Stephen Kinzer, historiador: “Cualquier Gobierno que llegue al poder en Irán respaldado por Estados Unidos no tendrá legitimidad”

El periodista e historiador estadounidense Stephen Kinzer (Nueva York, 74 años) ha dedicado gran parte de su trabajo a analizar un siglo de derrocamientos de gobiernos impulsados por Estados Unidos en distintos puntos del planeta: desde Hawái hasta Irak, examinando el patrón de intervención militar y exponiendo sus consecuencias a largo plazo. Antiguo corresponsal de The New York Times, Kinzer se ha consolidado como una de las voces más críticas a ese intervencionismo.

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 El experto sostiene que todo lo ocurrido en la República Islámica en las últimas décadas deriva del golpe de Estado que Washington impulsó en 1953 contra un Ejecutivo democrático  

El periodista e historiador estadounidense Stephen Kinzer (Nueva York, 74 años) ha dedicado gran parte de su trabajo a analizar un siglo de derrocamientos de gobiernos impulsados por Estados Unidos en distintos puntos del planeta: desde Hawái hasta Irak, examinando el patrón de intervención militar y exponiendo sus consecuencias a largo plazo. Antiguo corresponsal de The New York Times, Kinzer se ha consolidado como una de las voces más críticas a ese intervencionismo.

En su libro Todos los Hombres del Sha, el periodista reconstruye el golpe de Estado de 1953 orquestado por la CIA y el MI6 —los servicios secretos estadounidenses y los británicos— contra el entonces primer ministro iraní elegido democráticamente, Mohammad Mossadegh, tras declarar este que quería nacionalizar el petróleo iraní, y cómo ese vuelco determinaría el futuro de la potencia persa hasta la contienda actual. Kinzer analiza la situación actual en una entrevista telefónica.

Pregunta. El presidente estadounidense, Donald Trump, ha alegado diversas causas, como la necesidad de un cambio de régimen, la amenaza de las armas nucleares o la reapertura del estrecho de Ormuz, para atacar Irán. ¿Cuál cree que es el verdadero objetivo?

Respuesta. Lo que realmente une a los países que se convierten en objetivos de Estados Unidos, incluido Irán, es algo bastante simple: la desobediencia. Son países que desafían las políticas de Estados Unidos. Se niegan a establecer gobiernos que respondan a lo que Washington quiere. A veces escuchamos desde Washington —[Joe] Biden solía decirlo— que la era de las esferas de influencia ha terminado. Pero eso es engañoso. En la práctica, Estados Unidos considera que prácticamente todo el mundo forma parte de su esfera de influencia legítima, salvo China, Rusia y unos pocos países más. Y son precisamente esos países los que terminan convirtiéndose en nuestros objetivos.

P. Venezuela cae en esa misma línea. Pero quizá la diferencia con Irán es que aquí se trata de un ataque conjunto con Israel. ¿Cuánto de esta decisión se ha tomado en Washington y cuánto en Israel?

R. Parece claro que este ataque no se habría lanzado sin el apoyo de Israel. Ya es casi un cliché decir que Israel tiene una influencia notable en nuestra política nacional. Un solo gran donante proisraelí, Miriam Adelson, dio a [la campaña electoral de] Trump 100 millones de dólares (85 millones de euros). En cierto sentido, este ataque se ha estado gestando durante años. Israel ha construido la imagen de que Irán es una amenaza inminente y, aunque las preocupaciones de seguridad de Israel puedan ser legítimas, eso no es motivo para arrastrar a Estados Unidos a esta guerra. Si Israel no estuviera alimentando constantemente esta idea, dudo que hubiera ocurrido.

P. En su libro Todos los Hombres del Shah habla usted de la importancia de percepciones dispares sobre un mismo evento. ¿Hasta qué punto la desinformación y las narrativas amplificadas en las redes sociales pueden cambiar o servir como herramienta para promover cambios de régimen en los nuevos conflictos globales?

