieron unos ocho millones de personas y algunos territorios padecieron especialmente: Bohemia pasó de tres millones a 800.000, lo que supone una pérdida de población en torno al 73%.
El lenguaje propio de las guerras de religión de miembros del Gobierno de Trump recuerda uno de los periodos más oscuros de la historia
El lenguaje propio de las guerras de religión de miembros del Gobierno de Trump recuerda uno de los periodos más oscuros de la historia


Uno de los textos fundamentales de la unidad europea se firmó el 24 de octubre de 1648. Se trata de la Paz de Westfalia, el acuerdo que acabó con la Guerra de los 30 años (entre 1618 y 1648), seguramente el conflicto más salvaje que haya padecido el continente, incluso peor que la II Guerra Mundial. Por poner un ejemplo: la antigua URSS fue el país que sufrió más bajas entre 1941 y 1945, con la pérdida del 12% de sus habitantes. En la gran guerra europea del siglo XVII murieron unos ocho millones de personas y algunos territorios padecieron especialmente: Bohemia pasó de tres millones a 800.000, lo que supone una pérdida de población en torno al 73%.
La Paz de Westfalia no acabó totalmente con las guerras de religión que llevaban siglo y medio arrasando Europa, desde el nacimiento del protestantismo, pero adelantó dos principios esenciales vigentes todavía hoy. El primero es la libertad de religión, los súbditos no tenían por qué compartir el credo de su soberano (eso solo afectaba entonces a las diferentes ramas del cristianismo, no al judaísmo ni al islam) y el Estado tenía que ser independiente de la religión. El segundo principio es que los Estados soberanos deben sentarse a discutir como iguales y cooperar para encontrar soluciones. Es lo que hoy llamamos multilateralismo: los problemas entre países deberían solucionarse de forma pacífica.

De hecho, el modelo westfaliano es un concepto del derecho internacional que, como explicaba el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, “certificó el nacimiento del moderno Estado nacional soberano, base del Estado democrático del derecho actual y momento fundador del sistema político internacional contemporáneo”. Es verdad que cuando se firmó aquel tratado, la UE no era ni siquiera un sueño de los más avezados pensadores, pero fue el mismo espíritu de Westfalia el que movió a los padres fundadores de la unidad europea a parar el ciclo interminable de guerras que empezó en 1914.
Antes de que Lutero colgase sus 95 tesis en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg, en 1517, estuvieron las Cruzadas. Impulsados por el mismo espíritu de muerte y destrucción en nombre de la cruz que desencadenó las guerras entre protestantes y católicos, por el mismo fanatismo ciego que hundió a Europa en el cenagal más profundo y violento de su historia, los cruzados no solo tuvieron como objetivo a los musulmanes de Oriente Próximo, sino que numerosas comunidades judías fueron aniquiladas por los ejércitos cristianos en su camino hacia Tierra Santa en los últimos años del siglo XI.

La Administración de Donald Trump parece haber olvidado aquella lección fundamental de la historia de Occidente al recuperar un lenguaje que parecía olvidado. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, lleva tatuada en el pecho la cruz de Jerusalén y en el bíceps derecho el lema “Deus Vult”, “Dios lo quiere”, el grito de guerra de la Primera Cruzada, proclamado por el papa Urbano II en el Concilio de Clermont en 1095. En un perfil de este antiguo presentador de la cadena ultraconservadora Fox, The New York Times recordaba que “en su libro American Crusade, publicado en 2020, Hegseth describe las Cruzadas como ‘sangrientas’ y ‘llenas de tragedias indescriptibles’, pero sostiene que estaban justificadas porque salvaron a la Europa cristiana del avance del islam”. El discurso que pronunció el vicepresidente J.D. Vance en Budapest para apoyar al ultra Viktor Orbán habló de la defensa “del Dios de nuestros padres”, como si en una sociedad moderna los ciudadanos tuviesen un solo dios.
A lo largo de los siglos XX y XXI demasiados conflictos —entre ellos las guerras que asolaron los Balcanes en los años noventa— se hicieron en nombre de los dioses; pero se había abierto paso la certeza de que es absurdo matarse por algo que forma parte de la identidad de los ciudadanos desde su nacimiento (uno puede convertirse o abjurar, pero nace en una religión). Los discursos y los tatuajes de Hegseth envían a Occidente a un lugar del que lleva 400 años tratando de escapar. Y eso da mucho miedo.
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