El éxtasis de Tamara Falcó: de «Dama y vagabundo» a Santa Teresa de Jesús

Los hermanos Caño aterrizaron en el programa de Cristina Pardo para explicar el fenómeno viral de «Dama y vagabundo», pero la conversación sobre la fe terminó entregando el plató a una Tamara Falcó absolutamente arrebatada: «Dios tenía un plan conmigo y lo sigue teniendo» Leer Los hermanos Caño aterrizaron en el programa de Cristina Pardo para explicar el fenómeno viral de «Dama y vagabundo», pero la conversación sobre la fe terminó entregando el plató a una Tamara Falcó absolutamente arrebatada: «Dios tenía un plan conmigo y lo sigue teniendo» Leer  

Los hermanos Caño entraron cantando Dama y vagabundo y Tamara Falcó terminó prácticamente levitando. Entre medias hubo pijos, cayetanos, memes, Hakuna, una Biblia, Dios y una Cristina Pardo que, probablemente, cuando preparó la escaleta de La Mesa no podía imaginar que aquello acabaría convertido en una versión televisiva y contemporánea del éxtasis de Santa Teresa.

Bendita televisión.

Porque los Caño llegaban anoche a La Mesa como uno de esos fenómenos inexplicables que de vez en cuando fabrica Internet. Una familia de seis hermanos –Natalia, David, Álvaro, Javi, Miki y Pep– acostumbrada a cantar junta que durante unas vacaciones en Huesca hizo exactamente eso: cantar. Eligieron Dama y vagabundo, lo grabaron, lo publicaron y el algoritmo decidió que España tenía nuevo acontecimiento nacional.

Desde entonces ha ocurrido de todo. Millones de reproducciones, memes, imitaciones, análisis casi sociológicos sobre quiénes son, de dónde vienen, cuánto dinero tienen, si son pijos, si son cayetanos, si pertenecen a un coro religioso… Y ellos, mientras tanto, continúan defendiendo que lo que para media España se ha convertido en un objeto de estudio para ellos era simplemente una escena familiar más.

«Para nosotros es un vídeo súper normal», explicaron en La Mesa. «Es como lo que hacemos desde pequeños, que es cantar, disfrutar, reírnos y ya está». El asunto ha alcanzado tal dimensión que hasta ellos han terminado víctimas de su propia criatura: «Hemos acabado soñando con la canción». Imagínense.

España lleva semanas escuchando Dama y vagabundo, pero ellos no pueden escapar ni dormidos.

Cristina Pardo quiso saber cómo habían vivido el tsunami. Y los Caño demostraron que, al menos de momento, parecen haberse tomado el asunto bastante mejor que quienes llevan semanas discutiendo sobre ellos en las redes sociales. «Siempre va a haber gente que va a criticar y además es que nos hace gracia porque nos reímos», explicaron sobre las etiquetas que les han colocado desde que comenzó el fenómeno.

Y ahí reside parte de la gracia de los Caño. No parecen estar especialmente interesados en desmontar la imagen que Internet ha construido de ellos. Tampoco en pedir perdón por ella. Cantan, se ríen y continúan. Su intención, contaron, ya era intentar hacer música antes de que España decidiera convertirlos en meme: «Si podemos hacer música, que es nuestro sueño, pues ¿por qué no?».

Hasta aquí, La Mesa tenía una historia estupenda. Una familia convertida accidentalmente en fenómeno viral, el eterno tribunal de las redes sociales y unos protagonistas intentando comprender por qué algo que llevan haciendo toda la vida ha provocado semejante incendio. Pero entonces apareció Tamara Falcó. Y se abrieron los cielos.

Porque el programa había decidido aprovechar otra de las dimensiones que ha acompañado al fenómeno Caño: la religión. Junto a ellos y a Falcó se sentaron Carlos Bobillo, vinculado a Hakuna, Ramoncín y Máximo Huerta para conversar sobre la fe. La pregunta planteada por el programa tampoco era pequeña: ¿qué hace que alguien empiece a creer? ¿Cómo sabe una persona que eso que siente es Dios?

Y si sientas a Tamara Falcó ante semejante pregunta tienes que asumir las consecuencias.

Cristina Pardo le preguntó por el momento en el que ella comenzó a creer. Falcó cogió aire. Y comenzó la ascensión.

«He tenido muchas épocas de mi vida y siempre andaba buscando», recordó. Lo tenía aparentemente todo, pero había algo que no funcionaba: «No era del todo feliz y no sabía por qué». Y eso, explicó, resultaba «frustrante». Hasta que se fue al campo con una Biblia. «Todo empezó a tener sentido», afirmaba. Y a Tamara también pareció empezar a cambiársele la cara.

Porque una cosa es escuchar a alguien hablar sobre su fe y otra muy diferente contemplar a Tamara Falcó hablando de Dios. Falcó no relata su conversión: la revive. Se le ilumina la mirada, cambia el gesto, se entrega al recuerdo con tal convencimiento que por momentos sólo faltaba que Bernini irrumpiera en La Mesa para tomar apuntes.

