¿Por qué una generación llora a James Van Der Beek? Recordando a Dawson, el millennial por excelencia

El actor, fallecido a los 48 años, interpretó al protagonista de la serie de referencia de los primeros años 2000, Dawson crece. Y encapsuló el espíritu de una generación Leer El actor, fallecido a los 48 años, interpretó al protagonista de la serie de referencia de los primeros años 2000, Dawson crece. Y encapsuló el espíritu de una generación Leer  

Se fue demasiado joven, James Van der Beek, como las estrellas de cine que tanto amaba su personaje más famoso, aquel Dawson Leery por el que todo millennial, estos días, ha dedicado al menos un pensamiento. Hablamos del rubio protagonista de la serie de referencia de los primeros años 2000, Dawson’s Creek, fallecido el 11 de febrero a los 48 años. Porque casi nadie, o casi nadie, aquí en Italia sabía con precisión qué era un «creek», y en muchos grupos el nombre de la serie se deformaba (Dosoncrìk) o se reducía al suyo («¿Has visto el último de Dawson?»). Dawson, sinécdoque de toda la serie. Dawson, soñador inolvidable. Dawson, convertido incluso en meme, que hoy ya no está. Y deja atónitos a los millennials que lo descubrieron en televisión -en Italia la serie llegó en 2000, impactando de lleno en el imaginario de quienes entonces estaban en la secundaria o el instituto- y que nunca lo olvidaron. Quisieran o no.

Van der Beek fue Dawson toda su vida, incluso después de la emisión del último episodio de la última temporada, en 2003. En parte porque las reposiciones, emitidas en bucle durante años, ampliaron la fama de la serie; en parte porque él no cambió, ni siquiera cuando la enfermedad ya había empezado a devorarlo; y en parte porque en su carrera no llegaron otros papeles igual de icónicos. Van der Beek actuó también en algunas películas (Varsity Blues, Las reglas de la atracción) y en un puñado de series más o menos logradas (No confíes en la zorra del apartamento 23, CSI: Cyber, Cómo conocí a vuestra madre). Pero nunca logró desprenderse de Dawson. Y Dawson, a cambio, lo hizo eterno.

El personaje, por lo demás, estaba bien construido. Guapete, pero no demasiado; inteligente, pero no brillante; simpático, pero un poco pringado; romántico, pero torpe y -peor aún- irremediablemente egocéntrico (en uno de los primeros episodios, por ejemplo, intenta guionizar y filmar a escondidas su primer beso). Amado o ridiculizado, según los casos, pero nunca odiado. Porque, al final, resultaba al menos un poco simpático para todos. Incluso para quienes, en el triángulo entre él, el amigo-rival Pacey (Joshua Jackson) y la bella-pero-no-demasiado Joey Potter (Katie Holmes), animaban al moreno y no al rubio. O quizá primero a uno y luego al otro, según el momento. Porque la serie podía llamarse Dawson’s Creek, pero el mérito de su éxito estaba en la dinámica que unía al protagonista con todos los demás. En el guion, en definitiva.

Dawson crece (nombre en España) era un teen drama que no esquivaba los temas delicados ni los reducía a meros recursos narrativos recortados a hachazos en nombre de la audiencia. El esfuerzo de su creador, Kevin Williamson -y después del equipo que continuó la serie, en primer lugar el showrunner Greg Berlanti- fue el de contar la adolescencia en toda su complejidad, sin miedo a decir que a veces los adolescentes tienen familias desestructuradas (Joey es huérfana de madre y su padre está en prisión durante buena parte de la serie) o afrontan problemas de salud mental (una de las novias de Pacey, Andy, sufre depresión y pasa por un largo ingreso psiquiátrico). La serie habla sobre todo de primeros amores y peleas entre amigos, pero también de muerte (una compañera de instituto de los protagonistas se ahoga de manera totalmente inesperada), alcoholismo (que afecta tanto al padre de Pacey como a la compañera de piso de Joey en la universidad), prejuicios raciales, de clase y de género.

Fue la primera en mostrar un beso apasionado entre dos jóvenes varones en horario de máxima audiencia (el de Jack McPhee y Ethan, en mayo de 2000), y puso en escena familias normalmente disfuncionales. Con decisiones que en aquella época, cuando la televisión juvenil made in USA aún estaba dominada por el buenismo y el tradicionalismo, no eran obvias: como la madre de Dawson, una mujer con carrera profesional que engaña a su marido con un compañero, o la hermana de Joey, que forma una familia sin casarse.

Nada revolucionario, se dirá, y es cierto. Dawson’s Creek no fue la serie más innovadora de su tiempo. Ni remotamente tan ambiciosa como Los Soprano, ni tan subversiva como Buffy, cazavampiros, y desde luego no marcó el imaginario global como Friends o Sexo en Nueva York. Hizo algo menos vistoso, pero quizá igual de significativo: entró en la vida de sus jóvenes espectadores y dejó una pequeña, pero duradera, huella. No sólo porque inmortalizó su adolescencia en una serie -haciéndola eterna y, en la era de la televisión a la carta, siempre al alcance del mando- sino también porque supo encapsular el espíritu de una generación.

Todos los millennials son al menos un poco Dawson. Para bien y para mal. La prueba está en el doble episodio final, ambientado cinco años después de los acontecimientos de la última temporada, cuando -¡spoiler!- encontramos a Dawson lanzado en su carrera como director y enfrentándose a su debut: un teen drama de clara inspiración autobiográfica. Título: The Creek. Determinado, ambicioso, creativo, dispuesto a todo para realizar sus sueños, pero también incurablemente nostálgico y un poco autorreferencial. Más millennial que eso… imposible.

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