
Parecen una ola, un maremoto. Estados Unidos, Italia, Argentina, Francia, España, Colombia, El Salvador y siguen firmas: cada uno de esos países —y otros más— intentan convencernos de que forman una suerte de internacional facha y que, por lo tanto, el poder de cada uno se multiplica por el poder de los demás, de todos juntos.
Cada político de la extrema derecha mundial es un representante indigno de su sociedad
Parecen una ola, un maremoto. Estados Unidos, Italia, Argentina, Francia, España, Colombia, El Salvador y siguen firmas: cada uno de esos países —y otros más— intentan convencernos de que forman una suerte de internacional facha y que, por lo tanto, el poder de cada uno se multiplica por el poder de los demás, de todos juntos.
No es cierto, por supuesto: esto tampoco. El choque entre el proteccionismo atrincherado de Trump y la apertura comercial sin tasa de Milei o Bukele, por ejemplo, alcanzaría para varias guerras. Pero hoy quería mirar, sobre todo, la diferencia de modelos personales. Porque creo que cada uno de ellos es un digno representante indigno de la cultura que tristemente lo parió: una síntesis de su sociedad.
Así que aquí llegan, ya en la pasarela donde van desfilando uno tras otro, el brazo diestro desplegado o apenas la manita:
La italiana es como un firulete más, el rulo de una estatua de Bernini, una sorpresa de recorrido corto: allí donde la historia y la lógica fascistas propondrían un señor adusto, el pelo escaso y los modales bélicos, los italianos nos ofrecen una rubia. Algo así como todo lo contrario: un intento de mostrar que se puede ser de ultraderecha y ser, al mismo tiempo, una persona moderna, simpática, sonriente. Que la ultraderecha es para todo público, que ya no son aquellos osos; que puede ser cualquiera, usted y yo, esa muchacha. Es un intento meritorio pero italiano: se descompone rápido. Un día simula que se enfrenta a Trump; dos días después le contesta “sí bwana”.
El norteamericano viene a ser lo leve, las burbujas: contra es@s señor@s que se tomaban todo tan en serio, que hacían de la vida un conjunto de normas inviolables —un coñazo—, ahora tenemos un viva la Pepa, un viejo muy teñido en pelo y piel que da pasitos de baile imitando a mi abuela para que no te olvides de que él también es eso, un violador convicto que nunca fue a la cárcel, uno que hace lo que quiere cuando quiere porque quiere. Lo leve está: que no es preciso hacer pucheros para matar a cientos de niñas en escuelas lejanas. Que podemos hacerlo como si no nos importara, solo porque podemos: porque somos —tratan de decir— los dueños todavía. El problema es su sobreactuación: terminamos creyendo lo contrario.
El argentino es un espejo: se le ocurrió que si la sociedad argentina era un quilombo inextricable, él sería uno igual —o peor—, más faltaba. Porque lo propio de la caricatura es extremar lo que caricatura. Le funcionó, al principio, y millones se identificaron: “Este sabe que esto así no va, lo sabe en carne propia”. Pero es difícil sostener el ritmo: el quilombo, si se mantiene, se transforma en la normalidad y cada vez se necesita más dosis para seguir produciendo el mismo Efecto Caos. Y llega un punto en que el mecanismo se desmanda y el pobre payaso que trabajaba de mimar y minar a su país se convierte en un muñeco roto. Es triste verlo en ese estado. (Vernos en ese estado es más que triste: es humillante).
La francesa es otra forma de la caricatura: la que no dice que lo es, la muñequita. Las muñecas asustan porque son demasiado lo que deben ser: lo son de una manera inamovible, siempre la misma, siempre igual. La señora Le Pen se presenta como una muñeca —caricatura sin querer— de una buena burguesa francesa, una mujer enérgica pero razonable, una de esas que tienen que vivir para contener la violencia de su marido —que en este caso es su papá—. Es su arma más fuerte: se aprovecha de la comparación. Siempre será un poco menos brutal que su progenitor y tan francofrancesa y tan garante de las viejas tradiciones como él. Aunque tiene un problema: aquellas damas, en aquellos salones, no solían llevar la tobillera de los presos.
El salvadoreño es una astuta construcción de opuestos: un muchacho atildado, su barba de dos días, su sonrisa, sus gorras miameras, toda esa pulcritud de herederito plantada sobre la base de cientos de cuerpos amontonados, arruinados, despojos despojados de sí mismos. En una cultura del enfrentamiento, un país que ha matado décadas y décadas, Mr. Bukele pone en escena el resultado de esa guerra: los malos al fin pierden porque él está dispuesto a destriparlos, a convertirlos en carroña. El presidente sin más es poca cosa; el presidente parado sobre esos restos reventados es una imagen tremebunda. Bukele usa la astucia de ser triunfo todo el tiempo: se caerá cuando, Goya o Faro mediante, todos veamos los Caprichos de su guerra, su garra carnicera.
El colombiano no podría ser más apropiado: el hombre parece ser la quintaesencia —falsificada en China— de una sociedad que se volvió aspiracional cuando unos pocos comerciantes de clase media tuvieron tal éxito que se encontraron con una cantidad hedionda de dinero y tuvieron que inventar formas nuevas y exóticas de usarlo y dedicaron a eso muchos esfuerzos e hipopótamos. Al hacerlo, además, inundaron su mercado interno con dinero y más dinero y la cultura local con esta idea de que el éxito sólo sirve si se lo puedes refregar en la cara a tu vecino. Y que sólo hay éxito en el triunfo individual. Ahí está el chiste: si alguien grita que su triunfo consiste en cagarse en todos los demás, ¿cómo hacen todos los demás para elegirlo suponiendo que no va a cagarse en ellos? De todos modos, la trampa está servida: alguna vez se entenderá que este señor encarna —sin querer— la crítica más extrema a una cultura que supone que, cuando puedes elegir lo que realmente quieres, eliges ser una basura.
Y nos queda, por hoy, el español, un caso muy menor, un funcionario que lleva 25 años empleado por algún partido de derecha. Se diría que el hombre no quiso o supo pensar nada: que se entregó sin resistencias a la supuesta literalidad íbera. En España, dicen, las cosas deben parecerse a lo que son. El señor Abascal es un facha como deben ser los fachas en los sueños de sus mamás fachas, virgen santa: un señor grandote, un poco gordo, que usa la ropa siempre chica para que se le note y una cara de malo de película peor y una barba de barbería barata y el gesto siempre adusto de quien carga sobre sus hombros muchos destinos y una escopeta de juguete. El señor Abascal es, todo él, un malo de juguete. Todo de juguete: su destino depende de cuán niños sean sus compatriotas.
Están algunos, faltan otros. Todos ellos quieren sacar ventajas de algún rasgo de sus países y culturas. Buscan, se buscan: todos hablan mucho de su dios pero ninguno cree que su dios lo haya hecho como es. Saben –todos ellos saben– que su dios escribe derechas con renglones torcidos.
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