El genocidio armenio como arma diplomática

El reconocimiento del genocidio armenio, un paso que acaba de dar Israel, siempre ha sido mucho más que una cuestión de memoria histórica. Los Estados no reconocen genocidios solo porque, de pronto, descubran la verdad. La verdad estaba ahí. Los supervivientes hablaron durante décadas. La diáspora armenia empujó, escribió, presionó y recordó una y otra vez. Si el respeto a las víctimas hubiera bastado, el reconocimiento habría llegado hace mucho tiempo. Lo que cambia es el momento político: el coste de incomodar a Turquía y la utilidad de convertir una memoria ajena en un mensaje diplomático propio.

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 El reconocimiento del exterminio de 1915, reclamado durante décadas por los armenios, avanza muchas veces no cuando lo exige la memoria, sino cuando sirve para incomodar a Turquía. Israel es el último ejemplo  

El reconocimiento del genocidio armenio, un paso que acaba de dar Israel, siempre ha sido mucho más que una cuestión de memoria histórica. Los Estados no reconocen genocidios solo porque, de pronto, descubran la verdad. La verdad estaba ahí. Los supervivientes hablaron durante décadas. La diáspora armenia empujó, escribió, presionó y recordó una y otra vez. Si el respeto a las víctimas hubiera bastado, el reconocimiento habría llegado hace mucho tiempo. Lo que cambia es el momento político: el coste de incomodar a Turquía y la utilidad de convertir una memoria ajena en un mensaje diplomático propio.

Estados Unidos y Alemania son dos ejemplos claros de esa lógica. Durante décadas, Washington evitó llamar genocidio al exterminio de 1915 para no irritar a Turquía, un aliado de la OTAN demasiado importante como para incomodarlo con una palabra. Por eso el gesto del entonces presidente estadounidense Joe Biden en 2021 fue histórico, pero también político. Llegó cuando la relación con su homólogo turco, Recep Tayyip Erdogan, ya estaba muy deteriorada: la compra turca del sistema antiaéreo ruso S-400, las tensiones por Siria, el autoritarismo creciente en Turquía y la sensación de que Ankara había dejado de comportarse como un aliado fiable. Biden no descubrió en 2021 lo ocurrido en 1915. Simplemente llegó a la conclusión de que Turquía ya no tenía el mismo poder de veto sobre la memoria armenia.

Algo parecido ocurrió en la Alemania de Merkel. El Bundestagreconoció el genocidio armenio en 2016, en una resolución simbólica porque también admitía la responsabilidad histórica del Imperio alemán, aliado de los otomanos durante la I Guerra Mundial. Pero tampoco llegó en el vacío. Alemania vivía entonces una relación incómoda con Erdogan, marcada por la crisis de los refugiados sirios y el acuerdo entre la Unión Europea y Turquía. Turquía retiró a su embajador tras la votación. La decisión fue moralmente importante, pero también dejó ver una paradoja: incluso los actos de justicia histórica llegan cuando el contexto político los permite.

En ambos casos, el reconocimiento no puede reducirse solo a una maniobra contra Turquía. Sería injusto. Hubo presión de la diáspora armenia, trabajo de historiadores, memoria de los supervivientes y una larga batalla contra el negacionismo. Pero el momento elegido muestra cómo funciona muchas veces la política internacional: la verdad histórica rara vez basta por sí sola. Necesita una ventana de oportunidad. Y esa ventana suele abrirse cuando los Estados calculan que pueden pronunciar esa verdad sin pagar un precio excesivo.

El último caso es Israel. El Gobierno israelí ha decidido reconocer el genocidio armenio más de un siglo después de que el Imperio otomano —del que surgió la Turquía moderna— deportara, expulsara y exterminara a la mayor parte de su población armenia. Es una frase que podría parecer el cierre tardío de una deuda moral. Pero en política internacional las palabras rara vez llegan solas. Llegan cuando convienen, cuando pesan menos los costes que los beneficios o cuando la memoria de las víctimas puede convertirse en una herramienta más.

Israel, un Estado construido sobre la memoria del Holocausto, ha evitado durante décadas reconocer oficialmente el genocidio armenio. Ahora lo hace cuando sus relaciones con Turquía atraviesan uno de sus peores momentos, cuando Ankara acusa a Netanyahu de crímenes en Gaza y cuando el propio Gobierno israelí necesita recuperar una autoridad moral muy erosionada. La pregunta no es solo por qué Israel reconoce ahora el genocidio armenio. La pregunta es por qué no lo hizo antes.

La decisión anunciada por el Gobierno israelí hace dos semanas todavía tiene una vida parlamentaria incierta: debe pasar por la Knessetpara convertirse en reconocimiento formal. “No creo que sea un paso histórico serio”, afirma Stefan Ihrig, historiador de la Universidad de Haifa y especialista en historia turca y europea. Para Ihrig, el problema no es el reconocimiento en sí, sino el modo, el calendario y el uso político de un acto que debería pertenecer al terreno de la memoria, no al de la represalia diplomática.

