
Un libro impactante que se ha convertido en un fenómeno editorial en Italia ha terminado de destapar un polémico mecanismo legal en el que, según las ONG, se han visto atrapadas más de 3.300 personas, entre ellas menores, en la última década. Esas personas han sido condenadas a duras penas de cárcel, incluso de 30 años, acusadas de favorecer la inmigración ilegal en el Mediterráneo solo porque les tocó llevar el timón de la patera con la que viajaron, a menudo por ser los únicos que sabían hacerlo o simplemente por parecer que tenían alguna responsabilidad a bordo.
El libro de un joven libio, que se ha convertido en un fenómeno editorial en Italia, destapa el mecanismo legal que lleva a prisión a cientos de migrantes solo por llevar el timón de un barco
Un libro impactante que se ha convertido en un fenómeno editorial en Italia ha terminado de destapar un polémico mecanismo legal en el que, según las ONG, se han visto atrapadas más de 3.300 personas, entre ellas menores, en la última década. Esas personas han sido condenadas a duras penas de cárcel, incluso de 30 años, acusadas de favorecer la inmigración ilegal en el Mediterráneo solo porque les tocó llevar el timón de la patera con la que viajaron, a menudo por ser los únicos que sabían hacerlo o simplemente por parecer que tenían alguna responsabilidad a bordo.
Perché ero ragazzo (editorial Sellerio, se puede traducir como Porque era un chaval), escrito en la prisión de Palermo por Alaa Faraj, un joven libio que ahora tiene 31 años, cuenta su increíble historia: en 2015 fue condenado a 30 años —hasta agosto de 2045, pena confirmada por el Tribunal Supremo italiano—, junto a otras seis personas, porque algunos testigos lo señalaron en el desembarco como alguien que repartió agua en la travesía y que luego, en el buque de rescate, estaba separado del resto, aunque explicó que fue porque él y sus amigos eran los únicos libios.
Eran cuatro jóvenes de Bengasi de 20 años, promesas del fútbol en su país, en el primer año de universidad, cuyos sueños se rompieron por la guerra en Libia y que viajaron a Europa pensando que allí aún serían posibles. Se veían jugando en clubes europeos, estudiando una carrera. Pero fueron arrestados nada más llegar sin entender lo que estaba pasando. Su caso se ha conocido como “el de los futbolistas libios”.

Su embarcación fue tristemente célebre porque al llegar a tierra, el 15 de agosto de 2015 en Lampedusa, aparecieron 49 cadáveres de personas encerradas bajo cubierta. Causó gran conmoción pública y se buscaron responsables, aunque los que iban en la parte superior aseguraron que no sabían que había más gente debajo.
Siguió un proceso judicial kafkiano en el que los acusados no conocían la lengua ni sabían bien de qué se les acusaba. Asistidos por abogados de oficio mal preparados, Faraj, sus tres amigos, otro libio y dos marroquíes acabaron con condenas sin precedentes. También fue condenado el hombre que pilotaba el barco, un tunecino que aceptó llevarlo a cambio de dinero para pagar la terapia de su madre, enferma de cáncer. En el juicio dijo que los chicos no tenían nada que ver, pero no fue escuchado.
Indulto y revisión del proceso
“He escrito este libro para dar justicia, no solo a mí sino también a esas 49 personas muertas, y para que nadie tenga que pasar por lo que yo he pasado, arrojado a la cárcel sin saber el motivo”, cuenta Faraj a EL PAÍS en conversación telefónica desde Palermo.
“Estos años he conocido en la cárcel muchas historias como la mía, personas que llevaron el barco porque les amenazaron, porque no tenían dinero para el viaje, porque los traficantes les dejaron en medio del mar y ellos sabían llevar el timón porque eran pescadores”, relata. La asociación palermitana Porco Rosso documenta desde 2014 estos casos: ascienden ya a 3.300 en la última década. Actualmente siguen a 147 personas en esta situación, la mitad de ellas en prisión.
Es una situación que también se produce en España, pero el caso de Faraj, por lo elevado de su condena, es único en Europa. Tras el éxito del libro, su lucha por defender su inocencia culminó el pasado diciembre, cuando el presidente de la República, Sergio Mattarella, concedió a Faraj una gracia parcial, con una rebaja de pena de 11 años que le permitía acceder a permisos. Hace dos meses consiguió que se admitiera la revisión de su proceso —será en octubre— y salir en libertad provisional, después de 11 años en prisión. Luego, también el resto de condenados fueron saliendo de la cárcel. El último, el miércoles.
