Las casas de Qusra rodeadas por colonos y soldados israelíes: “Me siento en una prisión”

Lo primero que hizo este lunes Loui Ridi, tras llegar desde Toledo (Ohio, EE UU) a la asediada casa de su familia en la aldea cisjordana de Qusra, fue colgar a la vista de todos una gran bandera de EE UU, para recordar que —aunque sea palestino y musulmán— es también tan ciudadano estadounidense como los demás. Y para presionar a su país, el principal aliado de Israel, a poner fin a una situación casi surrealista: diez habitantes de Qusra llevan diez días encerrados en sus propias casas, sin poder salir. Primero los cercaron colonos radicales israelíes, que les cortaron el agua y la electricidad, y luego —solo cuando Washington intervino— Israel desplegó soldados en la zona, en teoría para proteger a la población local. El resultado hoy es que el ejército más poderoso de Oriente Próximo no ha impedido aún que un puñado de colonos radicales merodee por la zona (como este martes, cuando uno se ha encarado con Ridi), mientras que los habitantes de las casas cercadas no pueden salir siquiera a hacer la compra y recibieron comida por última vez de mano de un equipo de la ONU, que recibió un permiso especial para hacerlo. “Estoy en una prisión en mi propia casa. Así es como me siento ahora”, asegura Ridi.

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 Los habitantes de tres viviendas de la aldea palestina llevan diez días sin poder salir y recibiendo comida de la ONU, mientras el ejército permite a los colonos moverse por la zona  

Lo primero que hizo este lunes Loui Ridi, tras llegar desde Toledo (Ohio, EE UU) a la asediada casa de su familia en la aldea cisjordana de Qusra, fue colgar a la vista de todos una gran bandera de EE UU, para recordar que —aunque sea palestino y musulmán— es también tan ciudadano estadounidense como los demás. Y para presionar a su país, el principal aliado de Israel, a poner fin a una situación casi surrealista: diez habitantes de Qusra llevan diez días encerrados en sus propias casas, sin poder salir. Primero los cercaron colonos radicales israelíes, que les cortaron el agua y la electricidad, y luego —solo cuando Washington intervino— Israel desplegó soldados en la zona, en teoría para proteger a la población local. El resultado hoy es que el ejército más poderoso de Oriente Próximo no ha impedido aún que un puñado de colonos radicales merodee por la zona (como este martes, cuando uno se ha encarado con Ridi), mientras que los habitantes de las casas cercadas no pueden salir siquiera a hacer la compra y recibieron comida por última vez de mano de un equipo de la ONU, que recibió un permiso especial para hacerlo. “Estoy en una prisión en mi propia casa. Así es como me siento ahora”, asegura Ridi.

El ejército ha declarado “zona militar cerrada” la loma en la que se alzan las tres casas sitiadas. Están a las afueras del poblado, de 8.000 habitantes y situado en el norte de Cisjordania, una de las zonas donde los colonos radicales vienen centrado sus esfuerzos (aún más desatados en los últimos meses ante la cercanía de las elecciones) por tomar tierras, expulsar a los palestinos e imponer su ley.

La declaración de “zona militar cerrada” significa la prohibición de acceso a los civiles, pero los colonos (con una influencia inédita en la coalición de Benjamín Netanyahu) siguen ahí desde hace diez días, seis desde que el ejército tomó posiciones en varias de las casas. Las tropas se han limitado a retirar estructuras erigidas por los colonos, como en la que acamparon frente a las casas, iniciando el cerco a las familias.

La orden sí está sirviendo, en cambio, para impedir el acceso a activistas y periodistas, obligados a seguir la situación desde el otro lado del valle. Por eso, la conversación con Ridi tiene lugar exactamente así, pese a estar a pocos minutos de distancia en coche: por videollamada y viendo a lo lejos tanto su casa como a los soldados que hacen guardia a escasos metros.

El palestino-estadounidense, de 46 años, llegó a Qusra el lunes por la noche, tras volar desde Detroit. En teoría, nadie puede entrar ni salir a la zona cercada, pero Ridi movilizó a su Embajada y a congresistas estadounidenses, y logró la luz verde de las Fuerzas Armadas israelíes para volver a la casa familiar. Si ha cambiado momentáneamente su cómoda vida en EE UU por un encierro obligado en la que casa en la que creció en Palestina es por miedo a que los colonos se queden con su propiedad. “Me aterraba ver en directo [desde EE UU] lo que pasaba, a través de las cámaras de seguridad, mientras mi hermano estaba bajo asedio. Y es aún más aterrador dejar ahora allí a mi esposa y a mis dos hijas temiendo por mi vida”, asegura.

En la mañana de este martes, cuenta, decidió por primera vez salir de su casa y dar un paseo por sus cerezos e higueras. Un colono pasó desde la colina y se enzarzaron en una disputa verbal. En el vídeo del momento, captado por la agencia Reuters, se los puede ver encarados y grabándose. Ridi le dice: “Eres un colono terrorista” y el otro responde en hebreo: “Este ha venido a montar un lío”.

Ridi habla desde el enfado acumulado a miles de kilómetros; el colono, desde la calma de quien tiene a las autoridades de su lado. “Eres basura, ¿sabes lo que significa? Apestas. Muévete, no me toques, terrorista”, lo insulta el palestino. Luego se ve cómo el colono habla con los soldados y les pide que lo expulsen: “Sacadlo de la casa”. Ridi insiste luego a los militares en que solo se movió por terrenos de su propiedad, ni un metro más allá. Estos le exhortan a encerrarse de nuevo en la casa: “Ellos [los colonos] se van a ir; tú, quédate dentro”.

