Los jóvenes chinos buscan respuestas en Mao Zedong, medio siglo después de su muerte

En los accesos a la plaza de Tiananmén, en Pekín, la capital de China, la multitud se pliega una y otra vez entre las vallas, mientras el gentío avanza lentamente hacia los controles de seguridad. Este miércoles se conmemora el 50º aniversario de la muerte del fundador de la República Popular, Mao Zedong, cuyo cuerpo embalsamado reposa en el imponente mausoleo que se alza en el corazón de la inmensa explanada. No queda ni una sola reserva disponible para acceder al sepulcro en toda la semana. “Hemos venido porque nuestros padres y abuelos sueñan con hacerlo, pero son mayores y no han tenido la oportunidad de viajar lejos”, contaban la víspera Pan y Wang, dos estudiantes de 22 y 24 años, respectivamente.

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 El Gran Timonel genera interés entre una generación que no vivió durante su mandato, mientras el Partido Comunista refuerza un relato histórico que diluye sus errores para apuntalar su legitimidad  

En los accesos a la plaza de Tiananmén, en Pekín, la capital de China, la multitud se pliega una y otra vez entre las vallas, mientras el gentío avanza lentamente hacia los controles de seguridad. Este miércoles se conmemora el 50º aniversario de la muerte del fundador de la República Popular, Mao Zedong, cuyo cuerpo embalsamado reposa en el imponente mausoleo que se alza en el corazón de la inmensa explanada. No queda ni una sola reserva disponible para acceder al sepulcro en toda la semana. “Hemos venido porque nuestros padres y abuelos sueñan con hacerlo, pero son mayores y no han tenido la oportunidad de viajar lejos”, contaban la víspera Pan y Wang, dos estudiantes de 22 y 24 años, respectivamente.

Las dos amigas han viajado expresamente desde Dalian, en el noreste del país, con ese propósito. Después de dos horas y media de cola, lo han cumplido. “El presidente Mao yace plácidamente. Me ha conmovido profundamente. El ambiente es muy solemne”, asegura Wang. “Gracias a él salimos de las guerras y la pobreza”, enfatizan a la salida del mausoleo.

Medio siglo después de su muerte, el Gran Timonel despierta interés entre buena parte de los jóvenes chinos nacidos décadas después de que él abandonara este mundo. Algunos encuentran en sus escritos una guía para afrontar la incertidumbre laboral y personal; otros, un lenguaje con el que expresar su malestar por las desigualdades. Y hay para quienes representa la fuerza y el ascenso de China. Ese acercamiento se ve favorecido, en buena medida, por una memoria oficial que ensalza el papel fundacional de Mao y relega a un segundo plano su responsabilidad en los episodios más oscuros de su gobierno.

“El presidente Mao ha sido para mí un faro que me ha guiado hacia adelante”, asegura Li, de 24 años y empleado del sistema judicial. También ha viajado a Pekín para ir al mausoleo. “No sabría expresar con palabras lo que he sentido”, comparte este joven norteño y nieto de militar. Li afirma que, desde que se graduó hasta que encontró trabajo, atravesó lo que define como su propia “odisea”. En ese tiempo, leer las Obras escogidas de Mao le ayudó a afrontar mejor los problemas. “El pensamiento de Mao está lleno de reflexión filosófica, enseña a contemplar la realidad a partir de sus contradicciones y de cómo estas se transforman”, declara.

Mao, que falleció la madrugada del 9 de septiembre de 1976, a los 82 años y tras casi tres décadas de poder absoluto, dista de ser una figura relegada a los libros de historia en la China actual. Su retrato preside la puerta de Tiananmén, desde la que proclamó la fundación de la Nueva China en 1949; su rostro aún circula de mano en mano cuando se paga en efectivo; sus estatuas se alzan frente a muchas universidades, fábricas y edificios públicos. Sus ideas se estudian desde la educación primaria hasta la universitaria y su pensamiento está recogido en el preámbulo de la Constitución y entre las doctrinas que guían al Partido Comunista de China (PCCh). Su iconografía rebasa los espacios oficiales: no es extraño encontrar fotografías de Mao en restaurantes, viviendas o taxis, colocadas a veces como símbolo político y otras como una suerte de amuleto protector.

Esa omnipresencia física y doctrinal convive con un relato público que mantiene en penumbra las políticas más devastadoras de su mandato: el Gran Salto Adelante (1958-1962), la campaña de colectivización forzosa e industrialización acelerada que desembocó en una hambruna que causó entre 30 y 45 millones de muertos, según diversas estimaciones; y la Revolución Cultural (1966-1976), una década de purgas, persecuciones y violencia política que dejó casi dos millones de fallecidos, decenas de millones de personas represaliadas y provocó una destrucción masiva del patrimonio cultural del país.

