Los brasileños por fin han tenido este domingo por la noche la ocasión de asistir a un debate cuerpo a cuerpo entre los dos hombres que se disputan la Presidencia, el senador Flávio Bolsonaro, de 45 años, y el presidente, Luiz Inácio Lula da Silva, de 80, que opta a la reelección. El cara a cara, que ambos evitaron en primer vuelta, rompiendo la tradición, se celebró en la sede del canal TV Bando, en São Paulo, y duró más de dos horas. Bolsonaro dedicó buena parte de sus intervenciones al ataque directo contra su rival. Lula prefirió dosificar la confrontación directa mientras ofrecía en ocasiones prolijas explicaciones de gobernante, más que a seducir al público para movilizar a los 33 millones de abstencionistas.
El presidente brasileño, con un mensaje más sofisticado, choca contra las ideas más directas del senador ultra
Los brasileños por fin han tenido este domingo por la noche la ocasión de asistir a un debate cuerpo a cuerpo entre los dos hombres que se disputan la Presidencia, el senador Flávio Bolsonaro, de 45 años, y el presidente, Luiz Inácio Lula da Silva, de 80, que opta a la reelección. El cara a cara, que ambos evitaron en primer vuelta, rompiendo la tradición, se celebró en la sede del canal TV Bando, en São Paulo, y duró más de dos horas. Bolsonaro dedicó buena parte de sus intervenciones al ataque directo contra su rival. Lula prefirió dosificar la confrontación directa mientras ofrecía en ocasiones prolijas explicaciones de gobernante, más que a seducir al público para movilizar a los 33 millones de abstencionistas.
Ambos presidenciables se cruzaron incontables acusaciones de corrupción. Mientras Bolsonaro insistía en presentarse como el hombre que encarna el cambio que a su juicio Brasil necesita en este momento, Lula recalcaba los éxitos de los Gobierno progresistas y su veteranía en la gestión.
Bolsonaro entró al debate tirándose a la yugular del rival desde el primer minuto. Traía bajo el brazo la oportuna entrevista la víspera en CNN Brasil de una lobista, Roberta Luchsinger, implicada junto al hijo mayor del presidente en un caso de presunto tráfico de influencias, en la que atacó sin miramientos a Lula. El candidato ultra se lanzó por ahí a tumba abierta. Y el presidente apenas disimulaba su incomodidad cada vez que oía nombrar a Lulinha, como se conoce a Fábio Luís Lula da Silva.
El presidente tiró entonces del historial de asuntos turbios de su adversario —está investigado por corrupción por la financiación de la película sobre su padre, tuvo a la esposa y la madre de un famoso policía-criminal a sueldo en su gabinete, y hace años que lo persiguen las sospechas por sus lazos con grupos parapoliciales de Río— y logró equilibrar la disputa. Lula dedicó mucho tiempo a hablar de economía y por momentos su discurso sonó demasiado tecnocrático, con citas constantes a organismos públicos o a leyes aprobadas por su Gobierno.
En contra de las expectativas, apenas entró en uno de los asuntos que su campaña ha aireado más en los últimos días: emplazar a Bolsonaro a que explique de dónde podría sacar los 250.000 millones de reales (unos 50.000 millones de dólares) que dice que pretende recortar en gasto público. Su alusión más directa al asunto fue cuando el candidato del Partido de los Trabajadores (PT) preguntó al del Partido Liberal si pretende aplicar la motosierra de Javier Milei, presidente de Argentina.
Lula dejó para el final otra de las cuestiones en teoría más favorables a él: la relación con Donald Trump de los Bolsonaro, “una familia supeditada a los intereses de los americanos”. Ahí golpeó con una de las armas dialécticas que más prodigó en el debate: insistir con preguntas incómodas que su rival dejaba sin apenas respuesta. En este caso, si pretende entregar los recursos naturales de Brasil a Estados Unidos. La intervención final de Lula también fue económica: criticar a su rival que promueva la privatización de la petrolera Petrobras.
El candidato ultra usó todo tipo de trucos para intentar poner nervioso a su adversario. E intentó interferir en el discurso que Lula dirigía a los espectadores. Bolsonaro se coló de manera reiterada, gesticulando, el encuadre de cámara del presidente. El gesto desviaba una y otra vez la atención del público hacia las reacciones de Bolsonaro, desde el fondo, y causó irritación en redes y grupos de WhatsApp. Los memes, en los que detrás de Lula aparecen todo tipo de personajes, empezaron a correr de celular en celular.
Esta es una estrategia que el republicano Donald Trump usó en un debate con la demócrata Hillary Clinton hace una década, en 2016. Clinton relató en sus memorias lo intimidante e incómodo que resultó aquella situación en una campaña que acabó con la sorprendente primera victoria de Trump.
El senador ultraderechista brasileño aprovechó cada brecha en las intervenciones de Lula para introducir el tema de la seguridad, el terreno donde se mueve con más comodidad y uno de los más delicados para Lula. Cuando el izquierdista le preguntó sobre la cesión de soberanía a Estados Unidos, replicó hablando de la “pérdida de soberanía” de los brasileños sobre sus celulares y sus barrios, tomados por el narcotráfico. “Las calles volverán a ser nuestras y no de esos marginales”, prometió.
Resultó notable el contraste en las consideraciones finales. Si el mandatario dedicó buena parte de esos dos preciosos minutos a azuzar el miedo de que los Bolsonaro privaticen Petrobras, el senador Bolsonaro se dirigió al espectador con un mensaje directo. Pidió el votó a sus compatriotas apelando a dos temas que fue martilleando a lo largo del debate: la mejora de las condiciones económicas de los brasileños y la seguridad.
Volvió a repetir su promesa de crear un Ministerio de la Prosperidad —en abierta alusión a la Teología de la Prosperidad, la línea teológica que predomina en las Iglesias evangélicas y promete cambios radicales de vida— y a trabajar para “quien tiene miedo de andar por la calle”.
Son dos promesas que van directas a apaciguar los dos miedos que más acechan a las familias brasileñas: el creciente endeudamiento y la expansión del crimen organizado. A diferencia de Lula, que se perdió con una defensa atropellada de las empresas estatales, Flávio mantuvo la templanza y recordó a los electores su número de urna, el 22, y les pidió que voten sin miedo, porque aunque haya “gente amenazando” el voto es secreto.
El primer cara a cara se ha cerrado con bronca, con un tumulto en la zona del público. Comenzaba el líder del PT su intervención final cuando fue interrumpido por un griterío. La presentadora tuvo que esforzarse para poner orden, pues ni el público ni el candidato Bolsonaro hacían caso de sus indicaciones. Mientras, el presidente Lula mantenía la calma a la espera de que le dieran paso.
Llegado el turno del ultra para pronunciar sus últimos mensajes, él mismo interrumpió su discurso ante el bullicio que sonaba de fondo antes de retomarlo y concluir. Ambos están convocados a un segundo debate el próximo viernes 23 en Globo, dos días antes de los comicios, el domingo 25.
Feed MRSS-S Noticias
