Huawei Watch GT 7, aquí hay tomate

Hay innovaciones que llegan acompañadas de cifras difíciles de ignorar: más potencia, más autonomía, más sensores, más resolución, más memoria. Y después existen otras que apenas ocupan unas líneas en la ficha técnica y que, sin embargo, dicen mucho más sobre hacia dónde está evolucionando la tecnología. La nueva correa EasyCross que Huawei incorpora a su próximo Watch GT 7 pertenece a esta segunda categoría. A primera vista parece una modificación casi trivial. Una correa de reloj sigue siendo una correa de reloj. Tiene que hacer exactamente lo mismo que ha hecho desde 1810, cuando Abraham-Louis Breguet diseñó el primer reloj de pulsera para la reina Carolina Bonaparte, hermana del famoso Napoleón: sujetar el dispositivo a la muñeca.

Pero hay algo que Huawei ha cambiado en la manera de hacerlo. En lugar de que el extremo sobrante de la correa quede en el exterior, como ocurre habitualmente, el sistema lo recoge hacia el interior, ocultándolo contra la muñeca. No cambia, por tanto, la forma esencial del objeto. Cambia su función a través del diseño. Y esta diferencia es mucho más importante de lo que parece.

Estamos acostumbrados a identificar la innovación tecnológica con la incorporación de nuevas capacidades. Un reloj inteligente tiene más sensores que uno convencional; un teléfono tiene más lentes; un ordenador incorpora un procesador más rápido. Es una forma de progreso perfectamente válida y, además, fácil de medir. Pero existe otra clase de innovación mucho menos visible: aquella que no añade necesariamente una función, sino que elimina una pequeña fricción entre la tecnología y la persona que la utiliza.

Una correa convencional funciona. No hay ningún problema grave que resolver. Pero el extremo sobrante queda fuera, puede moverse, engancharse ocasionalmente con la ropa y hacerse más perceptible cuando hacemos ejercicio. Es una de esas pequeñas imperfecciones a las que nos acostumbramos hasta que dejan de parecernos imperfecciones. La pregunta interesante que plantea un diseño como EasyCross es precisamente esta: ¿por qué tiene que seguir funcionando así algo que lleva décadas funcionando así? Esa pregunta está en el corazón de buena parte del diseño moderno.

Dieter Rams, una de las figuras fundamentales del diseño industrial del siglo XX, defendía que un buen diseño debía hacer que un producto fuera útil, comprensible y, sobre todo, evitar elementos innecesarios. Su filosofía se resumía en una idea que terminó convirtiéndose en una de las máximas del diseño: menos, pero mejor. La correa de Huawei no pretende convertir el reloj en algo radicalmente diferente. Hace algo mucho más discreto: elimina un elemento que hasta ahora dábamos por inevitable. En palabras de Rams: menos, pero mejor.

Y aquí aparece otra figura fundamental, el catedrático y diseñador Donald Norman. En su trabajo sobre la relación entre las personas y los objetos introdujo conceptos como el de affordance: las características de un objeto que permiten comprender intuitivamente cómo interactuar con él. Un diseño realmente logrado no debería obligarnos a pensar demasiado en cómo utilizarlo. Eso también explica por qué las mejores innovaciones pueden resultar extrañamente invisibles. De hecho, el propio Norman señalaba que el diseño es un acto de comunicación.

Por ello, cuando una tecnología funciona bien, dejamos de percibirla como tecnología, porque hablamos el mismo idioma, por así decirlo. Un teléfono con pantalla táctil eliminó buena parte de los botones físicos. Los auriculares inalámbricos hicieron desaparecer el cable. Los sistemas de navegación sustituyeron mapas y carreteras memorizadas por instrucciones que aparecen delante de nosotros.

En todos esos casos ocurrió algo parecido: la tecnología no se hizo necesariamente más visible; se hizo menos intrusiva y más intuitiva. La EasyCross pertenece a esa misma lógica en una escala diminuta. No hay que aprender un nuevo lenguaje. No hay que abrir una aplicación ni activar una función. El usuario simplemente se coloca el reloj y la correa se comporta de una manera diferente. El cambio tecnológico se percibe como una sensación física: algo que antes quedaba fuera ahora desaparece.

