Quizá no han leído un maravilloso cuento de Jack London. Se llama El chinago y está incluido en su libro Los mares del Sur. Por favor, si no lo han hecho, léanlo. Yo lo pondría como lectura obligatoria en la primera clase de Derecho. Transcurre en el marco de la emigración china en Polinesia. Los franceses llevan a Ah Cho a la guillotina. El juez le ha declarado culpable de un homicidio sucedido en el campo de trabajo. Él no comprende nada, no entiende a esos hombres blancos. Él no es el autor. Es inocente. Cuando el gendarme que le conduce le enseña la orden de ejecución, ve que hay un error en la transcripción del nombre del realmente condenado. Desesperado, y como puede, le explica al gendarme que él no es Ah Chow, sino Ah Cho. Ve que el juez se ha equivocado al escribir su nombre en lugar del efectivamente condenado Ah Chow. La orden de ejecución está equivocada. El juez ha escrito mal el nombre del culpable.
Emigrantes etíopes que trabajan en Arabia Saudí están siendo condenados y ejecutados en juicios sin abogados ni traductores
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Emigrantes etíopes que trabajan en Arabia Saudí están siendo condenados y ejecutados en juicios sin abogados ni traductores
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Quizá no han leído un maravilloso cuento de Jack London. Se llama El chinago y está incluido en su libro Los mares del Sur. Por favor, si no lo han hecho, léanlo. Yo lo pondría como lectura obligatoria en la primera clase de Derecho. Transcurre en el marco de la emigración china en Polinesia. Los franceses llevan a Ah Cho a la guillotina. El juez le ha declarado culpable de un homicidio sucedido en el campo de trabajo. Él no comprende nada, no entiende a esos hombres blancos. Él no es el autor. Es inocente. Cuando el gendarme que le conduce le enseña la orden de ejecución, ve que hay un error en la transcripción del nombre del realmente condenado. Desesperado, y como puede, le explica al gendarme que él no es Ah Chow, sino Ah Cho. Ve que el juez se ha equivocado al escribir su nombre en lugar del efectivamente condenado Ah Chow. La orden de ejecución está equivocada. El juez ha escrito mal el nombre del culpable.
Ah Cho argumenta con rotundidad: Ah Chow es muy alto y él es bajo. Él no es Ah Chow, insiste desesperado. Tanto es así, que el gendarme acepta lo que Ah Cho le dice. Es cierto, hay un error. Ahora bien, piensa, ya es tarde. Además, quién es él para imputar un error al juez… la guillotina acaba de ser instalada y la ejecución corre prisa. No quiere correr riesgos. Al fin ya al cabo, se justifica, todos son iguales.
Cuando el sábado pasado, 15 de agosto, leí en EL PAÍS la llamada desesperada de Dawit Tesfay, se me rompió el corazón. Sí, ya sé que llevamos meses con aluviones de noticias que nos deshacen por dentro, pero, de pronto, esta produce un dolor insoportable. Recordé a esa maravillosa historia de Jack London. Dawit Tesfay es el seudónimo de un emigrante etíope de 24 años de los muchos que trabajan en Arabia Saudí. Le han condenado a pena de muerte. Será decapitado si no lo evitamos. Él, como otros muchos emigrantes etíopes que trabajan en Arabia Saudí, están siendo condenados y ejecutados en juicios no solo sin abogados, sino sin ni siquiera intérpretes. Los juicios se basan en informes y documentos en árabe que ellos no entienden. Human Rights Watch y Amnistía Internacional lo han constatado y denunciado.
Igual hoy todavía llegamos a tiempo para que se nos ocurra algo para evitar este acto de la más brutal y cruel no justicia.
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