Yola Berrocal o la crueldad de Supervivientes: ni pasando hambre dejan de juzgar el cuerpo de una mujer

La gala de Supervivientes All Stars abrazó el caos con unos monos robando la comida de los concursantes, Jorge Javier diagnosticando el «espíritu Pantoja», Yola enfrentándose a los comentarios sobre su físico y la sorprendente expulsión de Laura Cuevas Leer La gala de Supervivientes All Stars abrazó el caos con unos monos robando la comida de los concursantes, Jorge Javier diagnosticando el «espíritu Pantoja», Yola enfrentándose a los comentarios sobre su físico y la sorprendente expulsión de Laura Cuevas Leer  

Supervivientes lleva 25 años buscando formas de hacerles la vida imposible a sus concursantes. Hambre, mosquitos, tormentas, pruebas imposibles, cocos que no se abren, peces que no pican, compañeros a los que a la tercera semana quieres lanzar al Caribe y un Jorge Javier Vázquez que desde Madrid es capaz de meter el dedo en la llaga con mayor precisión que un cirujano. Pues resulta que todo ese esfuerzo era innecesario. Bastaban unos monos. Sí, unos monos.

Anoche, Supervivientes All Stars alcanzó uno de esos momentos de gloria televisiva que ningún guionista podría haber escrito sin que alguien le hubiera contestado: «Venga, hombre». Los concursantes llevan más de dos semanas prácticamente sin dotación de comida. Hambre de la de verdad. Hambre de mirar un coco como quien contempla un solomillo Wellington. Hambre de hablar de comida como si se estuviera escribiendo una novela erótica. Y cuando por fin consiguieron provisiones, cuando parecía que el universo había decidido apiadarse de ellos, llegaron los monos. Y se las robaron.

«¡Esas almendras son nuestras!», gritaban los supervivientes mientras los animales saqueaban Zona Luna con una tranquilidad insultante. Maravilloso.

No sé quién ganó anoche Supervivientes All Stars, pero los monos seguro. Llegaron, cogieron lo que quisieron y se marcharon. Sin nominaciones, sin apnea, sin saltar desde ningún helicóptero y sin tener que aguantar una sola palapa. Eso sí que es saber concursar.

El atraco simiesco fue, además, la metáfora perfecta de una gala en la que ocurrió prácticamente de todo. Porque si algo demostró anoche Supervivientes es que cuanto menos intenta parecerse a un programa perfectamente controlado, mejor programa es. Su naturaleza es el caos. Y cuando el caos campa a sus anchas aparecen esas noches en las que Jorge Javier Vázquez sólo necesita sentarse, observar el incendio y decidir en qué momento echar un poquito más de gasolina. Y vaya si la echó.

Marta Peñate ni siquiera concursa en esta edición y, sin embargo, sigue teniendo una capacidad asombrosa para convertirse en concursante de cualquier Supervivientes que exista..

La capitana entró de lleno en el conflicto entre Ivana Icardi y Omar Sánchez después de que Ivana utilizara durante una discusión el asunto de la maternidad y de que Omar no hubiera tenido hijos. Marta saltó. Porque Marta Peñate siempre salta y porque para Marta Peñate el tema de la maternidad es más que delicado. Lleva años intentando ser mamá. Y eso duele. Y el asunto llegó hasta la palapa. Entonces apareció Jorge Javier.

Hay presentadores que conducen un programa. Jorge Javier Vázquez hace otra cosa. Jorge Javier espera. Aguarda hasta que encuentra una rendija, una frase, un gesto. Y cuando la encuentra, dispara. Anoche escuchó a Marta, vio por dónde iba aquello y pronunció una de esas frases que condensan horas de reality en cinco palabras: «Se está entendiendo el espíritu Pantoja». Pum. No necesitaba más.

Porque, además, el «espíritu Pantoja» flotaba anoche sobre Supervivientes como si Cantora hubiera sido trasladada por piezas hasta los Cayos Cochinos. Asraf Beno sigue concursando. Alma Bollo regresaba al plató después de abandonar por prescripción médica. Isa Pantoja estaba allí. Laura Cuevas, hija del que fuera mayoral de Cantora, se jugaba la expulsión. Sólo faltaba que uno de los monos apareciera con una bata de cola.

Uno puede sacar a los concursantes de Cantora, pero sacar Cantora de Supervivientes es bastante más complicado. Y, sin embargo, ocurrió algo curioso. El encuentro que sobre el papel tenía todos los ingredientes para convertirse en el gran incendio de la noche acabó siendo probablemente uno de sus momentos más serenos.

Isa Pantoja y Alma Bollo se encontraron frente a frente después de años de distanciamiento. Tres años sin hablarse, según confirmó Alma, desde aquella edición de Supervivientes en la que concursó Asraf. Antes incluso de verse en plató se habían cruzado en maquillaje y prácticamente no se habían dirigido la palabra.

La televisión conoce perfectamente lo que significa sentar a dos personas que llevan tres años sin hablarse y preguntarles por qué llevan tres años sin hablarse. No hace falta un máster en entretenimiento. Jorge Javier preguntó. Pero la bomba decidió no explotar.