La sospecha es difícil de evitar. El ministro de Exteriores israelí, Gideon Saar, presentó la decisión como un “deber moral e histórico”. Pero el gesto llega en pleno choque con Turquía y cuando el Parlamento israelí se aproxima a una posible disolución, lo que puede dejar la iniciativa en tierra de nadie. Ihrig lo resume como un movimiento de un Gobierno en retirada, sin recorrido real. En otras palabras: un mensaje a Ankara para decir “también nosotros podemos tocar vuestras heridas”.

Vahram Ter-Matevosyan, historiador y especialista en Turquía y el Cáucaso sur, no cree que el gesto provoque una ruptura dramática entre Israel y Turquía. La relación, dice, ya está demasiado deteriorada. “Es difícil imaginar que este reconocimiento se convierta en la causa de una nueva crisis”, explica. La consecuencia puede no ser una ruptura material, sino una acumulación simbólica. Otro argumento para Erdogan. Otro ejemplo de cómo la memoria armenia vuelve a entrar en una guerra que no es armenia.

Y ahí aparece Armenia. El Gobierno de Nikol Pashinián ha evitado celebrar la decisión. No es un detalle menor. Cuando Biden reconoció el genocidio armenio en 2021, Pashinián lo recibió como un acto de justicia histórica. Ahora, ante Israel, ha preferido tomar distancia y hablar de evitar la “instrumentalización” del genocidio armenio: el uso como arma, la apropiación de una memoria ajena para fines presentes. Pashinián ya había dicho en marzo de 2025 que el reconocimiento internacional no está entre las prioridades actuales de la política exterior armenia. Para muchos armenios, esa frase sonó a ruptura.

Ter-Matevosyan lo interpreta como un giro profundo. “El reconocimiento internacional del genocidio armenio no tiene lugar en las prioridades de política exterior de su Gobierno porque contradice los fundamentos y principios rectores de su marco posterior a 2020: la Era de Paz y la normalización de relaciones con los vecinos de Armenia”, señala. El Estado armenio actual parece querer actuar menos como portavoz de una causa histórica global y más como un Estado pequeño, vulnerable y rodeado de enemigos.

Manifestación de armenios en París

El caso israelí añade otra capa de cinismo. Israel reconoce a los armenios asesinados en 1915, pero muchos armenios recuerdan su estrecha cooperación militar con Azerbaiyán durante la guerra de Nagorno Karabaj (Artsaj en armenio) en el año 2020 y el silencio israelí en 2023, cuando más de 100.000 armenios fueron expulsados de la región tras la ofensiva azerbaiyana.

Y miran, sobre todo, hacia Jerusalén, donde la comunidad armenia del Barrio Armenio de la Ciudad Vieja vive desde hace años una crisis existencial por el llamado Jardín de las Vacas. Levon Kalaydjian, armenio nacido y criado en el Barrio Armenio de Jerusalén, mira el reconocimiento israelí desde una realidad mucho más concreta que una resolución gubernamental. Recuerda que muchos supervivientes y huérfanos de 1915 fueron acogidos en el convento armenio y en el Jardín de las Vacas. “Por eso el Jardín de las Vacas es importante para nuestra historia, no solo por su ubicación geográfica dentro de la Ciudad Vieja”, explica.

Para Kalaydjian, esa historia explica por qué el reconocimiento israelí se recibe en el Barrio Armenio con una mezcla de prudencia y escepticismo. La comunidad no duda de la importancia de que Israel pronuncie la palabra genocidio, pero tampoco puede separar ese gesto de lo que vive hoy en Jerusalén. “No diría que los israelíes odian a los armenios”, sostiene. El problema, según él, es político. Bajo el Gobierno de Netanyahu, afirma, los grupos extremistas se sienten cada vez más protegidos y con más margen para presionar a comunidades no judías en Jerusalén. Kalaydjian no siente que las autoridades israelíes hayan protegido suficientemente a la comunidad armenia frente a esos grupos. Cree que el clima político y el apoyo policial les han dado más poder.

Ahí es donde el reconocimiento israelí se vuelve incómodo. ¿Qué significa reconocer a los armenios muertos si los armenios vivos de Jerusalén sienten que la administración israelí no los protege frente a quienes amenazan su presencia histórica? Ihrig lo formula sin rodeos: “Hay una contradicción. Israel debería hacer fácil y agradable que los armenios vivan en Jerusalén y en otros lugares del país, no hacer que se sientan amenazados”.

El reconocimiento del genocidio armenio seguirá siendo necesario: la negación ha sido durante más de un siglo una segunda violencia. Pero el caso israelí obliga a plantear una pregunta menos cómoda: ¿qué valor tiene una verdad histórica cuando se pronuncia tarde, en el momento más útil y sin hacerse cargo del presente? Los muertos de 1915 no necesitan a Netanyahu para saber lo que ocurrió. Tampoco necesitan a Erdogan para negarlo. La pregunta es otra: ¿qué hacen los vivos con esa memoria?

Israel ha decidido pronunciar una verdad. Pero una verdad dicha en el momento más conveniente y sin mirar de frente a los armenios que aún viven bajo su autoridad en Jerusalén corre el riesgo de sonar menos como reparación histórica que como una maniobra diplomática.

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