Son muchas las voces que reclaman unidad a la izquierda valenciana. Votantes, simpatizantes, militantes, cargos orgánicos y electos. Lo hacen en conversaciones informales, llamamientos públicos, documentos internos y columnas de opinión. Parece evidente que su convencimiento de la necesidad de la unión de las izquierdas es total ante el panorama actual y la oleada (aún más) reaccionara que, salvo milagro, se avecina. ¿Se equivocan?
La unidad puede ser vista como una forma de garantizar que, si bien uno más uno no suma dos sino uno y medio, al menos ha entrado mi medio
Son muchas las voces que reclaman unidad a la izquierda valenciana. Votantes, simpatizantes, militantes, cargos orgánicos y electos. Lo hacen en conversaciones informales, llamamientos públicos, documentos internos y columnas de opinión. Parece evidente que su convencimiento de la necesidad de la unión de las izquierdas es total ante el panorama actual y la oleada (aún más) reaccionara que, salvo milagro, se avecina. ¿Se equivocan?
Como no soy ni politólogo ni experto en cuestiones demoscópicas o electorales, me abstendré de ofrecer argumentos tajantes e irrefutables. Sobre esta cuestión apenas he sabido destilar dos o tres dudas fundamentales.
Cogiendo prestado el acertado mantra que repitió hasta la saciedad Mónica Oltra en 2015, antes debería ir el qué y luego, una vez acordado, el quién. Completamente de acuerdo. Sucede, sin embargo, que hay quienes han demostrado ser incapaces de dar cumplimiento al objeto de acuerdos previos. Quizás en 2015 los partidos de la izquierda valenciana no se tenían tomada la medida en aquello relativo al gobierno; aunque acuerdos había habido antes, el gobierno conjunto (¡y mestizo!) era una novedad. Aun priorizando el qué sobre el quién, las personas siguen siendo cruciales para llevar a cabo un proyecto político. Once años después del primer Botànic, sería tremendamente ingenuo pensar que aquellas personas que sabotearon el pacto y la acción de gobierno (algunos con cambios de partido por medio) merecen ahora carta blanca con la excusa de la unidad. Seamos honestos: en la izquierda también tenemos nuestros propios Toni Cantó y Felipe González.
La segunda cuestión es más pragmática: no tiene por qué funcionar. De la misma forma que a alguien le pareció que el Consejo de Ministros de Pedro Sánchez era una buena plataforma electoral -cuando la realidad es que es un lastre insalvable que condena al fracaso-, la percibida como única vía para la izquierda puede ser también una trampa. Se mira con displicencia a Diana Morant, que debería o bien aceptar la innegable realidad o bien poner absolutamente todo de su parte y alejarse de Pedro Sánchez. Se comete sin embargo el mismo error de obviar las señales de alarma cuando se habla de la unidad. En política la verdadera generosidad no se demuestra en la negociación de las listas electorales, sino en el paso previo: ¿cuál es mi proyecto político? ¿Qué quiero aportar?
La unidad puede ser vista -y lo será, a no ser que el proceso sea transparente, impecable y ambicioso- como una forma de garantizar que, si bien uno más uno no suma dos sino uno y medio, al menos ha entrado mi medio. Es decir, como una agencia de colocación o, al menos, una forma de asegurar ciertas cuotas de poder y sillones. Ejemplos de quienes, desde la izquierda, se han movido únicamente por motivos de ego, poder o bolsillo no nos faltan. Curiosamente son también aquellos que con más ahínco asoman ahora su reluciente cabeza en actos sobre la unidad electoral, como si hubiesen estado hibernando a la espera de su oportunidad.
Por último. ¿Unidad, para qué? En 2019 quienes nos consideramos de izquierdas y ecologistas vivimos un momento de auténtica perplejidad: las negociaciones de un segundo Botànic parecían a punto de descarrilar por las competencias ambientales, supuesto eje de la campaña a la izquierda del PSOE. El mercadeo del apellido “climático” para adjuntárselo a departamentos y conselleries resultó tristísimo, más aún cuando parte de los implicados se desentendieron del asunto con posterioridad, evidenciándose una lucha más por el relato que por la transformación real.
¿Unidad para llegar a 2027 con las cosas claras y evitar espectáculos poselectorales? Adelante. ¿Unidad para confeccionar una lista ilusionante de verdad, en la que encontrar referentes políticos y de la sociedad civil? Por supuesto. ¿Unidad convencida, como obligación moral y asumiendo (y explicitando) las contradicciones que no se han podido solucionar? Claro.
Otra cosa, quizás anterior a todo lo aquí expuesto, sería plantearse en qué medida esta tan cacareada unidad no resulta ya redundante con algún proyecto político amplio ya existente. Proyecto que es en sí mismo una coalición electoral razonablemente funcional y, como ha demostrado en el cap i casal, capaz de ganar. ¿Estamos hablando entonces de unidad o de un barco salvavidas?
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