Es uno de mis libros favoritos. Porque está basado en una historia real, porque recorre distintas épocas, porque trata de un libro mítico y por cómo está hilvanada toda la trama. En Los guardianes del libro (RBA), Geraldine Brooks cuenta la historia de la Hagadá de Sarajevo, un manuscrito que atraviesa siglos de guerras, persecuciones y desplazamientos. En la novela, un sacerdote católico consigue salvarlo de las llamas durante la Inquisición; siglos después, un musulmán arriesga su vida para esconderlo de los nazis y, ya en 1992, el libro vuelve a ser puesto a salvo durante la guerra de Bosnia. La novela está inspirada en la historia real de un manuscrito que sobrevivió porque, en distintos momentos, hubo personas que comprendieron que protegerlo significaba proteger algo mucho mayor que un objeto.
En Jersón, Ucrania, ocurrió algo que parece pertenecer a esa misma tradición de guardianes de la memoria. Solo que el objeto que había que salvar ya no cabía en las manos de una persona. Eran más de 20 terabytes de información o el equivalente a más de 5 millones de libros. Y estaban atrapados en una ciudad a punto de quedar bajo ocupación rusa. El 24 de febrero de 2022, cuando comenzó la invasión a gran escala de Ucrania, la Universidad Nacional Técnica de Jersón tenía su propio centro de datos en el segundo piso del edificio principal. Allí no solo se almacenaban archivos científicos. También había registros de movilización y expedientes de personal. Si el ejército ruso conseguía controlar aquellos servidores, la información podía convertirse en una herramienta capaz de poner en riesgo a cientos de familias. El problema era que los servidores no podían sacarse discretamente del edificio. Y el tiempo se acababa.
El 1 de marzo, las fuerzas rusas tomaron el control de Jersón. La universidad tenía que encontrar otra manera de evacuar aquello que no podía transportar físicamente: su memoria. En los primeros días de la ocupación, la empleada responsable de los archivos consiguió entrar en el edificio y destruyó los archivos de papel. El fuego eliminó los documentos físicos, pero dejó intacta la copia digital que estaba almacenada en los servidores. Y esa copia, que hasta entonces había sido una salvaguarda, se había convertido ahora en el mayor peligro del edificio. La única salida era hacerla desaparecer, pero no destruyéndola: sacándola de Jersón.
El equipo informático de la universidad contactó con URAN, la red ucraniana de investigación y educación, que a su vez recurrió a Microsoft. La solución fue trasladar urgentemente los datos a la nube. En condiciones normales, una migración de semejante tamaño requeriría meses de planificación. En Jersón tenían apenas horas. El ejército ruso estaba destruyendo las comunicaciones y ya habían conseguido acceder a routers locales. Un aumento repentino del tráfico podía llamar su atención.
La operación tuvo además un componente humano que difícilmente aparece cuando hablamos de “migración a la nube”. Oleh Artemenko, responsable del equipo informático, se encontraba bloqueado en la otra orilla del Dniéper. Alguien tenía que estar físicamente en la universidad para operar los equipos. Una empleada del área de informática asumió ese papel. Cada día atravesaba los controles para llegar al edificio. Bajo las ventanas había un misil sin explotar. En cada trayecto llevaba en unidades portátiles las claves necesarias para operar los sistemas. La migración se realizaba principalmente durante la noche.
Y entonces llegó uno de los momentos más críticos: la conexión cayó hasta 10 megabits por segundo. En cualquier circunstancia normal, transferir casi 20 terabytes a esa velocidad sería una tarea interminable, al menos 20 días. Pero los proveedores locales, ya bajo control de los ocupantes, habían limitado la velocidad de cada conexión, no el número total de conexiones.
Artemenko encontró una salida. Escribió unos scripts capaces de dividir los grandes conjuntos de datos en miles de pequeños fragmentos. Después utilizó AzCopy para enviarlos simultáneamente a la nube a través de miles de conexiones paralelas. Esta herramienta de Microsoft permite copiar y sincronizar archivos, carpetas y datos entre cuentas de almacenamiento de Azure. Y su característica clave es su velocidad y eficiencia ya que opera directamente entre servidores.
