En esta segunda semana de paros nacionales de médicos, la atención continuada y la urgente afrontan una semana más complicada de lo normal. «Los que están de servicios mínimos sufren la hostilidad del resto de categorías profesionales» Leer En esta segunda semana de paros nacionales de médicos, la atención continuada y la urgente afrontan una semana más complicada de lo normal. «Los que están de servicios mínimos sufren la hostilidad del resto de categorías profesionales» Leer
La huelga médica ha tensionado de forma desigual el sistema sanitario, pero hay varios ámbitos donde el impacto se concentra con especial intensidad: atención primaria, Urgencias, Anestesiología, Medicina Intensiva y, de forma menos visible pero crítica, Radiología. En todos ellos confluyen la sobrecarga estructural previa, la presión asistencial diaria y unas condiciones laborales cada vez más difíciles de sostener. Si hay un eje que atraviesa buena parte de las reivindicaciones es el modelo de guardias, especialmente las de 24 horas. Las especialidades más vinculadas a este sistema concentran buena parte del malestar y explican, en gran medida, el alcance de las movilizaciones.
En atención primaria, el conflicto actúa como un amplificador de problemas crónicos. Las agendas saturadas, la falta de sustituciones y la presión burocrática convierten cualquier alteración en un impacto directo sobre la accesibilidad. «La huelga tiene más visibilidad en hospitales, porque nosotros no hacemos guardias, pero también nos afecta», afirma una médico de primaria que prefiere mantener el anonimato, quizá porque reconoce que «en muchos centros se están saltando los acuerdos de huelga«.
Según explica, seguir los paros en atención primaria es complicado: «Los que están de servicios mínimos sufren la hostilidad del resto de categorías profesionales, además de enfrentarse a agendas infinitas forzadas». A ello se suma una pérdida de poder adquisitivo si se hace huelga que no deja indiferentes a unos profesionales cuyo sueldo ya vive en tensión: «La vocación no paga la hipoteca», reconoce.
En Urgencias, la huelga se mueve en una paradoja constante: la presión asistencial impide que el paro se traduzca en una caída visible de la actividad, pero no reduce la tensión interna. Con servicios mínimos del cien por cien, el impacto de los paros es significativo, especialmente por el aumento de pacientes que acuden ante las dificultades de acceso en atención primaria y consultas externas. Según explica José Pavón, presidente de Semes Canarias, este fenómeno no responde a un incremento de patologías graves, sino a casos que buscan una respuesta asistencial más inmediata. «No producen ingresos, pero sí una sobrecarga asistencial», señala, en referencia al aumento del volumen de pacientes que deben ser atendidos en un contexto ya tensionado.
A esta presión se suma el efecto en los servicios centrales, clave para el funcionamiento de Urgencias. Durante la huelga, se registran «retrasos en pruebas diagnósticas no urgentes, lo que alarga los tiempos de espera y dificulta la resolución de los casos». Esta ralentización impacta directamente en la eficiencia del servicio: los pacientes permanecen más tiempo en Urgencias a la espera de resultados, lo que incrementa la congestión y reduce la capacidad de respuesta ante nuevos casos.
El problema se agrava en el acceso a hospitalización. El déficit estructural de camas, unido a una menor agilidad en las altas durante la huelga, retrasa los ingresos desde Urgencias. Esto prolonga la estancia de pacientes en observación y favorece situaciones de saturación. Pavón insiste en que Urgencias actúa como «red de seguridad» del sistema cuando este se tensiona, pero advierte de que el problema se ha cronificado en los últimos años y requiere soluciones estructurales más allá de medidas coyunturales.
Es en las especialidades más ligadas a la atención continuada donde el cuestionamiento del modelo de guardias emerge con más fuerza. En el caso de la Medicina Intensiva, la presión asistencial y la complejidad creciente de los pacientes han llevado este sistema al límite. El presidente de la Sociedad Española de Medicina Intensiva, Crítica y Unidades Coronarias (Semicyuc), José Garnacho, es claro: «Una guardia de 24 horas es una locura». De hecho, el intensivista compareció el pasado martes en el Senado para reclamar sensibilidad política ante los problemas de la especialidad.
Garnacho describe jornadas que comienzan con la actividad ordinaria y se prolongan durante toda la noche en un entorno de máxima exigencia clínica. «No hay ser humano que lo resista», advierte, subrayando que en una UCI la intensidad se mantiene prácticamente constante. A ello se suma un cambio en el perfil de los pacientes: «Cada vez son más complejos y más difíciles», lo que incrementa la carga de trabajo en condiciones de fatiga acumulada.
El impacto del paro en las UCI tiene, además, particularidades propias. La actividad urgente se mantiene intacta, mientras que la reducción de la cirugía programada alivia parcialmente la presión. Sin embargo, el seguimiento de la huelga entre residentes, que no tienen que hacer servicios mínimos, incrementa la carga de los adjuntos: «Hay más trabajo para los que estamos», señala, aunque insiste en que la asistencia está garantizada.
En paralelo, Anestesiología vive el conflicto con una mezcla de limitación operativa y creciente desafección profesional. El presidente de la Sociedad Española de Anestesiología, Reanimación y Terapéutica del Dolor (Sedar), Javier García, sitúa el momento actual en un nivel de «frustración» superior incluso al de la pandemia. La propia naturaleza de la especialidad dificulta secundar la huelga: la prioridad de intervenciones como la cirugía oncológica hace que muchos quirófanos funcionen bajo servicios mínimos reforzados. «Si todos los pacientes son prioritarios, no puedes ejercer la huelga», resume.
A ello se suma la presión sobre los jefes de servicio, atrapados entre las exigencias asistenciales y el conflicto laboral, en un equilibrio cada vez más frágil. Algunos han optado incluso por abandonar sus puestos de responsabilidad, advierte García, que alerta, además, de «una salida creciente de profesionales hacia la sanidad privada, ya no como actividad complementaria, sino como cambio definitivo». Todo ello fruto de un malestar creciente: «Intentamos salvar vidas, pero hay una sensación de maltrato y falta de respeto constantes», lamenta.
A esta tensión asistencial se suma un problema menos visible pero igualmente crítico: el efecto en cadena sobre servicios transversales como Radiología. El presidente de la Sociedad Española de Radiología Médica (Seram), José Albillos, advierte de que la huelga está teniendo una «incidencia significativa» en la actividad programada, con pruebas que se retrasan sin margen real de recuperación.
El problema, explica, parte de una situación previa ya tensionada: plantillas insuficientes y agendas completas. «No hay hueco para acomodar la actividad que se deja de hacer», señala. Esto no solo afecta a las pruebas diagnósticas, sino a toda la cadena asistencial. Si una prueba no se realiza, la consulta asociada pierde sentido o debe repetirse, generando ineficiencias en cascada.
«De nuestros resultados depende gran parte de la actividad de consultas externas», subraya Albillos. En un contexto en el que cerca del 80% de las consultas requieren alguna prueba radiológica, cualquier retraso impacta directamente en el funcionamiento global del sistema.
El efecto acumulativo es especialmente preocupante. Con listas de espera ya elevadas, jornadas de huelga repetidas pueden generar una bolsa de actividad «imposible de recuperar en tiempo y forma», lo que incrementa aún más los tiempos de demora.
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