Voces y silencios en el Grec por los niños que viven bajo la guerra

Concierto 'Les flors prohibides' ayer en el Festival Grec de Barcelona.

Intimidad, dinamismo, silencio, juventud, talento y anonimato. Y aplastante mayoría de mujeres. Elementos por lo general en su conjunto ausentes en los conciertos colaborativos, en especial en aquellos que tienen finalidades solidarias y de denuncia. Allí suelen reinar las palabras, los parabienes y saludos entre los artistas que intervienen, por lo general varones, un ritmo intermitente por fragmentado y voces que claman por lo general en voz alta. Nada de esto ocurrió en el espectáculo Les Flors Prohibides, que con la vista puesta en Gaza y más allá en la infancia víctima de cualquier guerra, la víctima más frágil de la inhumanidad, desplegó en el Grec, dentro del festival homónimo, una red de silencios y canciones que no alzan la voz y cuya fuerza es más fruto de la contención y el detalle que del grito y la algarada.

Seguir leyendo

Meritxell i Judit Neddermann en el concierto 'Les flors prohibides' ayer en el Festival Grec de Barcelona.Ferran Palau en el concierto 'Les flors prohibides' ayer en el Festival Grec de Barcelona.Tarta Relena en el concierto 'Les flors prohibides' ayer en el Festival Grec de Barcelona.  El espectáculo coral ‘Les Flors Prohibides’ cubrió el anfiteatro con una belleza casi silente  

Intimidad, dinamismo, silencio, juventud, talento y anonimato. Y aplastante mayoría de mujeres. Elementos por lo general en su conjunto ausentes en los conciertos colaborativos, en especial en aquellos que tienen finalidades solidarias y de denuncia. Allí suelen reinar las palabras, los parabienes y saludos entre los artistas que intervienen, por lo general varones, un ritmo intermitente por fragmentado y voces que claman por lo general en voz alta. Nada de esto ocurrió en el espectáculo Les Flors Prohibides, que con la vista puesta en Gaza y más allá en la infancia víctima de cualquier guerra, la víctima más frágil de la inhumanidad, desplegó en el Grec, dentro del festival homónimo, una red de silencios y canciones que no alzan la voz y cuya fuerza es más fruto de la contención y el detalle que del grito y la algarada.

La voz alta siempre parece imponer, la voz tenue sugiere y acompaña. Es la manera de trabajar y la forma de expresión del sello Hidden Track Records, promotor de la idea, pequeño y sutil, dado a la palabra queda y la música calma. Nacido en Collbató, a la sombra de Montserrat, no alzar la voz ante la grandiosidad de la naturaleza parece una consecuencia lógica. Un gesto de humildad.

La naturaleza como símbolo. En las pocas palabras que se oyeron durante el espectáculo, Louise Sansom, directora del sello, afirmó que talar olivos, sicómoros y pinos en Gaza es una forma de acabar con la cultura local infligiendo cicatrices en la tierra, que deja de ser como fue. La tierra es fuente de riqueza. También de remedios naturales, como bien sabían “bruixes”, “meigas” y “sorgiñas”, las mal llamadas brujas por los hombres. Asfaltar una playa, eliminar vegetación, alterar un paisaje son también formas de borrar la memoria de los que allí vivieron.

Ocurre en Gaza. De allí escaparon cinco marionetas manufacturadas por el artista Mahdi Karera, del teatro de marionetas Khoyout Theatre, como forma de resiliencia cultural y humana en un territorio del que hasta han de salir de incógnito las marionetas. Cinco marionetas escapando clandestinamente como si fuesen líderes perseguidos, activistas peligrosos. Se entiende que con sólo citar este hecho las demás palabras se antojen innecesarias, casi fútiles. Es asombrosa la capacidad humana para herir a la humanidad. Las cinco marionetas estuvieron en los jardines del Grec afirmando la resistencia de quien las hizo y de su pueblo. Una de ellas salió a escena. De nuevo la madera como símbolo. De nuevo el arte como un grito aquí silente.

Silencio en un mundo de histriones. Cada día se grita más, como si el volumen que impone el criterio llevase la verdad en los decibelios de su estruendo. En Les Flors Prohibides no se gritó en toda la noche y las voces, envueltas por cuerdas, metales, sintetizadores y electrónica que generaban ambientes cálidos cuando no atmosféricos, se mantenían en el tono de la confesión, de la palabra que huye de la estridencia y quiere dejar oír sus silencios. Por no haber no hubo ni batería, porque las canciones flotaron sin acentos rítmicos.

Aspiraciones y lamentos, anhelos y deseos fluyendo con una timidez no exenta de férrea voluntad y tesón. Aplausos como único ruido entre tanta quietud, aplausos de entrega que se podía pensar que deberían haberse podido reprimir hasta un final desollamiento de palmas fruto de tanta contención. Silencio entre estrofas, entre palabras, entre canción y canción, sin parabienes, solo mudos gestos de complicidad, algún abrazo y sonrisas que salían naturales por el hecho de compartir aquellos instantes escenificados con delicadeza mediante una trama de formas irregulares estampadas en la pared de piedra del recinto.

Silencio para no romper el anonimato de una larga lista de artistas, casi una veintena, de cuya identidad no se dijo nada. En los conciertos solidarios brillan los nombres propios, aquí se eludieron en favor de una comunidad en la que sólo hubo una voz masculina y pocos más instrumentistas varones.

Bailarinas de ballet. El dinamismo y agilidad en la trama y sucesión de las actuaciones las evocó, pues tomaron el escenario artistas que pasaban de puntillas por él, como si no deseasen un apoyo en plano. Los conciertos colaborativos suelen ser lentos y farragosos, en el fondo un canto a la propia presencia en escena de quienes los protagonizan. En Les Flors Prohibidesel ritmo en la aparición de los artistas fluyó con naturalidad, sin más espacio que para el breve silencio que mediaba entre canción y canción, a menudo separadas por breves interludios vocales o instrumentales. Lo que en otro contexto hubiese durado un tiempo sin fin aquí fluyó en apenas hora y media, que pasó entre algún suspiro que desde la platea sugería una satisfacción de imposible contención. Hasta se oyó algún “qué bonito”, por supuesto musitado.

Talento y juventud. El de las artistas que participaron, en general nuevas voces que anclándose en el folk o el pop de mesa camilla se abren al mundo en términos de intimidad, sentimientos y sutiles cuestionamientos de una fealdad rampante. Destacar alguna de ellas sería herir un espectáculo en el que el brillo fue compartido, contando con la complicidad entre mujeres, protagonistas absolutas del mismo. El disco editado para recaudar fondos para la ONG War Child, debió agotarse en la puerta del recinto, apenas quedaban dos centenares de ejemplares, pero en las plataformas y redes hay testimonio de las canciones inéditas que lo componen y que se oyeron durante el espectáculo, interpretadas por orden de aparición por Cora Novoa, Amaia Miranda, Carlota Flaneur, Clara Andrés, Júlia, Marina Herlop, Ferran Palau, Anna Andreu, Meritxell y Judit Neddermann, Sandra Monfort, Selma Bruna, Júlia Collado Riu, Mar Pujol, Clara Peya, Anna Ferrer, Alosa, Tarta Relena, Marina Rosell y Twin. Un colectivo que fue una sola persona.

 Feed MRSS-S Noticias

Noticias Similares