
Cuando era adolescente, y todavía dudaba sobre si quería dedicarse al mundo del arte, como parecía que le destinaba el futuro, Artur Ramon escuchaba con atención a su abuelo. Uno de sus consejos le ha servido el resto de su vida profesional. Decía que cuando veía una obra por primera vez y le gustaba, dejaba reposar esa admiración, y volvía una segunda vez a ella. Si entonces le gustaba tanto o más que a primera vista, la compraba. O sea, no se fiaba de los flechazos, sino que ponía sosiego y cabeza a las compras de arte. “Con los años lo he aplicado porque las prisas y las presiones no son buenas compañeras en esta profesión”, dice el galerista ante la colección de obras que ha reunido para la exposición con la que su galería celebra 100 años, llamada consecuentemente La pervivencia de una mirada. Incluye 37 obras de gran valor, algunas de más de un millón de euros, entre las que se cuentan un Goya, tres cabezas del Maestro de Cabestany, un Picasso, un Warhol o un Anglada-Camarasa.


La sala expone 37 piezas que representan ocho siglos de arte, desde el Maestro de Cabestany hasta Barceló pasando por Goya, Picasso o Warhol
Cuando era adolescente, y todavía dudaba sobre si quería dedicarse al mundo del arte, como parecía que le destinaba el futuro, Artur Ramon escuchaba con atención a su abuelo. Uno de sus consejos le ha servido el resto de su vida profesional. Decía que cuando veía una obra por primera vez y le gustaba, dejaba reposar esa admiración, y volvía una segunda vez al lugar donde la había descubierto. Si entonces le gustaba tanto o más que a primera vista, la compraba. O sea, no se fiaba de los flechazos, sino que ponía sosiego y cabeza a las compras de arte. “Con los años lo he aplicado porque las prisas y las presiones no son buenas compañeras en esta profesión”, dice el galerista ante la colección de obras que ha reunido para la exposición con la que la galería del mismo nombre celebra 100 años de historia, llamada consecuentemente La pervivencia de una mirada. Incluye 37 obras de gran valor, algunas de más de un millón de euros, entre las que se cuentan un Goya, tres cabezas del Maestro de Cabestany, un Picasso, un Warhol o un Anglada-Camarasa.
Quién cuenta esta lección familiar entre las obras de su mayor exposición hasta la fecha es Artur Ramon i Navarro, cuarta generación junto a su hermana Mònica, y su hijo Artur Ramon Renau, que ya es la quinta generación de una galería que no ha perdido nunca el adn familiar. Aunque el comercio se remonta a algunos años antes, cuando hay documentos de la fundación de la galería Artur Ramon es en la revista L’Amic de les Arts, que se editaba en Sitges, en octubre de 1926, donde Artur Ramon i Vendrell, el abuelo consejero, se anunció por primera vez como anticuario. La historia empezó en Reus en 1893 con una joyería, que continuó en Sitges, se trasladó a Barcelona en la calle de la Palla en 1942, y acabó instalándose en la calle Bailèn en 2017.

La familia ha estado prácticamente cinco años preparando este centenario y dos para elaborar el libro que lo acompaña, un riguroso trabajo de investigación hecho con la colaboración de la historiadora Clara Beltrán. Se trata de un volumen de más de 400 páginas que cuenta la historia de la familia y, a la vez, es un relato del devenir del coleccionismo en Barcelona, apunta Ramon. Una historia que cada vez tiene menos protagonistas, porque quedan menos personas que inviertan en arte antiguo y moderno. “Es un problema grande, falta mucha cultural visual y de historia del arte”, dice el galerista, que lamenta que la conservación ahora no se valora (en favor de las experiencias) y “el pasado ha sufrido un desprestigio”. “Creo que son ciclos, la sociedad está en gran decadencia, pero espero que toque fondo y haya un renacimiento”, valora. Apoyan sus palabras los datos: actualmente el 80% de sus ventas son fuera de España mientras que solo el 20% son internas, cuando hasta los años noventa fue al revés.

Ante la muestra, Ramon afirma que nunca había visto en Barcelona una exposición “con obras de tanto nivel y tan variadas cuyo destino lógico serían los museos”. Un despliegue que les ha obligado a tomar medidas extras de seguridad. Algunos de los cuadros de más valor son Autorretrato con calavera (1978) que Andy Warhol regaló a un amigo suyo catalán, un pinto que corría por Nueva York en esa época de quien no ha querido revelar el nombre. Este es, precisamente, uno de los que ya luce el gumet rojo que indica que está vendido. La precoz venta fue ayer mismo en una preapertura para los coleccionistas y amigos más fieles de la galería. También son de este nivel un Goya recién encontrado con la figura de San Pascual Bailón (1781-1785), que próximamente formará parte de una exposición sobre el pintor en el Museo del Prado; o Bodegón con besugos y naranjas (1779), de Luis Egidio Meléndez.
Entre las piezas más valiosas se encuentran tres cabezas del Maestro de Cabestany que formaron parte de la portalada del monasterio de Sant Pere de Rodes; un retrato que Picasso hizo al también artista Carles Casagemas en 1900, poco tiempo antes de que se suicidara, que comparte pared con una obra del mismo Casagemas de 1898 titulada Viandantes y también está vendida. Asimismo, figura Elaboración de la pasa en Jávea, de Joaquín Sorolla, o el último hallazgo de la galería, un Isidre Nonell que todavía no ha podido ser limpiado. “Está bien mostrar como llegan los cuadros, luego cogerá mucho más color”, dice Ramon.
Además de pinturas, entre las que hay varias de Josep Santilari, puesto que la galería representa a estos hermanos especializados en el realismo, la muestra incluye esculturas de Fortuny y Madrazo, Pablo Gargallo, Julio González, Manolo Hugué o Subirachs, y completan el recorrido piezas de cerámica de Manises, una de las últimas cerámicas de Miquel Barceló e incluso una alfombra con influencias mozárabes de 1630. La inauguración es este jueves y se podrán ver ( y comprar) las obras hasta el 5 de febrero. Luego, la galería las llevará a la próxima edición de la feria TEFAF Maastricht, donde Artur Ramon acude anualmente, igual que en Fireze Masters de Londres.
Mostrar el trabajo de “resiliencia” del galerista también es uno de los objetivos de esta exposición con la que celebran el “hecho insólito” de que una misma familia haya mantenido durante un siglo una galería de arte, que está sujeta a todo tipo de envestidas económicas, sociales y políticas, pero solo tuvo que cerrar sus puertas durante la Guerra Civil. “La casa está viva”, dice Ramon y, como reza el audiovisual que resume su historia, los galeristas son “comerciantes de sueños”.

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