Están pero no se las suele percibir. Abren la puerta, reciben y despiden sin mayor intervención, arrancando poco más que un “hola” y un “adiós”. Ya sea en la administración pública o en la empresa privada, son personas llamadas al anonimato, al servicio discreto. Sin embargo, en el caso Koldo las secretarias han ejercido de auténticos testigos del tráfico ―de individuos, contactos y paquetes― que generaban las presuntas corruptelas para captar contratos mediante mordidas.
La asistente de Ábalos reconoce que expidió salvoconductos sin control para eludir las restricciones de movilidad en pandemia
Están pero no se las suele percibir. Abren la puerta, reciben y despiden sin mayor intervención, arrancando poco más que un “hola” y un “adiós”. Ya sea en la administración pública o en la empresa privada, son personas llamadas al anonimato, al servicio discreto. Sin embargo, en el caso Koldo las secretarias han ejercido de auténticos testigos del tráfico ―de individuos, contactos y paquetes― que generaban las presuntas corruptelas para captar contratos mediante mordidas.
“No soy funcionaria”, ha dicho Ana María Aranda. Ni falta que hace. Empezó en el grupo parlamentario del PSOE y acabó como secretaria personal de José Luis Ábalos en el Ministerio de Transportes. Custodiaba la ya famosa “zona noble” de la tercera planta, la destinada exclusivamente al ministro y a su gabinete. Ese asiento en primera fila le permitió ver a Víctor de Aldama las muchas veces que acudió al Ministerio. No sabía quién se lo autorizaba, si avisaba con antelación o para qué iba. El hecho es que el presunto conseguidor de la trama andaba por allí “como gato por su casa”, que diría la abogada del exasesor ministerial. Hubo muchas visitas oficiosas y al menos tres “oficiales”, ha recordado. Una con un gobernador mexicano y dos con el CEO de Globalia, Javier Hidalgo. Otro nombre que planea constantemente sobre la causa ―sin terminar de aterrizar― por el rescate a Air Europa. El propio Hidalgo ha reconocido este martes que era un asunto de la máxima importancia y que Aldama formó parte del amplio equipo que se dedicó en cuerpo y alma a que saliera adelante. No obstante, ha rebajado su papel. Era un enlace “institucional” y la información que les suministraba eran “verdades”, “medias verdades” o directamente fruto del “optimismo”. Además, ha sido tajante al afirmar que todo fue legal, sin soborno alguno. Si esos dos encuentros formales en Transportes tuvieron ese objeto, Aranda no lo sabe. Una secretaria llega hasta donde llega. Hasta la puerta del despacho.
Desde allí, su escritorio invisible, servía al “equipo del ministro”. García era un miembro destacado, así que cuando vino a pedirle que expidiera salvoconductos como churros no lo dudó. Supuso que el asesor cumplía órdenes y ella hizo lo mismo. Le dictaba el nombre, el DNI y, si había, la excusa (día y hora para reunirse con el ministro). Nunca comprobó que esas citas realmente se celebraran. Tampoco tenía mayor importancia porque, si García llegaba solo con el nombre, rellenaba igualmente el formulario. Y vía libre para circular por el territorio nacional en plena pandemia (segunda ola).
Agarrada a su bolso como a la vida, Piedad Losada ha contado que también vio cosas. En su caso, debieron ser muchas más o más interesantes porque está imputada en la Audiencia Nacional por el caso Koldo. Era la secretaria de Aldama. Jefe, pero no amigo. “No diría tanto”, ha acotado. Sabe que frecuentaba el Ministerio de Ábalos porque él se lo decía y porque una llamada se lo confirmó. La de García “directamente” a su teléfono móvil. “Te paso a José Luis”, le dijo. “Y se puso el ministro”. Nada más y nada menos. Aunque en realidad era para un asunto menor. “Me explicó un problema que tenía con un vecino en su vivienda habitual de Valencia”. Su jefe pensaría que podía “ayudar”. Cosas de secretarias.
Lo cierto es que redactó un informe para Ábalos, el “jefe” de su jefe, por lo que le transmitía Aldama. El tema no era sencillo: la usucapión. Véanse los manuales de derecho civil que se quieran para ilustrarse sobre esta figura romana que define la adquisición de la propiedad por mera posesión. Losada no necesitó tanta lectura. Hizo una consulta y se lanzó a escribir.
Era versátil. Prueba de ello es que también intermedió para que Claudio Rivas, un socio de Aldama, comprara el chalé gaditano donde Ábalos disfrutó unas vacaciones en familia en el verano de 2021 y que los investigadores ven como una mordida más. Losada ha confirmado que técnicamente lo compró Leonor González Pano, administradora única de Have Got Time, la empresa que ejecutó la operación inmobiliaria, pero que ella era “la chica de Claudio”. La joven, por razones que no ha compartido, le ha provocado una pequeña sonrisa. Hasta ahí la diversión. Cuando el abogado que capitanea las acusaciones populares, Alberto Durán, ha querido saber más sobre la casa en cuestión ―para quién era, quién pagaba, esas cositas―, Losada ha bajado la persiana. “Me acojo a mi derecho a no declarar”, ha contestado. Ventajas de estar investigada.
Ese silencio no le ha impedido contar que Joseba, el hermano de Koldo García, era otra de las caras conocidas en la oficina de Aldama. Alguna vez le vio. Cree que para comprarle un coche de segunda mano al empresario. Ese Volkswagen Passat que tan mal resultado dio, a decir de Joseba. Le dio cosas. La documentación del vehículo, seguro. ¿Algún sobre? Pues eso ya no se acuerda. En cualquier caso, recibir y entregar “paquetería” formaba parte de su trabajo. “Práctica habitual”.
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