De este modo, la memoria de la universidad comenzó a escapar de Jersón en miles de pequeños pedazos invisibles. Pero había una regla: cada fragmento de información debía llegar a salvo y comprobarse antes de destruir el original. Los datos se transferían, se verificaba su integridad en la nube y solo entonces se eliminaba físicamente la copia que permanecía en Jersón. Hasta que llegó el último archivo. Entonces Artemenko bloqueó remotamente los discos duros. Los servidores seguían allí, pero ya no contenían aquello que realmente importaba.
No habían perdido un solo byte de información, lo que significaba que la universidad había dejado de depender de un lugar concreto. Hasta su identidad digital había sido trasladada a la nube mediante Microsoft Entra ID, lo que permitió a sus responsables conservar el control de las cuentas y revocar accesos comprometidos. Aunque alguien hubiera tomado físicamente el edificio y sus servidores, no había tomado el control de la institución.
Hoy, la Universidad Nacional Técnica de Jersón funciona como una institución sin un único campus físico. La administración trabaja desde Jmelnitski, sus servidores están protegidos en la nube y sus estudiantes se encuentran dispersos por distintos lugares del mundo. Las clases y los exámenes continúan en línea. Algunos alumnos, incluso, permanecen en territorios ocupados.
Y aquí la historia vuelve, de alguna manera, al libro de Geraldine Brooks. La Hagadá sobrevivió porque distintas personas, pertenecientes incluso a comunidades enfrentadas entre sí, decidieron protegerla. La Universidad de Jersón hizo algo parecido, aunque con una diferencia fundamental: su memoria ya no era un objeto que pudiera esconderse en una pared o transportarse dentro de una maleta. Era información, pero podía viajar.
La guerra suele destruir edificios, bibliotecas, laboratorios y archivos. Pero también puede destruir algo menos visible: la memoria. En este caso, la tecnología le dio a la memoria una segunda vida. Y esa es una de las paradojas de la tecnología: cuanto más intangible parece algo, más fácil puede resultar imaginar que carece de peso. Pero esos 20 terabytes contenían personas, investigaciones, expedientes, nombres y décadas de trabajo. Contenían una universidad, la memoria de una comunidad y hasta su futuro. Quizá esa sea una de las nuevas formas de resistencia en una guerra: conseguir que, aunque destruyan el lugar habitado por una institución, no puedan destruir aquello que le permite recordar quién es.
El objetivo era trasladar 20 TB de información, el equivalente a más de 5 millones de libros, en menos de dos días.
Es uno de mis libros favoritos. Porque está basado en una historia real, porque recorre distintas épocas, porque trata de un libro mítico y por cómo está hilvanada toda la trama. En Los guardianes del libro (RBA), Geraldine Brooks cuenta la historia de la Hagadá de Sarajevo, un manuscrito que atraviesa siglos de guerras, persecuciones y desplazamientos. En la novela, un sacerdote católico consigue salvarlo de las llamas durante la Inquisición; siglos después, un musulmán arriesga su vida para esconderlo de los nazis y, ya en 1992, el libro vuelve a ser puesto a salvo durante la guerra de Bosnia. La novela está inspirada en la historia real de un manuscrito que sobrevivió porque, en distintos momentos, hubo personas que comprendieron que protegerlo significaba proteger algo mucho mayor que un objeto.
En Jersón, Ucrania, ocurrió algo que parece pertenecer a esa misma tradición de guardianes de la memoria. Solo que el objeto que había que salvar ya no cabía en las manos de una persona. Eran más de 20 terabytes de información o el equivalente a más de 5 millones de libros. Y estaban atrapados en una ciudad a punto de quedar bajo ocupación rusa. El 24 de febrero de 2022, cuando comenzó la invasión a gran escala de Ucrania, la Universidad Nacional Técnica de Jersón tenía su propio centro de datos en el segundo piso del edificio principal. Allí no solo se almacenaban archivos científicos. También había registros de movilización y expedientes de personal. Si el ejército ruso conseguía controlar aquellos servidores, la información podía convertirse en una herramienta capaz de poner en riesgo a cientos de familias. El problema era que los servidores no podían sacarse discretamente del edificio. Y el tiempo se acababa.
El 1 de marzo, las fuerzas rusas tomaron el control de Jersón. La universidad tenía que encontrar otra manera de evacuar aquello que no podía transportar físicamente: su memoria. En los primeros días de la ocupación, la empleada responsable de los archivos consiguió entrar en el edificio y destruyó los archivos de papel. El fuego eliminó los documentos físicos, pero dejó intacta la copia digital que estaba almacenada en los servidores. Y esa copia, que hasta entonces había sido una salvaguarda, se había convertido ahora en el mayor peligro del edificio. La única salida era hacerla desaparecer, pero no destruyéndola: sacándola de Jersón.
