
Las Hijas del Amor Misericordioso (HAM) no son monjas: lo parecen, pero viven notoriamente peor que ellas. De lo contrario, no se entendería que, en un mes, cinco jóvenes hayan abandonado la casa en donde vivían en Los Molinos, un pequeño pueblo ubicado en la sierra de Guadarrama, en el norte de Madrid y hayan presentado su renuncia después de años de vivir una supuesta vida consagrada. Algo está cambiando dentro de la asociación de fieles.
La semana pasada, tres miembros renunciaron ante el Arzobispado de Madrid, que ha retirado a la superiora de la agrupación de fieles por la acumulación de denuncias
Las Hijas del Amor Misericordioso (HAM) no son monjas: lo parecen, pero viven notoriamente peor que ellas. De lo contrario, no se entendería que, en un mes, cinco jóvenes hayan abandonado la casa en donde vivían en Los Molinos, un pequeño pueblo ubicado en la sierra de Guadarrama, en el norte de Madrid y hayan presentado su renuncia después de años de vivir una supuesta vida consagrada. Algo está cambiando dentro de la asociación de fieles.
Las HAM son una asociación pública de fieles aprobada en 2007 por el cardenal Rouco Varela y que ha estado en el centro de una fuerte controversia en España. Han sido intervenidas por la Iglesia católica debido a denuncias de abusos de poder, de conciencia y de conductas sectarias. En la actualidad, está en manos del Vaticano decidir el cierre de la institución, tal como ha recomendado el tribunal de la Rota tras una investigación previa a raíz de más de las denuncias. Paralelamente, la Fiscalía y la Policía Nacional también avanzan en investigaciones sobre este grupo, con presencia en Madrid, Toledo y Sevilla.
La crisis empezó hace años, cuando más de 30 familiares de miembros de las HAM y exmiembros denunciaron los abusos sufridos por estas mujeres ante la Archidiócesis de Madrid, pero no fue hasta el pasado miércoles cuando tres de ellas no pudieron más y entregaron su carta de renuncia en la sede del propio Arzobispado de Madrid. “El Tribunal de la Rota (máximo tribunal de apelación de la Iglesia Católica) ha realizado una investigación y encontró lo que se conoce como delicta graviora, delitos graves, cuyo estudio ahora le corresponde a la Santa Sede”, explican fuentes cercanas a la investigación.
Las jóvenes que se han retirado han colgado los hábitos y no quieren mirar atrás. “Están procesando todo lo vivido. Las hemos estado acompañando estos días; es como si estuvieran empezando a ser conscientes de la gran mentira en la que vivían”, asegura una fuente cercana a las familias. Las HAM están despertando.
El relato de las familias ―este periódico ha hablado con cuatro de ellas y con el abogado que representa a una treintena de los afectados― es compartido y coinciden en que el cambio de comportamiento de las HAM va más allá de lo superficial. “Trabajan y rezan sin descanso, duermen y comen mal, y muchas presentan ya problemas físicos y emocionales que antes no tenían. El mayor abuso, a mi juicio, es la anulación de su libertad de pensamiento y de su voluntad, entregadas a un núcleo duro que opera en la sombra”, dice otra familiar. Y añade: “Como madre, lo más doloroso es ver a mi hija ser controlada por una señora a la que llama Mami [Marimí] y que, siendo mayor de edad, solo me queda la esperanza de que algún día despierte y pueda recuperar su vida”.
El Tribunal de la Rota emitió en julio un dictamen demoledor. En más de mil folios de instrucción canónica, ha reclamado al Arzobispado de Madrid suspender la asociación por la gravedad de los supuestos abusos de poder y conciencia que se les imputan. Ante la magnitud de la crisis, la Archidiócesis de Madrid no tuvo más remedio que intervenir la comunidad, retirar temporalmente a la que actuaba como monja superiora, María Milagrosa Pérez Caballero, más conocida como Marimí, o “mami”, como la llaman dentro de los conventos, y prohibir la entrada de nuevas novicias al tiempo que suspende sus procesos formativos. “Su misión se centraba en fomentar una relación íntima con Cristo, promoviendo la confianza en Dios y el abandono a su voluntad”, explican los allegados a las HAM que explican que Marimi no era monja, sino una consagrada con votos privados.
Para calmar las aguas, el cardenal José Cobo, nombró a Pilar Arroyo Carrasco comisaria extraordinaria de la asociación. Su misión, según el comunicadode la archidiócesis, es “reconducir aspectos fundamentales, tales como la estructura de gobierno, el plan de formación, la vida comunitaria y el acompañamiento espiritual, además de revisar estatutos, reglamentos y la gestión económica”. Las familias aseguran, por su parte, que las medidas que se han tomado son insuficientes. Ponen su esperanza en la misiva remitida al papa León XIV, al que piden que acabe de una vez con las HAM.

Además del proceso penal canónico, las denuncias por presuntos abusos también han llegado a la Fiscalía y a la Policía Nacional, que desde su departamento especializado en sectas está investigando el caso. Por ahora, sin embargo, la Iglesia lleva el peso: “Están temblando porque, si suprimen el grupo, tienen que decidir el destino de todos sus miembros, liquidar bienes, asumir responsabilidades y gestionar las vidas de muchas personas que han construido su identidad entera alrededor de la fundadora”, aseguran desde la plataforma de afectados de las HAM.
