La capital china ha pasado de encabezar rankings por la mala calidad del aire a convertirse en modelo gracias a la apuesta por las energías verdes y al traslado de industrias pesadas a otras provincias Leer La capital china ha pasado de encabezar rankings por la mala calidad del aire a convertirse en modelo gracias a la apuesta por las energías verdes y al traslado de industrias pesadas a otras provincias Leer
El señor Tang recuerda que, hace 15 años, Pekín era reconocida como la capital mundial del smog: esa densa mezcla de humo y niebla que se forma cuando contaminantes del aire como partículas de polvo, hollín y gases tóxicos se combinan con la humedad atmosférica.
«Respirar era casi como jugarse la vida. Conozco a varias personas que siempre habían estado sanas y, de repente, enfermaron y murieron por enfermedades respiratorias«, explica este septuagenario que reside en Chaoyang, uno de los distritos céntricos de la capital de China.
Cada invierno, las chimeneas de carbón, los motores de combustión y las fábricas transformaban Pekín en un espejo del peor escenario de Gotham, la ciudad ficticia de Batman. Durante décadas, el rápido crecimiento urbano, la expansión del parque automovilístico, el uso masivo de carbón y la presencia de industrias pesadas convirtieron el aire en una amenaza diaria. La contaminación no era solo un problema ambiental: era político y social.
Para enfrentar la crisis, el Gobierno chino puso en marcha una serie de políticas ambientales más estrictas a mediados de la década de los 2000, con un impulso decisivo durante los Juegos Olímpicos de Pekín 2008. Entonces, la ciudad buscaba proyectar una imagen internacional de modernidad y limpieza.
Se cerraron calderas de carbón, se mejoró el transporte público, se incentivó la compra de vehículos eléctricos y se expandió la energía renovable. Pero la medida más radical fue trasladar fábricas a la vecina provincia de Hebei, sacando la industria pesada del perímetro urbano y reduciendo directamente las emisiones.
Los resultados, según la Oficina Municipal de Ecología y Medio Ambiente de Pekín, han sido espectaculares. En 2025, la capital registró solo un día con fuerte contaminación, una caída del 98,3% respecto a los 58 días reportados en 2013. La concentración promedio anual de PM2.5, el indicador más seguido de partículas finas en suspensión, se situó en 27 microgramos por metro cúbico, por primera vez por debajo del límite de 30 establecido por las autoridades desde que comenzó el monitoreo. En términos prácticos, insisten las autoridades, los días de contaminación severa han sido prácticamente eliminados de la ciudad.
Para comprender la magnitud del cambio hay que saber que un día clasificado como contaminación grave implica un Índice de Calidad del Aire (ICA) entre 201 y 300, con niveles promedio de PM2.5 de 150 a 300 microgramos por metro cúbico, concentraciones que hace 10 años eran habituales y representaban un riesgo grave para la salud.
«El cielo azul no se regala, se gana«, dijo Li Tianwei, director del Departamento de Medio Ambiente Atmosférico, organismo dentro del Ministerio de Ecología de China. Una frase que ha sido repetida continuamente por los portavoces oficiales para defender las políticas medioambientales más estrictas.
«Los días de fuerte contaminación han sido prácticamente erradicados en Pekín. Es un logro histórico«, señalaba Liu Baoxian, subdirector de la Oficina Municipal de Medio Ambiente de la capital, al presentar el pasado enero los resultados de calidad del aire en 2025.
Pekín no se libra del todo de los días grises con contaminación, pero lejos quedan aquellos inviernos en los que la ciudad se cubría de un velo gris que reducía la visibilidad a unos pocos cientos de metros; los rayos del sol casi nunca llegaban al suelo y los atascos de tráfico liberaban nubes de humo que se mezclaban con el hollín de las fábricas.
Muchos peatones siguen usando mascarillas, aunque no tanto como antes. Y los médicos cuentan que los hospitales ya no están tan abarrotados con casos de bronquitis, asma, neumonías y otras enfermedades respiratorias que se disparaban durante los meses más fríos.
«Antes, a diario, salíamos a la calle y sentíamos un sabor metálico en la boca, la garganta irritada y los ojos llorosos. La ciudad era inhabitable muchos días del año, y ahora ya ni nos damos cuenta muchas veces cuando vemos el cielo azul», cuenta Emma, una empresaria italiana que lleva casi dos décadas viviendo en Pekín.
«La contaminación del aire es reversible. Pekín se erige como un testimonio de las posibilidades para reducir la contaminación atmosférica. Este logro no ocurrió por azar ni por suerte. Fue el resultado de un largo y arduo camino con lecciones importantes que pueden servir como ejemplo y mejores prácticas para cualquier nación», elogiaba recientemente Siddharth Chatterjee, coordinador del Sistema de Desarrollo de las Naciones Unidas en China.
Pekín ahora se ha convertido en un modelo que el Gobierno de Xi Jinping busca replicar a nivel nacional, con las autoridades locales aplicando además estándares más estrictos de calidad del aire. Pero este éxito está tapando una crisis importante consecuente que saltó en la vecina Hebei.
Desde 2017, el Gobierno central prohibió la quema de carbón para calefacción residencial en gran parte de esta provincia colindante a la capital, como parte del esfuerzo por mantener limpio el aire que circula hacia Pekín cada invierno. Inicialmente, las administraciones subsidiaron de manera significativa el uso de gas natural, una alternativa más limpia pero mucho más costosa. Sin embargo, el año pasado, los subsidios fueron recortados o eliminados, dejando sobre todo a los residentes de muchas aldeas con facturas de calefacción que no podían pagar.
Medios locales compartieron a finales de 2025 escenas de familias que se acurrucaban bajo múltiples mantas o quemaban leña para mantenerse calientes, a pesar de que esta quema también está prohibida. La paradoja es evidente: mientras Pekín empieza a respirar aire puro, los habitantes de Hebei pagan el precio del progreso ambiental con frío y restricciones.
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