Leer Leer
El respeto por España del que hablaba Didier Deschamps se parecía más al miedo que apuntaba Lamine Yamal. La pelota era suya. Como siempre. Como en 2010. La falta de la profundidad que la selección tuvo en la Eurocopa, cuando entraba en el área como una daga en la carne para abrir en canal a la aristocracia del continente, no era la misma, quebrado Nico Williams y en progresión Lamine.
Había, pues, que volver a los orígenes, a la posesión no sólo como arma ofensiva, también defensiva. Francia la temía más, incluso, de lo que debería, porque la había sufrido, en la Eurocopa, en la Liga de Naciones o hasta en los Juegos Olímpicos de París, en su santuario. Si lo del Campo de los Príncipes fue como profanar el Panteón, Dallas ha sido la toma de la Bastilla, en un 14 de julio que acabó por ser fiesta nacional en las plazas y calles de España, con banderas a las que, hoy, nadie mira con desdén. Como nunca. Como en 2010.
Para organizarse alrededor del balón es necesaria la boya. Es una norma de la física del fútbol. Había que encontrar al mediocentro, a Rodri, perdido en el arranque de este Mundial, lento, desubicado, después de una temporada en la que regresaba de una larga lesión. Las eliminatorias lo encontraron de vuelta, jerárquico, con la pierna fuerte y el periscopio levantado.
Dejar a Pedri en el banco es como ir a la boda de una hija sin corbata. Cuesta entenderlo. Hay que ser valiente. Luis de la Fuente lo ha hecho por el estado de forma del canario y porque la impresión es que Dani Olmo y Fabián se adaptan mejor al hábitat del centro del campo de la selección. Pedri no es el del Barça; Olmo, tampoco. Da igual.
El abanico de piezas es tan amplio en el fútbol español que siempre ganan la pelota. De hecho, De la Fuente hace algo similar a lo que realizaba Vicente del Bosque: ante la duda, un centrocampista. El salmantino decía «uno de los buenos». Lo hizo cuando se lesionó Villa y colocó a Cesc como falso nueve en la Euro 2012, el tercer título de la trilogía. Ahora vemos algo similar con Baena en el lugar que, en condiciones normales, ocuparía Nico Williams.
Con esos futbolistas es difícil perder la pelota, que es lo que pretendía Francia, replegada, a la espera del robo o el error para activar a sus delanteros, mortales al espacio. Apenas encontró la oportunidad de hacerlo y, cuando lo consiguió, no lograron superar a Cubarsí y Laporte, con excelentes lecturas y coberturas, fuera en la anticipación o en la salida de balón por parte del azulgrana. El Mundial dimensiona la figura de este futbolista de 19 años, cuyo juego en el paso adelante es como el de un centrocampista más.
Francia no padeció únicamente a los centrales españoles, sino a la defensa en su conjunto, con Cucurella y Pedro Porro seguros y profundos. El segundo gol del lateral extremeño es la prueba. Esa es otra de las similitudes con la campeona de 2010, esta vez con menos goles encajados que entonces antes de la final. Sólo Bélgica logró batir a Unai Simón.
Sin tener la mejor versión de Lamine, aunque clave en el inocente penalti de Digne, España se reconoce en lo colectivo, como los chicos del coro, frente a los que se han reconocido en las estrellas como Vinicius, Haaland o Mbappé. Ya no están. Frente a Messi , Bellingham o Kane, habrá un gran equipo, una gran España.
Deportes // elmundo
