
Desde las “antípodas ideológicas” de Vox, el liberal Andrés Reche reconoce que hay algo del partido ultraderechista que sí comprende. “Si su objetivo es que Santiago Abascal llegue a presidente, pensárselo antes de gobernar con el PP es una actitud consecuente”, afirma. Sabe de lo que habla. Policía local de Málaga de 50 años, fue secretario de Organización de Ciudadanos en Andalucía durante el Gobierno de coalición con el PP entre 2019 y 2022. El partido que lideraba Juan Marín pasó de 21 escaños antes de aquella experiencia a cero en su reválida en las urnas. “Perdimos la perspectiva de que estábamos trabajando con quien iba a ser nuestro rival electoral, y lo pagamos. Además, en el día a día era muy difícil tener visibilidad. El PP impuso un sistema de tres escalones para cualquier anuncio. Primero, el presidente, Juanma Moreno, del PP; después, el consejero de Presidencia, Elías Bendodo, del PP; después, Juan Marín”.
Las experiencias recientes de Unidas Podemos, Sumar, Cs y el propio Vox, así como un análisis de más de 200 elecciones en 28 países, indican que ser la parte débil en coaliciones de gobierno se suele pagar en las urnas
Desde las “antípodas ideológicas” de Vox, el liberal Andrés Reche reconoce que hay algo del partido ultraderechista que sí comprende. “Si su objetivo es que Santiago Abascal llegue a presidente, pensárselo antes de gobernar con el PP es una actitud consecuente”, afirma. Sabe de lo que habla. Policía local de Málaga de 50 años, fue secretario de Organización de Ciudadanos en Andalucía durante el Gobierno de coalición con el PP entre 2019 y 2022. El partido que lideraba Juan Marín pasó de 21 escaños antes de aquella experiencia a cero en su reválida en las urnas. “Perdimos la perspectiva de que estábamos trabajando con quien iba a ser nuestro rival electoral, y lo pagamos. Además, en el día a día era muy difícil tener visibilidad. El PP impuso un sistema de tres escalones para cualquier anuncio. Primero, el presidente, Juanma Moreno, del PP; después, el consejero de Presidencia, Elías Bendodo, del PP; después, Juan Marín”.
El desplome de Cs en Andalucía, de estar a menos de dos puntos y medio del PP a desaparecer mientras el socio principal alcanzaba la mayoría absoluta, es un caso extremo de una tendencia general: gobernar como integrante menor de una coalición pasa factura, primero en las encuestas y luego en las urnas.
Es algo que saben los partidos que han aspirado, o aspiran, a desafiar a los dos grandes. Ahora el más cercano es Vox. Una fuente al tanto de la estrategia del partido señala que Abascal tiene presentes los casos de Cs, Unidas Podemos (UP) y Sumar, que indican que ser socio júnior en ejecutivos con el PP o el PSOE —sean autonómicos o estatales— entraña graves riesgos. A estos casos, añade la fuente, se suma uno bien conocido en la familia política de Vox: La Liga de Matteo Salvini fue adelantada por los Hermanos de Italia de Giorgia Meloni después del paso de los primeros por el Gobierno como socio menor.
Vox lo ha experimentado en carne propia. Si en las generales de julio de 2023 obtuvo un 12,4%, un año después 40dB. le asignaba ya dos puntos menos, el 10,4%. ¿Qué había pasado durante ese tiempo? Que había pasado a formar parte de cinco gobiernos autonómicos. Entonces los rompió y al julio siguiente Vox ya había subido al 15,2%, según 40dB., que ahora sitúa a Abascal en un 18,8%. La conclusión que puede sacar Vox es obvia: dentro, gestionando y rindiendo cuentas, mengua; fuera, protestando y prometiendo, crece.

Acusado por el PP de no querer gobernar, Abascal no se cansa de repetir que sí que quiere, pero que no se fía del partido de Alberto Núñez Feijóo y necesita garantías. Y siempre coloca la misma coletilla: Vox no busca “sillones”. Es su forma de trasladar la idea de que los “principios”, palabra elevada a los altares por Vox, importan más que los “cargos”, término demonizado.
Esta actitud no puede desligarse del clima de fuerte sentimiento antipolítico, un factor a favor de las reticencias de Vox a exponerse al escrutinio que implica el BOE. Un dato: la suma de los porcentajes de quienes citan problemas relacionados con el funcionamiento de la política y los partidos entre los tres más graves alcanza los 48,3 puntos, casi cinco más de los que citan la vivienda, con datos del CIS. Ese es el ambiente en el que Vox tendría que gobernar después de haber crecido con un discurso antisistema que promete un cambio radical cuando llegue al poder.

