Salvados prende fuego a los silencios que rodearon a Rita Barberá: «Por algo será»

Salvados convierte el ascenso y la caída de Rita Barberá en una Mascletà y una Cremà televisivas en las que los silencios, las ausencias y las pausas terminan contando mucho más que las palabras Leer Salvados convierte el ascenso y la caída de Rita Barberá en una Mascletà y una Cremà televisivas en las que los silencios, las ausencias y las pausas terminan contando mucho más que las palabras Leer  

Hay una frase que resume las casi dos horas que Salvados dedicó anoche a Rita Barberá: «Por algo será». La pronunció Mayren Beneyto, amiga de la ex alcaldesa de Valencia y concejala durante sus 24 años de mandato, cuando Gonzo le contó que ninguno de los miembros de la dirección del PP que acabó exigiendo a Rita Barberá que abandonara el partido había querido participar en el programa. Ni Mariano Rajoy, ni María Dolores de Cospedal, ni Fernando Martínez-Maíllo. «Por algo será».

Y ahí estaba todo.

Porque Salvados regresó anoche a laSexta cumpliendo 18 años y lo hizo con uno de esos programas que explican por qué, después de casi dos décadas, sigue haciendo falta Salvados. No hubo exclusiva estruendosa, ni documento secreto, ni una revelación que fuera a abrir todos los informativos esta mañana. Hubo algo que cada vez resulta más difícil encontrar en televisión: tiempo. Tiempo para contar una historia, tiempo para escucharla, tiempo para mirar y tiempo para comprenderla.

La historia de Rita Barberá, sí, pero sobre todo la historia del poder. De cómo se alcanza, de cómo se disfruta, de cómo se convierte en una droga y de cómo, cuando desaparece, quienes antes te abrazaban pueden dejarte completamente sola. Y eso, pase el tiempo que pase, sigue de plena actualidad.

Salvados lo llamó La alcaldesa y lo dividió, con inteligencia fallera, en dos actos: Mascletà y Cremà. Primero el ruido, la pólvora, la gloria, las mayorías absolutas, las flores, los Reyes, los grandes eventos, el Ferrari, la Valencia que quería comerse el mundo. Después, el fuego. Gürtel, Nóos, Taula, «el caloret», la derrota electoral, el Senado, la salida del PP y una habitación de hotel en Madrid en la que Rita Barberá murió el 23 de noviembre de 2016.

La alcaldesa y la mujer. El poder y la soledad.

«Alcaldesa de València con cinco mayorías absolutas, autoridad indiscutible en la derecha y salvadora de Mariano Rajoy cuando peligraba su liderazgo. Rita Barberá personificó, como pocas mujeres en España, el poder político», arrancó Gonzo. Pero también, añadió, «la época más descarada del despilfarro y el pelotazo». No había intención de beatificarla. Tampoco de volver a condenarla 10 años después. Ahí estuvo precisamente el acierto.

Porque durante el primer acto resultaba casi imposible entender la Valencia de aquellos años sin entender a Rita Barberá. Y viceversa. Consuelo Reyna, entonces directora de Las Provincias, recordó cómo Barberá consiguió en 1991 la Alcaldía gracias al pacto con Unión Valenciana. A partir de ahí nació algo mucho mayor que una alcaldesa. Nació Rita.

Una mujer en un mundo de hombres que acabó mandando sobre muchos de ellos. «Le echaban flores a la Virgen y a ella», recordó Reyna sobre aquella alcaldesa que recorría Valencia como si Valencia fuera ella. Y durante mucho tiempo lo fue. Ganó cinco mayorías absolutas consecutivas. Llegó a imponerse en prácticamente todos los barrios de la ciudad. «¡Rita, Rita, Rita, eres infinita!», le gritaban.

Infinita. Qué palabra tan peligrosa cuando se habla de poder.

El primer capítulo de Salvados mostró a esa Barberá arrolladora, capaz de enfrentarse a Manuel Fraga, de convertirse en un pilar del PP y de comprender como pocos políticos de aquella época el valor de una fotografía. «Era muy lista», recordaban quienes conocieron su obsesión por ocupar las portadas. Si había que estar, Rita estaba. Y si había una cámara, probablemente también.

Hasta que la imagen se comió al personaje.

Ahí estaba aquella fotografía de Francisco Camps y Barberá en un Ferrari junto a Fernando Alonso y Felipe Massa, símbolo perfecto de una Valencia que vivía instalada en el gran acontecimiento permanente. Camps lo calificó anoche como una anécdota menor. Probablemente lo fuera. El problema es que, con el paso de los años, aquella anécdota acabó convertida en la postal de una época.