Isa le deseó a Alma que se recuperase y explicó que, por respeto al cariño que se habían tenido desde pequeñas, nunca tendría una mala palabra hacia ella. Alma respondió en términos similares. Y ahí quedó.

En una gala en la que hasta los monos robaban comida, dos personas que llevaban tres años sin hablarse decidieron comportarse como adultas. Qué decepción para la televisión. Qué alivio para ellas. Aunque la paz duró lo que suele durar la paz en Supervivientes. Porque todavía quedaba Yola Berrocal.

Yola Berrocal pertenece a esa estirpe de personajes televisivos a los que no hace falta explicar. Yola es Yola. Lleva décadas siéndolo. Excesiva, imprevisible, ingenua a veces, desbordante casi siempre. Puede aparecer en pantalla durante 30 segundos y conseguir que parezca que acaba de entrar una carroza de Carnaval en un velatorio. Pero anoche le tocó escuchar algo bastante menos divertido.

En la palapa salieron a relucir los comentarios que algunos de sus compañeros habían realizado sobre su físico. Sobre su aspecto. Sobre si parecía o no que estuviera pasando las mismas penurias que el resto. Sobre cómo estaba su cuerpo después de estos días de supervivencia.

Y entonces uno se pregunta cómo demonios funciona nuestra cabeza para que puedas estar perdido en Honduras, durmiendo sobre cuatro tablas, alimentándote con lo que consigues pescar, cubierto de picaduras y contando los granos de arroz, y aun así encuentres un ratito para fiscalizar el cuerpo de una mujer. Ni el hambre nos quita eso.

Yola escuchó las explicaciones. Algunos intentaron matizar. Otros justificar. Se generó tensión. Y ella hizo algo bastante más eficaz: seguir allí. La audiencia la salvó.

Porque esa es otra de las deliciosas contradicciones de Supervivientes: puedes pasar horas explicando por qué alguien sobra, por qué alguien no hace suficiente, por qué alguien no parece estar viviendo la misma experiencia que tú y, al final, aparece el público y dice: ésta se queda. Yola se quedó. También Rosa Benito. Y Laura Cuevas se fue.

La expulsión de Laura Cuevas fue posiblemente la mayor contradicción televisiva de toda la noche. Había entrado apenas nueve días antes para sustituir a Alma Bollo y se marchó reconociendo algo que cualquiera que la hubiera visto durante esos nueve días ya sabía: había llegado desbocada. Y precisamente por eso era una magnífica concursante de reality.

No necesariamente la mejor superviviente. No necesariamente la más querida. Ni siquiera la que mejor convivía. Pero hacía cosas. Y esto, aunque parezca una obviedad, empieza a ser casi revolucionario en algunos realities.

Laura discutía. Laura reaccionaba. Laura se equivocaba. Laura explotaba. Laura hablaba cuando probablemente debería haberse callado y se callaba cuando ya era demasiado tarde. Laura generaba situaciones.

Hasta Jorge Javier lamentó su marcha y puso palabras a una de las grandes paradojas de estos formatos: muchas veces la audiencia termina expulsando precisamente a los concursantes que más necesita el programa.

Laura Cuevas pidió perdón por su manera de entrar. Hizo autocrítica. Reconoció su explosividad. Y Jorge Javier vino a decirle que ojalá todos llegaran así, que ya se encargarían ellos de frenarlos. Exacto. Un reality no necesita muebles. Para muebles ya está Ikea.

Necesita personas que hagan cosas. Que provoquen algo. Incluso rechazo. Sobre todo rechazo. Porque el gran enemigo de un reality no es que un concursante caiga mal. Es que dé exactamente igual. Laura Cuevas no daba igual. Y se fue.

Mientras, los monos seguían siendo probablemente los grandes triunfadores de la noche. Por eso la gala de anoche funcionó mucho mejor como colección de accidentes que como sucesión de grandes acontecimientos anunciados. No hizo falta inventarse una trama extraordinaria. No hizo falta convertir cada conexión en «el momento más esperado de la edición». Bastó con dejar que el ecosistema natural de Supervivientes hiciera su trabajo.

Sobre todo, unos monos robando almendras. Porque llevamos años hablando de cómo han cambiado los realities, de estrategias, carpetas, fandoms, porcentajes, redes sociales, concursantes profesionales y personajes que llegan con el manual aprendido. Supervivientes All Stars, por definición, está lleno de personas que ya conocen ese manual. Saben dónde están las cámaras. Saben qué es una palapa. Saben cuándo entra Jorge Javier. Saben cuándo una frase puede convertirse en vídeo viral. Son veteranos.

Y entonces aparece un mono, roba la comida y manda el manual a paseo. Eso es Supervivientes.

Puede haber 20 años de experiencia televisiva, cien reuniones de escaleta y un casting repleto de profesionales del reality. Pero al final la televisión en directo sigue teniendo algo que ningún algoritmo puede programar: el instante en que todo se va al carajo. Anoche se fue. Bendito disparate.

 Televisión // elmundo

Noticias Similares