Históricamente, siempre hubo lugares de la Tierra que parecían imposibles de alcanzar: el origen del Nilo, la Antártida, la cima del Everest…, pero hemos llegado a poner pie en todos estos “imposibles”. Solo se nos resiste uno: las mayores profundidades marinas. A casi 6.000 metros bajo la superficie del océano, la luz del Sol ha desaparecido hace miles de metros, la presión es cientos de veces superior a la que soportamos en la superficie y el fondo marino se encuentra en una oscuridad permanente. Pero más allá de la exploración, ¿qué se nos ha perdido allí? Perdido… nada, todo lo contrario: allí podemos encontrar minerales críticos y Estados Unidos y Japón se están sumergiendo en su búsqueda.
Los dos países están impulsando planes para desarrollar lo que podría convertirse en una de las explotaciones mineras submarinas más profundas del planeta, en las proximidades de la remota isla japonesa de Minamitorishima, en el Pacífico. Los depósitos contienen tierras raras y otros minerales estratégicos que podrían ayudar a reducir la dependencia de China, actualmente dominante tanto en la extracción como, especialmente, en el procesado de estos elementos.
A 6.000 metros de profundidad, la presión del agua ronda las 600 atmósferas. Cada centímetro cuadrado de cualquier máquina recibe una presión enorme y no hay posibilidad de que un ser humano trabaje allí directamente. Todo tendría que hacerse mediante máquinas capaces de funcionar a kilómetros de distancia de sus operadores.
Y, sin embargo, Japón ya ha demostrado que es posible llegar hasta allí. En febrero de este año, una misión de la agencia japonesa JAMSTEC (Agencia Japonesa para Ciencia y Tecnología Marítimo-Terrestres) consiguió recuperar sedimentos ricos en tierras raras desde unos 5.700-6.000 metros de profundidad frente a Minamitorishima. Y allí había tierras raras.
Las llamadas tierras raras son un conjunto de 17 elementos químicos fundamentales para buena parte de la tecnología moderna. Aparecen en imanes permanentes, motores eléctricos, turbinas eólicas, electrónica, sistemas de defensa y numerosas tecnologías avanzadas. Y algunos de los depósitos situados alrededor de Minamitorishima son especialmente interesantes porque contienen tierras raras pesadas, algunas de las más difíciles de obtener y procesar.
Japón estima que la zona posee recursos extraordinarios. Del conjunto total de tierras raras presentes en el lodo, el 54 % corresponde a tierras raras de masa media y pesada. El 46 % restante corresponde a tierras raras ligeras. Las 17 tierras raras conocidas hasta la fecha suelen dividirse, de forma simplificada, en ligeras y medias/pesadas. Estas últimas incluyen elementos como itrio, gadolinio y disprosio, que tienen especial interés industrial. Es decir, no todas las tierras raras tienen el mismo valor estratégico. Y el 54% de las halladas en el lodo en el lecho submarino, son de alto valor.
Los gobiernos estadounidense y japonés han señalado que estos depósitos podrían cubrir una demanda industrial durante siglos, aunque esa afirmación se refiere a los recursos estimados y no significa que puedan extraerse económicamente en esas cantidades. Y aquí aparece el verdadero motivo de la carrera, porque el problema no es encontrarlas, es extraerlas.
El primer obstáculo es bajar una máquina seis kilómetros, hacer que esta recoja el sedimento y luego bombearlo hacia la superficie a través de una tubería que debe soportar su propio peso y las enormes presiones del entorno. Y todo el sistema debe funcionar a miles de metros del barco que controla la operación. El experimento japonés de 2026 demostró precisamente uno de los elementos fundamentales: recuperar sedimentos ricos en tierras raras desde esa profundidad. Pero recuperar una muestra y extraer minerales de forma industrial son dos cosas completamente diferentes.
Aquí aparece la otra cara de la historia. El fondo oceánico es uno de los ecosistemas menos conocidos del planeta. A esas profundidades viven organismos adaptados a condiciones extremas, con temperaturas bajas, oscuridad permanente y una disponibilidad de alimento muy limitada. Extraer sedimentos significa alterar físicamente ese entorno. Además, las propias operaciones pueden generar nubes de sedimentos que se desplacen por las corrientes y afecten a zonas alejadas del lugar donde trabaja la maquinaria. Por eso la minería submarina lleva años provocando un intenso debate científico y ambiental.
El argumento a favor es poderoso: conseguir minerales necesarios para electrificación, electrónica, energía y defensa sin depender de determinados proveedores. El argumento en contra también lo es: todavía conocemos muy poco de los ecosistemas que podríamos alterar. Y hay otra cuestión: que un depósito contenga una enorme cantidad de un elemento no significa automáticamente que sea rentable extraerlo. La ironía de esta historia es que, si bien las tierras raras son fundamentales para construir un mundo cada vez más tecnológico y electrificado, para conseguirlas podríamos terminar enviando enormes máquinas al lugar más oscuro, remoto y extremo del planeta. La región más desconocida e inexplorada hasta ahora.