Salvados tampoco esquivó uno de los episodios más desagradables de la gestión de Barberá: su relación con las víctimas del accidente de Metrovalencia de 2006, en el que murieron 43 personas y otras 47 resultaron heridas. Beatriz Garrote, de la Asociación de Víctimas del Metro 3 de Julio, recordó que Barberá nunca recibió a las familias. El programa recuperó además las imágenes de unas Fallas en las que la alcaldesa hizo un gesto de burla mientras algunos familiares protestaban desde fuera del recinto.

«Te puedes burlar de todo, pero cuando las personas están reivindicando un accidente donde murieron 43 personas igual ese gesto de burla no es lo más adecuado», explicó Garrote. Y añadió una frase todavía más demoledora: «Era una forma de hacer política muy soberbia».

Ese fue uno de los grandes méritos de La alcaldesa: no convertir el abandono final de Barberá en una absolución de todo lo anterior. Se puede denunciar la crueldad con la que su partido la dejó caer y recordar al mismo tiempo los errores, excesos y sombras de sus años de poder. Una cosa no borra la otra.

Pero hubo algo más. Hubo televisión.

Porque Salvados podía haber contado la historia de Rita Barberá como un documental político al uso: archivo, declaración, archivo, entrevista, declaración. No lo hizo. La realización convirtió la historia de la alcaldesa en una representación del ascenso y la caída del poder. Casi en una tragedia. Una ópera en dos actos.

Los cuadros que evocan la Revolución Francesa no estaban ahí por casualidad. El poder, el pueblo, la caída, la multitud, la gloria y el derrumbe. Aquellas pinturas convertidas en escenario o referencia visual funcionaban como un espejo exagerado de lo que se estaba narrando: la dirigente elevada durante décadas por una ciudad y por un partido que acaba perdiéndolo todo. Como si la historia de Rita Barberá necesitara salir por momentos de Valencia para convertirse en algo universal: el poder siempre parece eterno hasta que deja de serlo.

Y después estaban los silencios. Esos silencios tan de Salvados.

Gonzo pregunta y espera. No rescata al entrevistado. No rellena inmediatamente el hueco. La cámara tampoco huye. Aguanta. Un segundo. Dos. Tres. Los que hagan falta. Hasta que quien está enfrente vuelve a hablar, mira al suelo, cambia el gesto o descubre que la respuesta que acaba de dar quizá no era suficiente.

En una televisión donde parece obligatorio que siempre haya alguien hablando, Salvados sigue utilizando el silencio como una pregunta más.

Lo hizo especialmente con Francisco Camps. Cuando el ex presidente valenciano respondía, la entrevista no terminaba con el punto final de su frase. Quedaba la mirada de Gonzo. Quedaba el plano. Quedaba esa pausa incómoda en la que el espectador tenía unos segundos para decidir qué acababa de escuchar. No hacía falta que el periodista apostillara. La realización ya había apostillado por él.

Es una de las viejas armas de Salvados, heredada de aquellos programas de Jordi Évole, y sigue funcionando porque obliga a algo que la televisión actual casi nunca permite: pensar antes de pasar a lo siguiente.

También el archivo estaba utilizado con intención. Las imágenes de Rita celebrada por multitudes chocaban con las de sus últimos meses; la mujer que atravesaba Valencia rodeada de gente frente a la mujer que terminó prácticamente recluida; la dirigente a la que todos buscaban frente a la senadora a la que algunos compañeros parecían tener dificultades incluso para saludar.

No hacía falta explicar la caída. Se veía.

La realización iba haciendo más pequeños los espacios a medida que Rita Barberá se hacía más pequeña. De la calle, las masas, los balcones y los grandes acontecimientos a la soledad. Del ruido al silencio. De la Mascletà a la Cremà.

Y entonces llegó el fuego.

El segundo capítulo fue mucho más incómodo. Porque ya no hablaba tanto de Rita Barberá como de los que estaban alrededor de Rita Barberá.

Las causas judiciales comenzaron a cercar el universo político valenciano. Los regalos de Gürtel, Nóos, Taula… Ana Botella Gómez, concejala socialista durante aquellos años y posteriormente delegada del Gobierno, describió en el programa una «cara B» de la gestión municipal: «Un universo paralelo de organismos» vinculados al Ayuntamiento en los que, según relató, se perdía el rastro del dinero y de determinadas actividades económicas.

Mientras tanto, Rita Barberá se iba apagando.