Los estatutos del grupo fueron revisados y aprobados en 2024 por el propio cardenal José Cobo, con vistas a una futura constitución como Instituto de Vida Consagrada. “Cobo tiene que tomar más cartas en este asunto. Nos consta que se podrían tomar medidas más duras”, denuncian los familiares, que recuerdan que el Arzobispado de Toledo ha ido un paso más allá y ha decidido expulsar a las Hijas del Amor Misericordioso de su diócesis.
La asociación Hijas del Amor Misericordioso la fundó en 1983 el padre Antonio Mansilla en el madrileño barrio de Quintana. Inicialmente llegaron 15 mujeres. Hoy hay más de 120 fieles, casi todas menores de 30 años. A ellas hay que sumar una rama masculina, los Hermanos del Amor Misericordioso, y el grupo de laicos conformado por familiares y personas afines a las HAM que los financia.
En teoría, la actividad de estas asociaciones se limita a rezar, hacer acompañamientos religiosos y organizar retiros espirituales. Pero hace ocho meses, algunas familias denunciaron situaciones de abuso de poder e incidencias afectivo-sexuales dentro de las paredes de los conventos. “Le cambiaron el nombre a mi hija y ella ahora está convencida de que solo ellos son su familia. Es muy duro ver a tu hija morir en vida y no poder hacer nada para salvarla”, asegura la madre de una de las integrantes de las HAM de Toledo.
María (nombre otorgado por las HAM) tiene 30 años, viste con una falda negra gris ancha, una chaqueta negra grande, una camisa gris cerrada hasta el cuello y una cadena con una gran cruz plateada. Todas visten igual. Todas sonríen igual. Todas están educadas para pensar igual. María lleva cinco años en la comunidad. Antes residía en Toledo, pero hace seis meses fue trasladada a Los Molinos. Cuenta que la situación ya no es la de antes. “Estamos en un momento complicado. Hay una reestructuración de todo”, asegura. Hasta hace poco, explica, las HAM celebraban misas abiertas al público, pero desde hace un tiempo, viven prácticamente aisladas.
“Tengo que preguntar a la madre superiora si puedes venir a rezar con nosotras”, asegura a este periódico, cuando intentó asistir a una de sus misas. No siempre hubo tanto hermetismo. Durante un tiempo, por ejemplo, las HAM subieron de forma habitual vídeos a YouTube llamados “diosidencias” gestionado por una plataforma de evangelización llamada Gospa Arts. En ellos, chicas muy jóvenes contaban anécdotas relacionadas con Dios. Pero aquello acabó. “Todo se está volviendo muy extraño”, sentencia María antes de echar a correr.
Las madres de las mujeres que siguen dentro y que prefieren no identificarse por miedo a las represalias que puedan sufrir sus hijas cuentan que todas fueron captadas de la misma manera: semanas después de acudir a un retiro espiritual de Effetá y Emaús, dos iniciativas de evangelización que han ganado popularidad en España en los últimos tiempos, comunicaron a sus padres que habían sentido la llamada de Dios y que se iban a unir a las HAM. Después, llega el aislamiento.
Algunos familiares denuncian que solo pueden hablar con sus hijas una hora cada dos meses y verlas una hora cada mes. “Todas las comunicaciones están controladas, hasta el correo”, cuentan. Otra madre denuncia que les dan antidepresivos y ansiolíticos sin prescripción médica. Cuando intentan hablar con ellas, su respuesta es que ellos ya no son su familia y que su nueva familia es la comunidad porque esta es la única forma que tienen de salvar su alma.
“Siempre fue una joven responsable y feliz, pero desde que se unió a las HAM la he visto apagarse: perdió autonomía, aprendió a pedir permiso para todo y a interpretar cualquier duda como una tentación del demonio”, asegura la madre de otra joven. Desde que su hija se unió al grupo, las comunicaciones han sido escasas, vigiladas y cargadas de miedo: “Creo que han entrenado a mi hija para que me hable sonriendo”.
Luis Santamaría, profesor de Religión que lleva más de 20 años desenmascarando las prácticas de los grupos de origen religioso con características de secta, lo tiene claro: “Ha habido un aprovechamiento de situaciones de vulnerabilidad por las que estaban atravesando las chicas que finalmente han sido captadas: problemas familiares, ruptura de pareja, pérdida reciente de un ser querido. La clave para ingresar en las HAM no ha sido tanto un adecuado discernimiento vocacional y acompañamiento espiritual como un proceso rápido con una cierta dosis de manipulación”. Este, detalla el experto, ha estado basado en el mismo doble miedo que lo mueve todo en estos grupos: el miedo al fin del mundo, que permite al supuesto salvador erigirse como referente, y el miedo al demonio, que acecha en cada esquina y permite aislar a los miembros.
En su carta al papa, los familiares denuncian un conjunto grave y reiterado de prácticas atribuidas a este grupo, entre las que destacan un control absoluto sobre la vida personal de los miembros, exigiendo obediencia total y regulando aspectos como la forma de vestir, las relaciones, los estudios y las decisiones vitales mediante dinámicas de manipulación y aislamiento. Asimismo, “se documentan prácticas prohibidas y abusos litúrgicos, como la supuesta oferta de terapias de conversión de la homosexualidad —prohibidas por la legislación civil española—, oraciones irregulares de liberación y exorcismos incluso sobre menores, así como un uso indebido de la Sagrada Eucaristía, con traslados injustificados, sagrarios clandestinos y manipulaciones ajenas al culto”, recoge la carta, a la que ha tenido acceso EL PAÍS.
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