“Discutimos unos 10 o 20 minutos”, rememora a este periódico. “Le dije [a los soldados] que esta es mi tierra, mi propiedad y que no me iba, que su trabajo aquí es sacarle a él [el colono] ¿Por qué todavía siguen pudiendo caminar libremente? Es algo para lo que todavía no tengo una respuesta”.

En su casa viven ahora mismo siete personas, tras acoger a su vecino, Yusef Hasan, su mujer y sus dos hijas de dos y cuatro años, cuya casa, primero, rodearon los colonos y, después, tomaron los militares. Por eso, siente que la situación ha ido a peor con la operación castrense. “Ahora, el ejército israelí está frente a mi casa y detrás de mi casa, y aun así no es capaz de mover a los colonos, que pasean sin que hagan nada. Así que no es algo que esté ayudando”.

Ventanas prohibidas

Ahora mismo, solo dos de las casas sitiadas están habitadas: la de Ridi y en la que se encuentra encerrada Aisha Hamdan, de 35 años, con su madre y su hermano. Por teléfono y con un tono entre el enfado y el cansancio, relata que su casa prácticamente toca con la adyacente que han tomado los soldados y que les han prohibido acercarse a las ventanas que dan a ellos. “Una vez intentamos abrir la puerta para salir a limpiar y nos echaron de vuelta a la casa. Después de eso, no hemos vuelto a intentarlo”, lamenta.

Hamdan da un significado a su presencia, pese a la presión: “Si me voy de esta casa, me quedé sin ella. ¿Y adónde iría? Se quedarán la casa, pero no se detendrán ahí. Irán a la de abajo y harán lo mismo, luego a la de atrás y a la siguiente. No se conformarán con la nuestra. Avanzarán poco a poco y tomarán el control de tantas como puedan. El número no les importa. Lo que les importa es tomar el control”.

Qusra está en la denominada zona B del territorio ocupado de Cisjordania, según la división establecida en los Acuerdos de Oslo (1993) que Israel viene difuminando con su política de anexión de facto. En la zona B, la seguridad está en manos de Israel y la responsabilidad administrativa, en las de la ANP, y es donde los colonos violentos han puesto la mirada, tras forzar el desplazamiento de miles de palestinos en la zona C, aquella en la que se alzan decenas de asentamientos e Israel controla todo.

“Como Ayuntamiento, nuestro papel debe ser humanitario y orientado a proveer servicios. Electricidad, agua, que los niños puedan ir a la escuela y las familias, a los supermercados, con seguridad y en libertad. Pero en los últimos diez días nos hemos sentido profundamente impotentes. Como que les hemos fallado, porque esto es un cerco y, como alcalde, no puedo romperlo solo […] Necesitamos intervención diplomática”, asegura el responsable del consejo municipal de Qusra, Abdul Azim Wadi.

Delegaciones

El cerco ha ido ganando tanta atención internacional como mostrando su falta de voluntad o impotencia por levantarlo. Durante la jornada, llegan tres delegaciones. La primera es del Ministerio de Seguridad Social de la Autoridad Nacional Palestina. La segunda está liderada por Michel Rentenaar, el representante diplomático de Países Bajos ante la ANP. La tercera, de la ONG Médicos por los Derechos Humanos – Israel. Las tres se resignan a ver la situación a lo lejos, desde un alto donde cuesta distinguir las figuras sin teleobjetivo.

Abdul Karim Hassan, de 63 años, también mira, desde dentro de su coche, pero con una sensación diferente. Tiene a una esposa y tres hijos divididos entre las dos casas sitiadas, a las que no puede llegar. “Es muy difícil porque solía estar allí antes de que amaneciese para trabajar mi tierra. Estaba allí cada día y ahora solo puedo mirar hacia allí. No es sólo que no pueda hacer nada, es que el mundo entero no sabe lo que hacer con el terrorismo israelí”, protesta.

Hassan asegura que intentó entrar a pie en los dos primeros días del asedio, pero los colonos se lo impidieron, bloqueando las carreteras. “Es una zona militar cerrada… Cerrada a los palestinos, por supuesto. Hace dos minutos, pasó un colono con un tractor por aquí, dio una vuelta junto al ejército y el ejército no hizo nada”, resume. “A veces llamábamos al ejército, pero los soldados venían y bebían café con ellos, o se les unía. Son lo mismo”.

La sensación de Hassan viene profundizada por un vídeo del día en que los radicales judíos levantaron su protoasentamiento (del tipo que no solo el derecho internacional, sino también Israel considera ilegales) frente a las casas palestinas. En vez de remediarlo, los soldados despachados se unieron a ellos para rezar y hacerse fotos. Desde octubre de 2023, ha implosionado la figura de los colonos movilizados como reservistas. Son residentes en los asentamientos que reciben un arma larga, autoridad castrense y un uniforme, que a veces llevan incluso sin estar de servicio.

La interconexión entre colonos y el Gobierno de la historia de Israel en el que cuentan con mayor influencia es hoy tan poco disimulada que ningún ministro ha condenado el asedio, incluido Netanyahu, pese a estar involucrado un ciudadano de su gran valedor, EE UU.

Cada vez más banderas israelíes y estrellas de David pueblan las carreteras de Cisjordania. Estos días, un cartel del ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, anuncia la entrada en vigor de las exenciones fiscales para “residentes de Judea y Samaria”, es decir, los colonos judíos en Cisjordania. Una pintada en árabe va dirigida por el contrario a los palestinos: “No hay futuro”.

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