A principios de la década de 2010 tuve la suerte de estudiar en un instituto de ladrillo, el IES Enguera. Pero mi madre, maestra de la escuela pública —y todavía hoy docente— ejerció durante años en distintos pueblos de las comarcas vecinas, muchas veces en aulas prefabricadas. Desde entonces sigo sin entender cómo aquel país que, en plena burbuja inmobiliaria, levantaba urbanizaciones a gran velocidad parecía incapaz de construir escuelas públicas dignas para sus propios niños. Paradójicamente, muchos de ellos acabaron abandonando el instituto para trabajar en esas mismas obras.
Resulta difícil hablar de prosperidad mientras la educación pública se concibe como un gasto y no como una inversión
A principios de la década de 2010 tuve la suerte de estudiar en un instituto de ladrillo, el IES Enguera. Pero mi madre, maestra de la escuela pública —y todavía hoy docente— ejerció durante años en distintos pueblos de las comarcas vecinas, muchas veces en aulas prefabricadas. Desde entonces sigo sin entender cómo aquel país que, en plena burbuja inmobiliaria, levantaba urbanizaciones a gran velocidad parecía incapaz de construir escuelas públicas dignas para sus propios niños. Paradójicamente, muchos de ellos acabaron abandonando el instituto para trabajar en esas mismas obras.
Feed MRSS-S Noticias
