Leer Leer
Circula desde hace semanas la teoría de que Vinicius ya no es Vinicius. No de manera metafórica sino real. El Vini de la mandíbula nueva que deambula por la banda izquierda no es el Vini de los regates sino otro señor que está suplantando su identidad. Hay tuits virales que, incluso, comparan el tamaño de los cuádriceps del modelo antiguo y del actual. Asumo que ha actuado la IA, pero entiendo el temor del aficionado madridista. En vez de cortarle el pelo, le han toqueteado el mentón y ha perdido la fuerza. Eso pasa en el fútbol. Los jugadores se acaban de golpe.
Soy del Atleti y, como apunta mi amigo Miki, el mejor dealer de columnas que existe, nos llevan dando cambiazos desde los albores de la era Gil. De Rodax y el Tren Valencia a Lemar y Gaitán, es ingente la cantidad de chavales que se perdieron en el viaje a España y llegaron sus dobles. Lo fascinante del caso Vinicius es que el tocomocho se ha producido sin necesidad de cambiar el contexto. De hecho, si hay un equipo donde la continuidad es hoy innegociable es este Madrid que ha convertido en dogma de fe jugar sin centrocampistas de verdad. ¿Qué demonios ha pasado? ¿Dónde está nuestro villano favorito?
Hace nada estaba siendo el mejor de Brasil en el Mundial (no es decir mucho, lo sé) y, de repente, es incapaz de caminar por el césped sin tropezar, no digamos ya de hacer una bicicleta sin ruedines. Fue gracioso cuando parecía un accidente, ahora ya es preocupante. El mundo es más divertido con un Vinicius operativo. Cuando bromeas sobre el fallido intento de injertarse carisma del tipo que luego te tiene acojonado todo el derbi es un duelo justo. Cuando te ríes de un futbolista sin confianza para el que cada control es un examen final es bullying.
Lo cierto es que nunca se sabe cuándo se acaba un gran talento brasileño, de Ronaldinho a Neymar. Es fácil argumentar que se ha relajado con el nuevo contrato y caer en el tópico, bastante racista, de la fiesta y el Carnaval, pero Kaká estaba finiquitado a los 28, era blanco y no paraba de rezar. La realidad es otra. La edad real de un futbolista no la define tanto el DNI como el cuentakilómetros y la mayoría de ellos arranca antes. Pese a sus 26 años, Vini lleva diez cursos en la mochila. Es probable que sólo sea una mala racha, pero a veces, sencillamente, el motor dice basta. La duda está en el aire.
Deportes // elmundo