Faraj salió el 19 de mayo. “Era martes”, recuerda. “Imagina, después de estar 11 años en la cárcel sin motivo, poder abrazar a quienes quieres. Ves que la vida es tan bella, el aire tan ligero, que ves realmente lo que te faltaba en la cárcel, porque cuando estás dentro no te das cuenta del tiempo que pasa”, explica.
El libro de Alaa Faraj, galardonado con el premio Terzani, acerca a la realidad de miles de historias de la inmigración del Mediterráneo: cómo surge la decisión de dejar Libia en una familia de clase media (su padre es ingeniero y su madre, profesora), la imposibilidad de hacerlo legalmente, el miedo de embarcarse, el no decirlo en casa. Está escrito con el italiano que Faraj ha aprendido en prisión, sin corregir, pero que transmite una voz muy auténtica y llena de dignidad.
Sobre todo sorprende la ausencia de rencor. Que Faraj, a pesar de todo, cree en la justicia, en las instituciones, y no se rinde; y que ha encontrado en la cárcel a personas que le han ayudado en esa batalla. Funcionarios, educadores, psicólogos, policías. “Siempre he encontrado a personas que me han tratado con amabilidad, con humanidad, que me han dado la llama del saber, de conocer, y me ayudaban a olvidar la dureza del lugar en el que estaba”, relata. En prisión ha seguido con sus estudios.

Es una historia de sueños rotos, pero también de personas que no se rinden. Una de ellas es Alessandra Sciurba, profesora de Filosofía del Derecho y activista, que conoció a Faraj en prisión y entabló amistad con él. Al final han acabado casándose este año.
Fue ella quien tuvo la idea del libro, que nació en forma de cartas. Contactó con la editorial e hizo conocer el caso al arzobispo de Palermo, Corrado Lorefice, y al sacerdote Luigi Ciotti, muy conocido por su lucha contra la mafia. En Italia hay personalidades de la Iglesia muy activas en la vida pública en la defensa de derechos: la primera presentación del libro fue en la catedral de Palermo.
Era la primera vez que Faraj salía de prisión, el 29 de septiembre de 2025. “Lo primero que dijo fue que le hacía feliz que hubiera flores y niños, porque eran dos cosas que no veía desde hacía diez años. Todo el mundo estaba emocionado, y más sabiendo que luego tenía que volver a prisión”, recuerda Sciurbia.
La clave de estos casos es el artículo 12 del Texto Único de Inmigración, de 1998, cuyas penas han ido aumentando, con agravantes si hay fallecimientos. Castiga la entrada sin permiso en territorio italiano, pero durante años se aplicó con penas leves de cárcel, dos o tres años como máximo. Sin embargo, a partir de la primera gran tragedia en Lampedusa, el 3 de octubre de 2013, con 368 muertos, empezaron a endurecerse las penas, ante la urgencia de la clase política de hacer ver que tomaba medidas. Esas condenas, sin embargo, suelen tener un nulo efecto disuasorio, porque quien se embarca desconoce la ley italiana y los auténticos traficantes de personas están en tierra.
Fue en esos años cuando en la asociación Antigone, que trabaja en las prisiones italianas y asiste a reclusos, comenzaron a ver casos asombrosos de chavales condenados. “Recuerdo a un chico senegalés de 16 años, en la prisión de menores de Cagliari. No hablaba una palabra de italiano, hasta había problemas de intérprete porque hablaba un dialecto de Senegal. Estaba completamente perdido, no sabía ni por qué lo habían condenado, nadie podría pensar que era un traficante, te rompía el corazón”, recuerda Susanna Marietti, coordinadora nacional de Antigone. Luego veían comunicados oficiales hablando de cientos de traficantes de personas detenidos. “Propaganda”, zanja.
“A medida que la criminalización de los migrantes en la política ha ido en aumento, cada vez se ha utilizado más el artículo 12. Es la frontera la que se ha convertido en el bien absoluto a tutelar, no las vidas humanas”, razona Stella Arena, abogada y jurista especializada en cuestiones migratorias, que colabora con la Asociación para Estudios Jurídicos sobre Inmigración (ASGI).
