El papa Francisco podía recibirte en audiencia a las siete de la mañana, con la indicación expresa de personarte en la Puerta de Santa Ana —el cuartelillo de la Guardia Suiza— no más tarde de las seis y cuarto. El estamento clerical ha sido siempre muy madrugador. Los maitines se rezaban antes incluso de romper el alba y la hora de laudes —a eso de las seis— llega mucho antes de lo que al laico medio le llega la hora de los corn flakes. “Una hora duerme el santo, dos el que no lo es tanto”. Cuando ayer me dijeron que quedábamos para ir a la misa del Papa a las siete menos cuarto de la mañana, creí que estaba ante un ataque de locura, pero no: a la seis y media ya bajaban las mesnadas de la Iglesia, “pueblo de reyes, asamblea santa”, por la calle de Alcalá. Se produjo entonces uno de los momentos más hermosos de la jornada: esos minutos en los que conviven quienes salen de casa y quienes vuelven a acostarse, entre quienes están limpitos de la ducha y quienes —vestidos aún para la noche— llevan en la cara aquello que Jünger llamaba las arruguillas del placer. Unos aún querían pillar cacho, otros solo querían coger sitio: esta coincidencia hablaba ya más de la diversidad de Madrid que todos los anuncios de Almeida y los discursos de Ayuso. Cosas, quizá, de tener al mismo tiempo y en el mismo sitio a Bad Bunny y al Romano Pontífice.
El Pontífice no quiere molestar al Gobierno: habló de “comprometernos personalmente en la construcción del bien común”, pero no de aborto ni de la ley de eutanasia
El papa Francisco podía recibirte en audiencia a las siete de la mañana, con la indicación expresa de personarte en la Puerta de Santa Ana —el cuartelillo de la Guardia Suiza— no más tarde de las seis y cuarto. El estamento clerical ha sido siempre muy madrugador. Los maitines se rezaban antes incluso de romper el alba y la hora de laudes —a eso de las seis— llega mucho antes de lo que al laico medio le llega la hora de los corn flakes. “Una hora duerme el santo, dos el que no lo es tanto”. Cuando ayer me dijeron que quedábamos para ir a la misa del Papa a las siete menos cuarto de la mañana, creí que estaba ante un ataque de locura, pero no: a la seis y media ya bajaban las mesnadas de la Iglesia, “pueblo de reyes, asamblea santa”, por la calle de Alcalá. Se produjo entonces uno de los momentos más hermosos de la jornada: esos minutos en los que conviven quienes salen de casa y quienes vuelven a acostarse, entre quienes están limpitos de la ducha y quienes —vestidos aún para la noche— llevan en la cara aquello que Jünger llamaba las arruguillas del placer. Unos aún querían pillar cacho, otros solo querían coger sitio: esta coincidencia hablaba ya más de la diversidad de Madrid que todos los anuncios de Almeida y los discursos de Ayuso. Cosas, quizá, de tener al mismo tiempo y en el mismo sitio a Bad Bunny y al Romano Pontífice.
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