Pez grande y pez chico
Las inquietudes sobre el coste de gobernar no son exclusivas de Vox. Un dirigente de una fuerza de la izquierda alternativa integrada en el Gobierno se muestra consciente de la dificultad de desplegar un discurso de impugnación desde el Consejo de Ministros, algo que forma parte de las “preocupaciones” de su espacio político, más aún tras los malos resultados en Aragón y Castilla y León y con elecciones en Andalucía a la vista.
El citado dirigente afirma que esta “pulsión” antigubernamental forma parte de los análisis de las fuerzas de Sumar, pero puntualiza: “Es verdad que estar dentro de cualquier gobierno siendo minoría tiene un coste, pero también no estar. Mira Podemos. La gente nos pide responsabilidad y nuestros votantes valoran la acción del Gobierno”. Precisamente el viernes pasado las fuerzas de Sumar pudieron presumir de un logro: la aprobación de un decreto de congelación de alquileres. Es el tipo de hito que puede aplacar a quienes más dudan de que gobernar merezca la pena.
Si solo se miran los antecedentes, es normal que muchos piensen que gobernar siendo el pequeño de la coalición es una apuesta bastante segura por la pérdida de votos. La experiencia de gobernar en coalición con el PP tras los comicios de 2019 se demostró cruel con Cs no solo en Andalucía, también en la Comunidad de Madrid, donde perdió sus 26 escaños de golpe, Murcia y Castilla y León. El partido, que pagó el precio de abandonar su papel de bisagra e integrarse en el bloque de PP y Vox, salió escaldado de los siguientes comicios.
Le ha pasado —no tan duramente— a otros socios júnior. Antes que Cs con el PP, los precedió como coalición gobernante en Andalucía la formada por el PSOE e IU entre 2012 y 2015. La formación de Diego Valderas pasó de 12 a 5 escaños tras integrarse en el Gobierno con el PSOE. En el retroceso de IU pesó la irrupción de Podemos, con su discurso contrario a gobernar con Susana Díaz.
La tendencia al castigo a los partidos pequeños que sacrifican su papel de opositores para mojarse desde los ejecutivos ofrece múltiples ejemplos. Uno reciente es el Partido Aragonés, que en febrero desapareció de las Cortes tras una trayectoria marcada por su capacidad de gobernar tanto junto al PSOE como junto al PP.

¿Y a escala nacional? Solo ha habido dos gobiernos de coalición. El primero, de 2020 a 2023, del PSOE con UP. La experiencia coincidió con una tendencia general negativa de las fuerzas de UP en las elecciones sueltas en comunidades de 2020, 2021 y 2022, declive que se consolidó en las autonómicas y municipales de 2023 y continuó en las generales de de aquel año. Mientras el PSOE subía un escaño, Sumar perdía cuatro con respecto a UP, de 35 a 31. Una caída moderada, pero caída.
Desde entonces, las fuerzas de Sumar, que reeditaron el Gobierno de coalición, han caído desde el 12,3% de sus resultados hasta el 5,9% que le da ahora 40dB., aunque hay que considerar la salida de Podemos (3,3%). Y todo ello mientras la izquierda alternativa estatal encadenaba una racha de retrocesos en autonómicas sueltas que ha tenido como única excepción Extremadura.
Que gobernar como socio menor de una coalición tiene coste no es una solo impresión. Hay evidencia académica. En 1999, el sociólogo y politólogo Joan Font publicó una revisión de dos décadas de resultados en las urnas de fuerzas que habían gobernado en coalición en España con un título elocuente: El pez grande se come al chico. Las consecuencias electorales de gobernar en las CCAA y municipios. El patrón detectado es que los socios pequeños menguan, mientras los mayores crecen.
Desde entonces no se ha hecho una revisión sistemática similar. Pero Font, profesor de investigación en el Instituto de Estudios Sociales Avanzados del CSIC, afirma que los estudios internacionales detectan que “el patrón sigue siendo el mismo”. El estudio más citado, publicado en 2020 por la Universidad de Chicago, analizó 219 elecciones en 28 países, entre ellos España, para concluir que existe una relación significativa entre gobernar como socio júnior y perder votos.
Un retroceso “lógico”
No es algo que sorprenda al profesor de Ciencia Política de la Universidad de Murcia Ramón Villaplana, que investiga el funcionamiento de los partidos. A su juicio, es un retroceso “lógico”, porque las fuerzas pequeñas suelen defender propuestas difíciles de llevar a cabo, sea por “dificultades técnicas” —recuerda la idea de Vox de cerrar Canal Sur, televisión blindada en el Estatuto— o por “vetos” de los socios principales.
“Eso, cuando gobiernas, provoca una pérdida de legitimidad ante tus bases. Pero si optas por la adaptación y la moderación, corres el riesgo de que tu voto se vaya al socio principal, al percibirse como el más útil, sobre todo en una política de bloques”, analiza Villaplana, que recuerda la debacle de los liberales de Nick Clegg en Reino Unido en 2015 tras gobernar con los conservadores de David Cameron durante una etapa de ajustes de gasto. Los tories, en cambio, consiguieron la mayoría absoluta.

Otro problema para los socios júnior es que los presidentes, una vez investidos, concentran la mayoría del poder, la atención mediática y el control de la agenda. “El diseño tiende a reforzar al presidente”, señala Astrid Barrio, profesora de Ciencias Políticas de la Universidad de Valencia, especializada en partidos, que subraya el “poco margen” que les queda a los pequeños, a los que les cuesta “visibilizar los éxitos y los liderazgos”. Cuando más se les ve, suele ser “por disensos internos, cosa que no les favorece”, añade. Coincide Joan Font, del CSIC: “El razonamiento del votante del partido pequeño suele ser: ‘Ya que te he votado a ti, que en principio no eres el voto útil, demuéstrame que sirve para algo’. Pero para el votante que no sigue mucho la política, eso es difícil de apreciar. Se ve mucho al presidente y al líder de la oposición, pero cuesta identificar a los socios pequeños”.
Así que a Font le parece que tanto las cautelas de Vox antes de volver a gobernar con el PP —gobernar en autonomías, porque en ayuntamientos ya lo hace en más de 70— como la preocupación en Sumar por el precio de hacerlo con el PSOE “tienen sentido”. “En el caso de Vox, la duda principal es cuánto de su voto es de protesta”, añade. Cuanto más “de protesta” sea, más razones tendrá el partido de Abascal para resistirse a gobernar.
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