R. Para lanzar intervenciones a largo plazo, es importante persuadir a la opinión pública. No creo que eso haya ocurrido en este caso en la operación contra Irán. No creo que la mayoría de los estadounidenses esté entusiasmada con ella, y tampoco estoy seguro de que vaya a beneficiar políticamente a Trump; de hecho, creo que es más probable lo contrario. Desde la perspectiva estadounidense, las relaciones entre Estados Unidos e Irán comienzan y terminan con la crisis de los rehenes de 1979 [los 52 estadounidenses secuestrados en la embajada de EE UU de Teherán durante 444 días por estudiantes islamistas y que supuso la ruptura de relaciones diplomáticas entre ambos países hasta la fecha]. La vemos como un estallido de barbarie que demuestra lo nihilistas y salvajes que son los iraníes. Los iraníes ven la historia de forma muy distinta. Para ellos, la crisis de los rehenes no puede separarse del golpe de Estado de 1953 [contra el primer ministro Mossadegh]. Desde su perspectiva, estaban en camino de construir una democracia y Estados Unidos intervino para impedirlo. Todo lo que ha ocurrido desde entonces es consecuencia de aquella intervención.

P. ¿Qué lecciones se pueden extraer hoy de aquel golpe de Estado?

R. En 1953, Estados Unidos intervino para derribar la única democracia que Irán ha tenido. Desde entonces, Irán nunca ha vuelto a recuperar una forma de democracia. Lo que esto demuestra es que intervenir violentamente en la política de otro país puede producir resultados muy imprevisibles, incluidos resultados que terminan volviéndose en tu contra. ¿Cuáles fueron los resultados del golpe de 1953? A corto plazo parecía un éxito. Nos libramos de un líder que no nos gustaba, Mossadegh, y lo reemplazamos por alguien, el Sha, que haría lo que quisiéramos. Parecía la solución perfecta… pero solo es perfecta si la historia se detiene. Por desgracia, la historia continúa. El Sha gobernó con una represión cada vez mayor durante 25 años. Esa represión condujo a la explosión de finales de los años setenta, la Revolución Islámica, y llevó al poder a un grupo de militantes ferozmente antiestadounidenses que durante décadas han tratado, a veces de forma muy violenta, de socavar los intereses de Estados Unidos en todo el mundo. El golpe de 1953 no solo fue devastador para Irán; a largo plazo también dañó gravemente los propios intereses de seguridad nacional de Estados Unidos. La moraleja es que cuando intervienes violentamente en los asuntos de otro país, es como soltar una rueda en la cima de una colina: puedes dejarla ir, pero no tienes ningún control sobre cómo rebotará ni dónde terminará.

P. ¿Existen realmente opciones para reinstaurar al hijo del Sha [Reza Pahleví] en Irán?

R. En 1953, el Sha participó en un golpe organizado por la CIA y los servicios secretos británicos. El golpe fracasó al principio y el Sha huyó de Irán. Fue a Irak y luego terminó en Roma. Allí decía a la gente que probablemente tendría que buscar trabajo en Roma porque no creía que pudiera volver a Irán. El agente de la CIA a cargo de la operación, Kermit Roosevelt, decidió intentarlo una segunda vez, y ese segundo intento sí tuvo éxito. Lo que ocurrió entonces fue que volvimos a colocar al Sha en el trono. La razón fundamental por la que fue derrocado 25 años después fue que nunca tuvo legitimidad. Y no la tuvo porque había sido colocado en el poder por una intervención extranjera. Nunca logró sacudirse esa sombra. Eso demuestra algo fundamental en la mentalidad iraní: el deseo de un régimen que surja de Irán. Durante más de 200 años han sido víctimas de intervenciones extranjeras y son muy conscientes de ello. Por eso una de las cosas que buscan en sus gobiernos es que estén arraigados en Irán. El Sha nunca lo estuvo. Cualquier gobierno que llegue al poder respaldado por Estados Unidos, si alguna vez ocurriera, se enfrentaría exactamente a ese mismo problema de legitimidad y tendría enormes dificultades para consolidarse.

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