«Empecé a rezar», continuó. Recordó entonces a su abuela, que «rezaba muchísimo por toda la familia», y cómo aquel cambio desconcertó incluso a sus padres: «Fliparon».

A esas alturas Dama y vagabundo había desaparecido del mapa. Los Caño habían llegado convertidos en el gran fenómeno viral del momento y Tamara Falcó acababa de secuestrar espiritualmente la entrevista. No había forma de competir.

Tamara Falcó explicó también que, pese a lo que se publicó durante aquellos años, nunca sintió esa «llamada interior» que la condujera a hacerse monja. Su camino era otro. «Dios tenía un plan conmigo y lo sigue teniendo», proclamó. Y entonces llegó la frase. La frase ante la que sólo cabía imaginar a Santa Teresa observando desde algún lugar y pensando: ésta es de las mías: «Me da igual que todo me esté yendo mal, yo tengo a Dios».

Fin. No hacía falta nada más.

«Nada te turbe, nada te espante», escribió Santa Teresa de Jesús. Cinco siglos después, Tamara Falcó encontró en La Mesa su propia versión para la televisión: me da igual que todo vaya mal, yo tengo a Dios. Y no hay ironía capaz de competir con eso.

Porque lo fascinante de Tamara Falcó como personaje televisivo no es lo que cuenta, sino la ausencia absoluta de miedo a contarlo. No hay cinismo, ni coraza, ni distancia. Tampoco parece existir ese pequeño mecanismo interno que la mayoría de personajes públicos activa antes de hablar y que pregunta: «¿Qué van a hacer mañana con esta frase?».

Tamara no. Tamara se lanza. Por eso funciona.

Podrá hablar de Isabel Preysler, de Íñigo Onieva, de una receta, de su título de marquesa o de Dios. Da exactamente igual. Falcó posee una de las cualidades más difíciles de encontrar en televisión: la capacidad de entregar un momento sin que parezca estar buscándolo. O quizá lo sabe perfectamente y ahí reside el misterio.

Mientras otros invitados calculan cómo quedará una declaración convertida en titular, ella ya está tres titulares más adelante. Mientras otros colocarían veinte precauciones antes de explicar públicamente su relación con la religión, Tamara Falcó cuenta que se fue al campo con una Biblia, que empezó a rezar, que sus padres «fliparon», que Dios tenía un plan para ella y que, aunque todo se hunda, mientras tenga a Dios lo demás importa bastante poco.

Todo seguido. Todo convencidísima. Todo Tamara.

Por eso el momento resultó mucho más divertido que cualquier broma preparada. La comicidad no estaba en su fe ni debería estarlo. Estaba en la escena televisiva, en el contraste, en la intensidad creciente de un relato que tenía unos hermanos convertidos en fenómeno viral por cantar juntos y a la marquesa de Griñón describiendo cómo encontró a Dios. Ni el mejor guionista.

Los Caño, además, sirvieron involuntariamente como el contrapunto perfecto. Ellos llevan semanas intentando explicar que no hay demasiado misterio detrás del vídeo que ha obsesionado a España. Que estaban de vacaciones en Huesca, que cantar juntos es habitual en su familia, que se lo estaban pasando bien, que alguien grabó aquello y que lo subieron a las redes.

Porque para los Caño es normal cantar así en familia. Para Tamara Falcó es normal hablar así de Dios. Los únicos que asistimos perplejos somos los demás.

Y ahí encontró La Mesa uno de esos momentos que justifican un programa de televisión. No porque ocurriera nada extraordinario en términos estrictos. Nadie discutió, nadie abandonó el plató, nadie reveló un secreto monumental. Simplemente se sentaron varias personas a hablar y, en algún momento, la conversación tomó vida propia. Eso es muchísimo más difícil de conseguir de lo que parece.

Cristina Pardo dejó correr el relato. Los Caño explicaron el suyo. Tamara Falcó abrió el suyo de par en par. Y durante unos minutos una tertulia sobre un fenómeno viral se convirtió en una conversación sobre por qué creemos, qué buscamos cuando sentimos que nos falta algo y qué encuentra cada uno cuando cree haberlo encontrado.

Sólo que Tamara lo hizo a su manera. A lo grande. En éxtasis, como su cara cuando llegaron los Caño.

Los hermanos Caño habían llegado cantando Dama y vagabundo. Eran, sobre el papel, el fenómeno de la noche. Los protagonistas de un vídeo que España lleva semanas reproduciendo, parodiando, analizando y juzgando. Pero tuvieron la mala o buena suerte de sentarse al lado de Tamara Falcó y preguntarle por Dios.

Y ahí ya no había algoritmo capaz de competir. Los Caño se hicieron virales cantando. Tamara terminó viendo la luz.

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