Ella señala que lo decisivo es que los jueces consideren el contexto, pero muchas veces no lo hacen por ignorancia del problema. Cuenta el caso de un chico sudanés con grandes cicatrices en el pecho. “Eran una prueba clara de torturas en Libia, de donde escapaba, y me parecía evidente que no podía ser un traficante libio, pero le han condenado a cuatro años”.
El problema nace al inicio del proceso, con investigaciones muy superficiales. “Lo he visto muchas veces. Según desembarcan, la policía hace dos cosas: mira los teléfonos para ver fotos del viaje y pregunta a algunos quién pilotaba la barca. Con eso basta para arrestar a alguien. No preguntan los detalles, si a lo mejor lo hacía porque les habían abandonado en el mar… Nada”, resume Arena.

La suerte del acusado depende de detalles jurídicos que ignora. En la audiencia preliminar para convalidar o no el arresto, si vencen el miedo y consiguen explicarse, o comprenden de lo que se les acusa o lo que está en juego, pueden quedar libres; pero muchos callan y ya les espera, como mínimo, un año de cárcel. “No entienden por qué están ahí. Dicen: claro que he pilotado el barco, si no habríamos muerto en medio del mar”, remarca Arena.
Otra persona importante en la historia de Faraj es su abogada, Cinzia Pecoraro, que ha estado ocho años con el caso. Se lo encontró cuando ya parecía sin solución, tras la sentencia de 30 años. Ella había conseguido la libertad de otro chico libio en situación similar, tras dos años y medio en prisión: encontró en Suecia y Holanda, pagándose los viajes de su bolsillo, a otros migrantes que iban en su barca y declararon que era uno más, como ellos. “He llegado a un punto de mi carrera en que me puedo permitir, por una cuestión de principios, trabajar gratis”, explica.
“Un monstruoso engranaje”
El caso de Faraj era muy complicado, porque el único modo de neutralizar estas acusaciones es al principio, con testigos. “Todas las diligencias se sustancian en los primeros momentos tras el desembarco, con testigos que en ese momento están bajo shock y no son muy creíbles y que luego desaparecen y no los puedes interrogar. Ya no les puedes hacer las preguntas adecuadas, para hacer ver que no había una tripulación y otros detalles evidentes que muestran una acusación infundada”, explica la abogada. Ahora, para la revisión del proceso, ha encontrado a tres sirios que iban en el barco de Faraj y testificarán a su favor.
El Tribunal de Apelación de Messina rechazó en febrero de 2025 la primera petición de revisión, pero reconoció “la distancia que indudablemente existe entre el derecho y la pena legalmente aplicada y la dimensión moral de la efectiva culpabilidad”. Y también que Faraj era “la última rueda de un monstruoso engranaje del tráfico de vidas humanas”. Como solución a un callejón jurídico sin salida, apuntaba a una única posibilidad: pedir la gracia, el indulto, al jefe de Estado.
La publicación del libro y los apoyos recibidos comenzaron a hacer posible el milagro. En septiembre, un artículo del prestigioso jurista Gustavo Zagrebelsky, en La Repubblica, tenía un título muy claro: “Justicia para Alaa, víctima de una ley enemiga del derecho”. “¿Acaso nuestro Estado de derecho tolera esta suprema contradicción entre legalidad y realidad, entre un dogma jurídico y la vida de una persona? (…) ¿Qué es la ley sin justicia sino pura fuerza legalizada?”, escribió.
Alessandra Sciurba cree que en los últimos años las sentencias ya han cambiado, porque los jueces han ido comprendiendo el problema, las ONG, asociaciones y abogados comprometidos le han dado visibilidad y está cambiando la jurisprudencia: “No es que los jueces fueran malas personas, les faltaban las herramientas para orientarse y todo estaba predispuesto para llegar a una misma narración. Si Alaa hubiera llegado ahora su historia habría sido distinta. Llegó en el peor momento”, lamenta.
Alaa Faraj espera ahora en libertad el desenlace final, mientras hace el segundo curso de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales en la Universidad de Palermo y espera poder entrenar a un equipo juvenil de fútbol, porque también se sacó el carné de entrenador.
“Se rompió mi sueño de ser futbolista. Entrenar a niños sería la satisfacción más grande de mi vida”, dice. Confiesa que la primera dirección que pidió en la cárcel para escribir a alguien fue la de su equipo, el Real Madrid. “Pero nunca tuve el valor de mandar una carta. Si algún día por fin puedo viajar, espero poder ir un día al Santiago Bernabéu”.
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