El objetivo es combatir el monopolio chino de estos minerales imprescindibles para el sector tecnológico.
Históricamente, siempre hubo lugares de la Tierra que parecían imposibles de alcanzar: el origen del Nilo, la Antártida, la cima del Everest…, pero hemos llegado a poner pie en todos estos “imposibles”. Solo se nos resiste uno: las mayores profundidades marinas. A casi 6.000 metros bajo la superficie del océano, la luz del Sol ha desaparecido hace miles de metros, la presión es cientos de veces superior a la que soportamos en la superficie y el fondo marino se encuentra en una oscuridad permanente. Pero más allá de la exploración, ¿qué se nos ha perdido allí? Perdido… nada, todo lo contrario: allí podemos encontrar minerales críticos y Estados Unidos y Japón se están sumergiendo en su búsqueda.
Los dos países están impulsando planes para desarrollar lo que podría convertirse en una de las explotaciones mineras submarinas más profundas del planeta, en las proximidades de la remota isla japonesa de Minamitorishima, en el Pacífico. Los depósitos contienen tierras raras y otros minerales estratégicos que podrían ayudar a reducir la dependencia de China, actualmente dominante tanto en la extracción como, especialmente, en el procesado de estos elementos.
A 6.000 metros de profundidad, la presión del agua ronda las 600 atmósferas. Cada centímetro cuadrado de cualquier máquina recibe una presión enorme y no hay posibilidad de que un ser humano trabaje allí directamente. Todo tendría que hacerse mediante máquinas capaces de funcionar a kilómetros de distancia de sus operadores.
Y, sin embargo, Japón ya ha demostrado que es posible llegar hasta allí. En febrero de este año, una misión de la agencia japonesa JAMSTEC (Agencia Japonesa para Ciencia y Tecnología Marítimo-Terrestres) consiguió recuperar sedimentos ricos en tierras raras desde unos 5.700-6.000 metros de profundidad frente a Minamitorishima. Y allí había tierras raras.
Las llamadas tierras raras son un conjunto de 17 elementos químicos fundamentales para buena parte de la tecnología moderna. Aparecen en imanes permanentes, motores eléctricos, turbinas eólicas, electrónica, sistemas de defensa y numerosas tecnologías avanzadas. Y algunos de los depósitos situados alrededor de Minamitorishima son especialmente interesantes porque contienen tierras raras pesadas, algunas de las más difíciles de obtener y procesar.
Japón estima que la zona posee recursos extraordinarios. Del conjunto total de tierras raras presentes en el lodo, el 54 % corresponde a tierras raras de masa media y pesada. El 46 % restante corresponde a tierras raras ligeras. Las 17 tierras raras conocidas hasta la fecha suelen dividirse, de forma simplificada, en ligeras y medias/pesadas. Estas últimas incluyen elementos como itrio, gadolinio y disprosio, que tienen especial interés industrial. Es decir, no todas las tierras raras tienen el mismo valor estratégico. Y el 54% de las halladas en el lodo en el lecho submarino, son de alto valor.
Los gobiernos estadounidense y japonés han señalado que estos depósitos podrían cubrir una demanda industrial durante siglos, aunque esa afirmación se refiere a los recursos estimados y no significa que puedan extraerse económicamente en esas cantidades. Y aquí aparece el verdadero motivo de la carrera, porque el problema no es encontrarlas, es extraerlas.
El primer obstáculo es bajar una máquina seis kilómetros, hacer que esta recoja el sedimento y luego bombearlo hacia la superficie a través de una tubería que debe soportar su propio peso y las enormes presiones del entorno. Y todo el sistema debe funcionar a miles de metros del barco que controla la operación. El experimento japonés de 2026 demostró precisamente uno de los elementos fundamentales: recuperar sedimentos ricos en tierras raras desde esa profundidad. Pero recuperar una muestra y extraer minerales de forma industrial son dos cosas completamente diferentes.
Aquí aparece la otra cara de la historia. El fondo oceánico es uno de los ecosistemas menos conocidos del planeta. A esas profundidades viven organismos adaptados a condiciones extremas, con temperaturas bajas, oscuridad permanente y una disponibilidad de alimento muy limitada. Extraer sedimentos significa alterar físicamente ese entorno. Además, las propias operaciones pueden generar nubes de sedimentos que se desplacen por las corrientes y afecten a zonas alejadas del lugar donde trabaja la maquinaria. Por eso la minería submarina lleva años provocando un intenso debate científico y ambiental.
El argumento a favor es poderoso: conseguir minerales necesarios para electrificación, electrónica, energía y defensa sin depender de determinados proveedores. El argumento en contra también lo es: todavía conocemos muy poco de los ecosistemas que podríamos alterar. Y hay otra cuestión: que un depósito contenga una enorme cantidad de un elemento no significa automáticamente que sea rentable extraerlo. La ironía de esta historia es que, si bien las tierras raras son fundamentales para construir un mundo cada vez más tecnológico y electrificado, para conseguirlas podríamos terminar enviando enormes máquinas al lugar más oscuro, remoto y extremo del planeta. La región más desconocida e inexplorada hasta ahora.
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