
Los temporales de viento que azotaron Cataluña entre marzo y abril dejaron miles de árboles tumbados sobre las laderas de las comarcas del Ripollès, el Berguedà y la Cerdanya. Allí unas 44.000 toneladas de madera de bosques públicos, el triple de lo estimado inicialmente, quedaron a su suerte a la espera de la retirada. Las dificultades de llevar el recuento por la larga temporada de nieve en los Pirineos, la pesadez burocrática para completar todos los trámites administrativos y la falta de empresas especializadas en las tareas de limpieza han acabado ralentizando todo el proceso, que debería estar acabado antes del inicio de la próxima temporada invernal. El riesgo de incendios que algunos alcaldes advertían al principio ha dado paso a otro temor: el de las plagas de escolítidos (insectos que se alimentan del interior de los árboles) que aprovechen la madera muerta y después se vayan extendiendo a la masa forestal en buen estado.
Las tres comarcas del Pirineo más afectadas por los temporales tienen 44.000 toneladas de madera por retirar, el triple de lo previsto inicialmente
Los temporales de viento que azotaron Cataluña entre marzo y abril dejaron miles de árboles tumbados sobre las laderas de las comarcas del Ripollès, el Berguedà y la Cerdanya. Allí unas 44.000 toneladas de madera de bosques públicos, el triple de lo estimado inicialmente, quedaron a su suerte a la espera de la retirada. Las dificultades de llevar el recuento por la larga temporada de nieve en los Pirineos, la pesadez burocrática para completar todos los trámites administrativos y la falta de empresas especializadas en las tareas de limpieza han acabado ralentizando todo el proceso, que debería estar acabado antes del inicio de la próxima temporada invernal. El riesgo de incendios que algunos alcaldes advertían al principio ha dado paso a otro temor: el de las plagas de escolítidos (insectos que se alimentan del interior de los árboles) que aprovechen la madera muerta y después se vayan extendiendo a la masa forestal en buen estado.
La comarca del Ripollès es, con diferencia, la más afectada por los vendavales. En algunas zonas parece que un rodillo gigante pasara por encima de algunos bosques y aplanara centenares de árboles que cayeron uno tras otro incapaces de resistir los arreones del viento. Entre bosques municipales y de la Generalitat hay 845 hectáreas afectadas y 39.000 toneladas de madera por retirar en esa comarca. En la Cerdanya hay unas 146 hectáreas afectadas y 4.700 toneladas de madera, sobre todo en las montañas de Aransa y de Lles, y en el Berguedà hay otras 125 hectáreas en las que se prevé poder sacar 2.070 toneladas, según los datos facilitados por el Departamento de Agricultura.
Lo ideal hubiera sido que esa masa arbórea se hubiera podido extraer entre los meses de marzo y junio, antes del inicio de la campaña de incendios y que la madera se secara: cuando está verde ofrece más posibles salidas y su peso es mayor, por lo que la recaudación de su venta es mayor. En algunos bosques del Ripollès a estas alturas se ha extraído hasta un 70% de los árboles caídos, en otros se va por el 20% y algunos municipios apenas iniciaron los procesos de subasta de la madera y la adjudicación a empresas en julio.
Gerard Vila, director técnico del Consorcio de Espacios de Interés Natural (CEIN) del Ripollès, que está centralizando los trabajos de extracción en la comarca, asegura que cuantificar las hectáreas afectadas y las potenciales toneladas ha supuesto un intenso trabajo de tres o cuatro meses, agravado por que la Generalitat tenía que desafectar esos bienes públicos para permitir la subhasta. Además se han tenido que proyectar vías de acceso a algunos lugares afectados (más de dos kilómetros de nuevas pistas) que no existían y que no permitirán efectuar los trabajos hasta que esas obras estén concluidas. En algunas zonas se ha descartado actuar porque los costes iban a ser muy superiores a los ingresos de toda la operación o porque, simplemente, su extracción acarreaba un riesgo excesivo para los trabajadores de las contratas encargadas de limpiar el bosque. “El otro problema es que tampoco tenemos en Cataluña tantas empresas forestales solventes para realizar este tipo de trabajos”, afirma Vila.

El Ripollès produce cada año en torno a unas 6.000 toneladas de madera, en árboles vivos, una cifra que este año se ha multiplicado por cinco. “Esto es como un mikado [el juego japonés consistente en retirar palillos sin que se mueva el resto] inmenso y tenemos que ir con mucho cuidado de que cuando saquemos un árbol no salte otro u otros caigan ladera abajo, por lo que las condiciones de seguridad tienen que ser máximas”, explicaba por teléfono Marc Figueras, responsable de explotación forestal de Lignia Forestal, una de las mayores empresas del sector en Cataluña. En la comarca del Ripollès ha desplegado a 25 trabajadores, todos fijos –“no podemos arriesgarnos con gente que no tiene experiencia”, defiende– y casi una decena de máquinas que pueden llegar a costar, en alguno de los casos, más de 700.000 euros, presupuestos que no pueden asumir todas las empresas del sector.
Vila defiende que los efectos de los vendavales no se tienen que tomar como un error de gestión forestal, sino como “una pérdida natural”: “Hubiera sido mejor que no hubiera sucedido, está claro, pero también es cierto que estos episodios modelan el paisaje y que seguramente ya pasaron antes, porque justamente el bosque del pla d’Erola se ha caído y una erola es justamente un prado, así que en el pasado ya debía haber un claro como el que habrá ahora”.
Este mismo mes de agosto, el Gobierno catalán selló un acuerdo con las cuatro diputaciones catalanas para crear un marco estable de gestión forestal, que permita tanto ayudar a los municipios en ese campo como evitar el riesgo de incendios en un contexto de temperaturas extremas. La idea es actuar sobre 2.000 hectáreas de bosque al año con talas estratégicas, la creación de franjas de protección y la gestión de la masa vegetal. La simplificación administrativa también se encuentra entre los objetivos.
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