Pan, Wang y Li pertenecen a una generación que nació y creció en un país que difícilmente Mao habría podido imaginar. La China mayoritariamente rural y empobrecida que dejó tras de sí es hoy la segunda economía del planeta, el mayor exportador mundial de mercancías y una potencia industrial, tecnológica, espacial y militar que disputa influencia global a Estados Unidos. Esa transformación cobró impulso cuando, en la década de 1980, las reformas de Deng Xiaoping fueron dejando atrás buena parte del modelo económico maoísta. Los jóvenes que ahora vuelven la mirada hacia Mao son hijos de una China construida, en buena medida, mediante la rectificación de sus políticas.

Yang Guobin, profesor de Comunicación y Sociología de la Universidad de Pensilvania y director del Centro de Cultura y Sociedad Digital de esa institución, expone por correo electrónico que, para la generación Z china (nacidos a finales de la década de 1990 y principios de los 2000), los textos de Mao resultan “novedosos por su estilo y penetrantes por su contenido”. “Leen sobre la perseverancia y la capacidad de adaptación en la guerra de guerrillas y lo interpretan como consejos para afrontar las dificultades del mercado laboral o su vida personal”, especifica Yang. Las redes, agrega, permiten a los usuarios intercambiar impresiones y seleccionar aquello que mejor encaja con sus sentimientos e ideas. “Hay un Mao para cada ocasión”, resume.

Wang Yiran, de 25 años, se unió cuando era adolescente a un grupo de lectura maoísta. “Creía que era algo muy guay porque era un espacio para hablar de política”, detalla por teléfono. Pero se decepcionó pronto, cuando vio que muchos de sus compañeros se dedicaban “a propagar odio en internet”. Lo abandonó y siguió estudiando marxismo por su cuenta. Wang está en paro y vive en casa de sus padres. Cree que desde la pandemia “hay más competitividad, desigualdad e incertidumbre”. “Los seguidores de Mao mantenemos la confianza, aunque los tiempos son diferentes”, expone. “Mao es nuestro profesor y un sol rojo que ilumina, pero no es Dios”, matiza Wang.

Frente a esa diversidad de aproximaciones, el lugar que Mao ocupa oficialmente en la China de 2026 apenas admite matices. Lo fijó el PCCh en 1981, en pleno proceso de reforma y apertura, con una resolución histórica que concluyó que sus méritos habían sido “muy superiores a sus faltas”. “Puesto que lo importante es el sistema, evidentemente no se podía criticar demasiado a su creador”, escribe por correo el sinólogo Sebastian Veg, profesor de Historia intelectual de la China contemporánea en la Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales de París (EHESS).

Aquel compromiso permitió al PCCh hacer dos cosas que podían parecer incompatibles: abandonar buena parte del modelo económico de Mao sin renunciar a la legitimidad política que procedía de él. En 2021, el actual presidente chino, Xi Jinping, reforzó la utilidad de ese pacto con el pasado y estrechó el margen para interpretarlo. La tercera resolución histórica del PCCh ratificó el veredicto sobre Mao, redujo la mención de sus errores a unas pocas líneas y lo incorporó a una trayectoria ascendente que culmina con la etapa del propio Xi. Bajo esa lectura, con Mao, China se puso en pie; con Deng, se enriqueció y, con Xi, se hace fuerte.

“Hemos corregido los fallos del pasado. No vamos a negar los logros de una generación por errores de los que hemos aprendido”, respondía tajantemente en julio Wang Yi, profesora de la Academia Nacional de Gobernanza de China, al ser preguntada directamente sobre el legado de Mao, durante una rueda de prensa organizada por la Asociación de Diplomacia Pública de China.

Pekín trata así de construir, en palabras de Daniel Leese, profesor de Historia y Política China en la Universidad de Friburgo, “una narración sin fisuras que conecte el pasado con el presente, legitime la misión histórica del PCCh y disuada a la población de formular preguntas críticas”, apostilla en una videollamada.

Leese, también autor del ensayo Mao Cult (en español, El culto a Mao) cree que Xi, que ha acumulado mucho más poder que sus predecesores Hu Jintao y Jiang Zemin, ha extraído de Mao una lección esencial: “la figura de un líder central y una dirección ideológica muy fuerte” le permitieron “mantener un control muy firme tanto sobre el Partido como sobre la sociedad”. Xi comenzó en 2023 un tercer periodo como jefe del Estado, después de que suprimiera en 2018 el límite de dos, y todo indica que el año que viene encadenará un cuarto quinquenio como secretario general del PCCh.

“Ya hace cincuenta años… realmente fue un gran líder”, murmuran dos clientes de la cafetería La chispa de la Calle Dorada, ubicada en el distrito pekinés de Xicheng, al oeste de Tiananmén. Sorben sus bebidas mientras observan los carteles y las estatuillas de Mao que decoran la pequeña estancia. También hay frases revolucionarias. En una libreta, los consumidores escriben dedicatorias o practican la caligrafía del propio Mao. El dueño del local, treintañero, destaca que “es necesario” que haya más negocios que refuercen la estética “propiamente china”. “Jóvenes, que vuestra luz ilumine China”, reza una inscripción en la terraza sobre una pintura de una estrella roja.

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