El famoso discurso del «caloret faller» de 2015, convertido entonces en chanza nacional, apareció anoche de otra manera. Visto con 10 años de distancia y colocado dentro de la caída del personaje, provocaba muchas cosas menos risa. Ana Botella Gómez recordó que Barberá «se derrumbaba» delante de ellos. Su entorno comenzó a percibir que aquella mujer que parecía indestructible ya no lo era.

Después llegaron la pérdida de la Alcaldía, el Senado y el caso Taula. Y llegó el PP.

Aquí Salvados clavó el cuchillo.

Mayren Beneyto contó que Barberá había pensado retirarse antes de las elecciones de 2015, pero Mariano Rajoy la llamó para que volviera a presentarse. Francisco Camps sostuvo que lo hizo por «lealtad» al partido y a Rajoy. Poco después, cuando el cerco judicial se estrechó y el PP necesitó alejarse de ella, Barberá acabó abandonando la formación y pasando al Grupo Mixto del Senado.

De ser Rita infinita a ser Rita incómoda.

Y entonces Gonzo explicó que había intentado sentar delante de las cámaras a quienes habían formado parte de aquella dirección popular. Ninguno quiso. Rajoy no quiso. Cospedal no quiso. Martínez-Maíllo no quiso. «Por algo será», respondió Beneyto.

Otra pausa.

Y Salvados dejó que aquella frase se quedara allí.

El programa contó también la paradoja de la relación de Rajoy con quien había sido una de sus grandes aliadas. Según los testimonios recogidos, el ex presidente la apoyaba en privado, pero no públicamente. «Por detrás, la apoyaba, pero no por delante».

Qué difícil debe de ser descubrir que los abrazos del poder tienen fecha de caducidad.

Consuelo Reyna relató la última vez que se encontró con Barberá por las calles de Valencia. La mujer que durante décadas había caminado por aquella ciudad como si no existiera obstáculo capaz de detenerla aparecía ahora «encorvada». «La vi encorvada, como no la había visto nunca porque ella iba pisando fuerte», contó. Iba vestida de oscuro, casi sin maquillaje, con mala cara. «Era otra persona». Según Mayren Beneyto, había dejado incluso de salir de casa.

Habían pasado meses, no años. Pero parecía haber envejecido una década.

Y ahí Salvados dejó de hablar de corrupción, de campañas electorales, de mayorías absolutas, de alcaldes, de presidentes y de partidos para hablar de algo mucho más sencillo: de humanidad.

El 23 de noviembre de 2016, Rita Barberá murió en una habitación de hotel de Madrid, dos días después de declarar ante el Tribunal Supremo. Tenía 68 años.

Francisco Camps no pudo contener la emoción al recordarlo anoche. «Me enfadé con el mundo», dijo. Y se rompió.

Gonzo no corrió a salvarle. Otra vez el silencio. Otra vez la cámara. Otra vez esos segundos eternos que son probablemente la herramienta más sencilla y, a la vez, más poderosa que tiene Salvados.

Después, Gonzo recordó a José Manuel García-Margallo las palabras que el cuñado de Barberá, José María Corbín, pronunció en su funeral: Rita había muerto «de pena» y en aquella pena había sido fundamental la aportación «de los suyos».

«¿Está de acuerdo?», preguntó Gonzo. «Absolutamente», respondió Margallo.

Y se acabó. O casi.

Porque quedaba la última imagen. La falla. El fuego devorándolo todo. La Cremà. Después de casi dos horas construyendo el monumento, Salvados hizo lo que se hace con todas las fallas: quemarlo.

Y ahí estaba la metáfora que había recorrido los dos capítulos.

Lo que quedaba después no era decidir si Rita Barberá merecía una estatua o una condena. Ni siquiera decidir si había sido víctima o responsable. Había sido poderosa, soberbia, querida, temida, votada hasta convertir Valencia en un territorio prácticamente inexpugnable para el PP; había gobernado durante 24 años y su mandato estuvo rodeado de episodios y prácticas que no pueden desaparecer bajo la emoción de su final.

Pero también había sido una mujer a la que su partido convirtió primero en símbolo y después en problema.

Salvados no necesitó decir mucho más.

Durante dos capítulos había enseñado la construcción del monumento y después su destrucción. Había puesto el ruido de la Mascletà frente al silencio de la caída. Había dejado hablar a amigos y enemigos. Había colocado la cámara y había esperado.

Hay una vieja máxima de la política que asegura que lo peor no son los enemigos, sino los compañeros de partido. Anoche, mientras unos sí hablaban y otros se negaban a hacerlo, mientras unos lloraban a Rita Barberá y otros seguían ausentes diez años después, aquella máxima dejó de parecer una boutade.

La Mascletà había terminado hacía mucho. Sólo quedaban las cenizas.

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