Y esto adquiere todavía más importancia cuando hablamos de dispositivos que llevamos puestos de forma casi permanente. Durante años hemos evaluado los relojes inteligentes principalmente por sus especificaciones: frecuencia cardíaca, GPS, autonomía, resistencia al agua, sensores, pantalla. Pero un wearable mantiene un contacto constante con el cuerpo. Su éxito no depende únicamente de lo que es capaz de medir, sino también de cómo se siente mientras lo hace.

Una mejora de una fracción de segundo en un procesador puede resultar invisible para un usuario. Una pequeña modificación en la manera en que un reloj se ajusta a la muñeca puede percibirse cada vez que se utiliza. Por eso, en esta clase de dispositivos, la ergonomía deja de ser un detalle estético y se convierte en parte de la tecnología.

La cuestión resulta especialmente interesante porque llega en un momento en el que los dispositivos electrónicos están alcanzando una enorme madurez. Añadir funciones resulta cada vez más sencillo, pero conseguir que todas ellas convivan sin aumentar la complejidad para el usuario es mucho más difícil. Quizá por eso la próxima gran etapa de la tecnología no consista únicamente en hacer que nuestros dispositivos hagan más cosas, en realidad de vería ser que nos molesten menos mientras las hacen.

Es la evolución lógica. Primero enseñamos a las máquinas a hacer cosas que antes hacíamos nosotros. Después intentamos que las hagan más rápido, con mayor precisión y de forma más eficiente. Ahora comienza a cobrar importancia otro objetivo: que esa tecnología se integre en nuestra vida hasta el punto de que apenas tengamos que pensar en ella. La innovación, entonces, deja de consistir exclusivamente en añadir y comienza a convertirse en servir. Pasamos de necesidad a utilidad. Eso es lo que hace especialmente interesante la EasyCross. Huawei no ha inventado una nueva forma de llevar un reloj. Ha cuestionado una pequeña parte de la forma tradicional de hacerlo y ha utilizado el diseño para cambiar la experiencia. Algo que hasta ahora solo se conseguía con las especificaciones.

 La correa de un reloj y una idea mucho más profunda: cuando la tecnología cambia la función a través del diseño.  

Hay innovaciones que llegan acompañadas de cifras difíciles de ignorar: más potencia, más autonomía, más sensores, más resolución, más memoria. Y después existen otras que apenas ocupan unas líneas en la ficha técnica y que, sin embargo, dicen mucho más sobre hacia dónde está evolucionando la tecnología. La nueva correa EasyCross que Huawei incorpora a su próximo Watch GT 7 pertenece a esta segunda categoría. A primera vista parece una modificación casi trivial. Una correa de reloj sigue siendo una correa de reloj. Tiene que hacer exactamente lo mismo que ha hecho desde 1810, cuando Abraham-Louis Breguet diseñó el primer reloj de pulsera para la reina Carolina Bonaparte, hermana del famoso Napoleón: sujetar el dispositivo a la muñeca.

Pero hay algo que Huawei ha cambiado en la manera de hacerlo. En lugar de que el extremo sobrante de la correa quede en el exterior, como ocurre habitualmente, el sistema lo recoge hacia el interior, ocultándolo contra la muñeca. No cambia, por tanto, la forma esencial del objeto. Cambia su función a través del diseño. Y esta diferencia es mucho más importante de lo que parece.

Estamos acostumbrados a identificar la innovación tecnológica con la incorporación de nuevas capacidades. Un reloj inteligente tiene más sensores que uno convencional; un teléfono tiene más lentes; un ordenador incorpora un procesador más rápido. Es una forma de progreso perfectamente válida y, además, fácil de medir. Pero existe otra clase de innovación mucho menos visible: aquella que no añade necesariamente una función, sino que elimina una pequeña fricción entre la tecnología y la persona que la utiliza.

Una correa convencional funciona. No hay ningún problema grave que resolver. Pero el extremo sobrante queda fuera, puede moverse, engancharse ocasionalmente con la ropa y hacerse más perceptible cuando hacemos ejercicio. Es una de esas pequeñas imperfecciones a las que nos acostumbramos hasta que dejan de parecernos imperfecciones. La pregunta interesante que plantea un diseño como EasyCross es precisamente esta: ¿por qué tiene que seguir funcionando así algo que lleva décadas funcionando así? Esa pregunta está en el corazón de buena parte del diseño moderno.

