
El tiempo pasa para todos. Primal Scream ya no son la intimidante orquesta química que ponía patas arriba cualquier festival con el cambio de siglo, cuando su fusión de jangle pop con house (primero) y con cyberpunk (después) les acreditaba como la más excitante guerrila mutante del rock internacional. Permaneció siempre, eso sí, el sustrato stoniano, y a él se aferran aún en conciertos como el de ayer a la extraña hora de las siete de la tarde en los Jardines de Viveros, como reclamo principal del festival Deleste: cumplieron sobradamente cuando muchos nos temíamos que se limitarían a despachar el tardeo como un mero trámite. Fueron los Primal Scream de siempre, sí, los genuinos, y no los Primark Scream (feliz definición de los Pantomima Full para ridiculizar a tanto grupo indie de pacotilla). Los hemos visto en noches más exultantes, por supuesto que sí (BAM del 97 o FIB del 2000), pero también en más desangeladas (Primavera Weekender del 2019 o aquella última visita a Valencia en la Feria de Muestras en 2008). Ayer se les notó a gusto. Muy cómodos.
La veterana banda escocesa, liderada por un incombustible Bobby Gillespie, tira de oficio, compromiso político y clasicazos en el festival valenciano, en el que también sobresalió Anna Calvi
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia
La veterana banda escocesa, liderada por un incombustible Bobby Gillespie, tira de oficio, compromiso político y clasicazos en el festival valenciano, en el que también sobresalió Anna Calvi

El tiempo pasa para todos. Primal Scream ya no son la intimidante orquesta química que ponía patas arriba cualquier festival con el cambio de siglo, cuando su fusión de jangle popcon house (primero) y con cyberpunk (después) les acreditaba como la más excitante guerrila mutante del rock internacional. Permaneció siempre, eso sí, el sustrato stoniano, y a él se aferran aún en conciertos como el de ayer a la extraña hora de las siete de la tarde en los Jardines de Viveros, como reclamo principal del festival Deleste: cumplieron sobradamente cuando muchos nos temíamos que se limitarían a despachar el tardeo como un mero trámite. Fueron los Primal Scream de siempre, sí, los genuinos, y no los Primark Scream (feliz definición de los Pantomima Full para ridiculizar a tanto grupo indie de pacotilla). Los hemos visto en noches más exultantes, por supuesto que sí (BAM del 97 o FIB del 2000), pero también en más desangeladas (Primavera Weekender del 2019 o aquella última visita a Valencia en la Feria de Muestras en 2008). Ayer se les notó a gusto. Muy cómodos.
La intención del siempre carismático Bobby Gillespie y sus secuaces al inicio de esta gira era recuperar XTRMNTR (2000), uno de sus mejores discos, pero parece que las acusaciones de antisemitismo tras estrenar su rescate en Londres a finales del año pasado (con proyecciones en las que asociaban a Netanyahu y Trump con la esvástica) les disuadió. La necesidad fue virtud, porque aquello derivó en el consabido reguero de momentos inexcusables de toda su vasta discografía, sin siquiera echar mano de las pantallas. El mensaje persiste: alguien lanzó al escenario una bandera palestina que Gillespie blandió mientras acometía Swastika Eyes, seguida de proclamas en favor del pueblo impunemente masacrado. El compromiso sociopolítico de los escoceses siempre ha estado ahí, pero lo mollar fue que, al margen de que se empeñen en arruinar una canción tan mayúscula como Higher Than The Sun (el atardecer se prestaba a que la sincronía la hiciera lucir mucho más), sacaron muchísima punta a Jailbird, Shoot Speed/Kill Light, Country Girl y Rocks, convirtiendo la explanada de Viveros en un honky tonk a la hora del tardeo. Un fiestón, vaya. Incluso se permitieron exhumar I’m Losing More Than I’ll Ever Have, semilla de una Loaded que tampoco faltó.
Primal Scream eran el reclamo más vistoso de la decimocuarta edición de un Deleste que había celebrado el viernes la primera de sus dos jornadas, con un sesgo mucho más electrónico que el del sábado, más orientado al rock. Destacaron una voluntariosa Billy Nomates (sacando mucho partido al escueto formato de sonidos pregrabados, sin músicos, que tal avalancha de críticas le generó en Glastonbury: pareció liberada de cualquier presión y con canciones que revelan un poso new wave de lo más resultón) y los siempre eficaces Holy Fuck, con su lisérgica síntesis de instrumentación orgánica y electrónica. Los noruegos Röyksopp se limitaron a cumplir con su rol de DJs al mando de una solvente sesión que bailamos bien a gusto antes de irnos a dormir, pero no terminé de conectar antes con Sascha Ring y sus Apparat, artífices de un set elegante, medido y meticuloso, pero quizá demasiado tibio, más cerca de una dudosa licuación ambient que de la IDM. No terminé de entender qué nos querían transmitir.
Aunque para elegancia, la de una portentosa Anna Calvi ayer sábado, que es lo más parecido a un improbable cruce entre PJ Harvey y St. Vincent: mayúscula vocalista, guitarrista y frontwoman, magnética en todo momento, manejando un repertorio que, quizá si no fuera tan oscuro, obtendría el eco que merece. Era su tercera visita a la ciudad, y se la vio tan imponente pero aún más desatada que en las otras dos (Wah Wah en 2011 y Rambleta en 2018). Para quien esto firma fue lo mejor (junto a Primal Scream) de un sábado en el que los británicos The Molotovs volvieron a demostrar (como a su paso por 16 Toneladas hace unos meses) que son una descaradísima copia – riff a riff, estribillo a estribillo – de The Jam (hasta el punto de que uno casi echa de menos a aquellas bandas brit pop, tipo Supergrass, para las que Paul Weller era un ingrediente más de la receta, y no el único y exclusivo), los británicos Kerala Dust cumplieron a última hora con un estilizado y sombrío pop electrónico que fue de menos a más y los valencianos Los Invaders probaron la eficacia festivalera de una fórmula que fusila con humor y sin recato (y sin dárselas de nada ni vender gato por liebre: al menos es de agradecer) a Kasabian o a los propios Primal Scream, con el infalible sostén rítmico que les garantiza Alfonso Luna, uno de nuestros mejores baterías.
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