El equipo informático de la universidad contactó con URAN, la red ucraniana de investigación y educación, que a su vez recurrió a Microsoft. La solución fue trasladar urgentemente los datos a la nube. En condiciones normales, una migración de semejante tamaño requeriría meses de planificación. En Jersón tenían apenas horas. El ejército ruso estaba destruyendo las comunicaciones y ya habían conseguido acceder a routers locales. Un aumento repentino del tráfico podía llamar su atención.
La operación tuvo además un componente humano que difícilmente aparece cuando hablamos de “migración a la nube”. Oleh Artemenko, responsable del equipo informático, se encontraba bloqueado en la otra orilla del Dniéper. Alguien tenía que estar físicamente en la universidad para operar los equipos. Una empleada del área de informática asumió ese papel. Cada día atravesaba los controles para llegar al edificio. Bajo las ventanas había un misil sin explotar. En cada trayecto llevaba en unidades portátiles las claves necesarias para operar los sistemas. La migración se realizaba principalmente durante la noche.
Y entonces llegó uno de los momentos más críticos: la conexión cayó hasta 10 megabits por segundo. En cualquier circunstancia normal, transferir casi 20 terabytes a esa velocidad sería una tarea interminable, al menos 20 días. Pero los proveedores locales, ya bajo control de los ocupantes, habían limitado la velocidad de cada conexión, no el número total de conexiones.
Artemenko encontró una salida. Escribió unos scripts capaces de dividir los grandes conjuntos de datos en miles de pequeños fragmentos. Después utilizó AzCopy para enviarlos simultáneamente a la nube a través de miles de conexiones paralelas. Esta herramienta de Microsoft permite copiar y sincronizar archivos, carpetas y datos entre cuentas de almacenamiento de Azure. Y su característica clave es su velocidad y eficiencia ya que opera directamente entre servidores.
De este modo, la memoria de la universidad comenzó a escapar de Jersón en miles de pequeños pedazos invisibles. Pero había una regla: cada fragmento de información debía llegar a salvo y comprobarse antes de destruir el original. Los datos se transferían, se verificaba su integridad en la nube y solo entonces se eliminaba físicamente la copia que permanecía en Jersón. Hasta que llegó el último archivo. Entonces Artemenko bloqueó remotamente los discos duros. Los servidores seguían allí, pero ya no contenían aquello que realmente importaba.
No habían perdido un solo byte de información, lo que significaba que la universidad había dejado de depender de un lugar concreto. Hasta su identidad digital había sido trasladada a la nube mediante Microsoft Entra ID, lo que permitió a sus responsables conservar el control de las cuentas y revocar accesos comprometidos. Aunque alguien hubiera tomado físicamente el edificio y sus servidores, no había tomado el control de la institución.
Hoy, la Universidad Nacional Técnica de Jersón funciona como una institución sin un único campus físico. La administración trabaja desde Jmelnitski, sus servidores están protegidos en la nube y sus estudiantes se encuentran dispersos por distintos lugares del mundo. Las clases y los exámenes continúan en línea. Algunos alumnos, incluso, permanecen en territorios ocupados.
Y aquí la historia vuelve, de alguna manera, al libro de Geraldine Brooks. La Hagadá sobrevivió porque distintas personas, pertenecientes incluso a comunidades enfrentadas entre sí, decidieron protegerla. La Universidad de Jersón hizo algo parecido, aunque con una diferencia fundamental: su memoria ya no era un objeto que pudiera esconderse en una pared o transportarse dentro de una maleta. Era información, pero podía viajar.
La guerra suele destruir edificios, bibliotecas, laboratorios y archivos. Pero también puede destruir algo menos visible: la memoria. En este caso, la tecnología le dio a la memoria una segunda vida. Y esa es una de las paradojas de la tecnología: cuanto más intangible parece algo, más fácil puede resultar imaginar que carece de peso. Pero esos 20 terabytes contenían personas, investigaciones, expedientes, nombres y décadas de trabajo. Contenían una universidad, la memoria de una comunidad y hasta su futuro. Quizá esa sea una de las nuevas formas de resistencia en una guerra: conseguir que, aunque destruyan el lugar habitado por una institución, no puedan destruir aquello que le permite recordar quién es.
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