Dieter Rams, una de las figuras fundamentales del diseño industrial del siglo XX, defendía que un buen diseño debía hacer que un producto fuera útil, comprensible y, sobre todo, evitar elementos innecesarios. Su filosofía se resumía en una idea que terminó convirtiéndose en una de las máximas del diseño: menos, pero mejor. La correa de Huawei no pretende convertir el reloj en algo radicalmente diferente. Hace algo mucho más discreto: elimina un elemento que hasta ahora dábamos por inevitable. En palabras de Rams: menos, pero mejor.

Y aquí aparece otra figura fundamental, el catedrático y diseñador Donald Norman. En su trabajo sobre la relación entre las personas y los objetos introdujo conceptos como el de affordance: las características de un objeto que permiten comprender intuitivamente cómo interactuar con él. Un diseño realmente logrado no debería obligarnos a pensar demasiado en cómo utilizarlo. Eso también explica por qué las mejores innovaciones pueden resultar extrañamente invisibles. De hecho, el propio Norman señalaba que el diseño es un acto de comunicación.

Por ello, cuando una tecnología funciona bien, dejamos de percibirla como tecnología, porque hablamos el mismo idioma, por así decirlo. Un teléfono con pantalla táctil eliminó buena parte de los botones físicos. Los auriculares inalámbricos hicieron desaparecer el cable. Los sistemas de navegación sustituyeron mapas y carreteras memorizadas por instrucciones que aparecen delante de nosotros.

En todos esos casos ocurrió algo parecido: la tecnología no se hizo necesariamente más visible; se hizo menos intrusiva y más intuitiva. La EasyCross pertenece a esa misma lógica en una escala diminuta. No hay que aprender un nuevo lenguaje. No hay que abrir una aplicación ni activar una función. El usuario simplemente se coloca el reloj y la correa se comporta de una manera diferente. El cambio tecnológico se percibe como una sensación física: algo que antes quedaba fuera ahora desaparece.

Y esto adquiere todavía más importancia cuando hablamos de dispositivos que llevamos puestos de forma casi permanente. Durante años hemos evaluado los relojes inteligentes principalmente por sus especificaciones: frecuencia cardíaca, GPS, autonomía, resistencia al agua, sensores, pantalla. Pero un wearable mantiene un contacto constante con el cuerpo. Su éxito no depende únicamente de lo que es capaz de medir, sino también de cómo se siente mientras lo hace.

Una mejora de una fracción de segundo en un procesador puede resultar invisible para un usuario. Una pequeña modificación en la manera en que un reloj se ajusta a la muñeca puede percibirse cada vez que se utiliza. Por eso, en esta clase de dispositivos, la ergonomía deja de ser un detalle estético y se convierte en parte de la tecnología.

La cuestión resulta especialmente interesante porque llega en un momento en el que los dispositivos electrónicos están alcanzando una enorme madurez. Añadir funciones resulta cada vez más sencillo, pero conseguir que todas ellas convivan sin aumentar la complejidad para el usuario es mucho más difícil. Quizá por eso la próxima gran etapa de la tecnología no consista únicamente en hacer que nuestros dispositivos hagan más cosas, en realidad de vería ser que nos molesten menos mientras las hacen.

Es la evolución lógica. Primero enseñamos a las máquinas a hacer cosas que antes hacíamos nosotros. Después intentamos que las hagan más rápido, con mayor precisión y de forma más eficiente. Ahora comienza a cobrar importancia otro objetivo: que esa tecnología se integre en nuestra vida hasta el punto de que apenas tengamos que pensar en ella. La innovación, entonces, deja de consistir exclusivamente en añadir y comienza a convertirse en servir. Pasamos de necesidad a utilidad. Eso es lo que hace especialmente interesante la EasyCross. Huawei no ha inventado una nueva forma de llevar un reloj. Ha cuestionado una pequeña parte de la forma tradicional de hacerlo y ha utilizado el diseño para cambiar la experiencia. Algo que hasta ahora solo se conseguía con las especificaciones.

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