El ejército de EEUU lanza sus drones impresos en 3D

Durante buena parte del siglo XX, un avión militar era una
obra de ingeniería lenta y carísima. Meses de fabricación, cadenas industriales
complejas y piezas capaces de soportar décadas de servicio. Ahora, el ejército
estadounidense empieza a explorar justo la filosofía contraria
: drones baratos,
modulares, fabricados en cuestión de horas y pensados, literalmente, para no
volver.

El cambio tiene mucho que ver con lo que está ocurriendo en
Ucrania. Allí, pequeños drones comerciales modificados han demostrado que una
máquina de pocos cientos de euros puede destruir vehículos blindados valorados
en millones. El resultado ha sido una transformación radical de la guerra
moderna: ya no importa solo tener las armas más sofisticadas, sino poder
producir miles de sistemas rápidamente
, repararlos sobre el terreno y asumir
que muchos serán destruidos.

En ese contexto, el ejército y la Fuerza Aérea de Estados
Unidos están acelerando el desarrollo de drones impresos en 3D. Algunos son de
reconocimiento. Otros están diseñados como “one-way attack drones”, una
expresión técnica que suena casi inocente pero que significa algo muy concreto:
drones kamikaze.
La idea es tan simple como inquietante. En lugar de fabricar
aeronaves complejas y reutilizables, estos sistemas funcionan más como munición
inteligente con alas. Se lanzan hacia un objetivo, impactan y se destruyen en
el proceso.

Uno de los proyectos más llamativos es el
HANX, desarrollado por el Cuerpo de Marines de los Estados Unidos
. Se trata
del primer dron militar estadounidense impreso en 3D que cumple con los
requisitos de seguridad del NDAA, la legislación que limita el uso de
componentes tecnológicos de origen chino en sistemas militares.
Y EEUU ya ha firmado
un contrato con AEVEX para su desarrollo.

El dron puede ensamblarse dentro de las propias unidades
militares, modificarse rápidamente y adaptarse a distintas misiones. Según los
datos publicados por los Marines
, cuesta menos de 700 euros por unidad,
varias veces menos que muchos drones tácticos convencionales.

Tradicionalmente, fabricar un dron militar implicaba depender
de grandes contratistas, piezas específicas y cadenas de suministro
internacionales. Con impresión aditiva, muchas partes pueden producirse
localmente. Un diseño digital puede enviarse a cualquier base del mundo y
convertirse en una aeronave funcional en cuestión de horas.

Otro ejemplo es el SPARTA,
presentado por la armada estadounidense. Su estructura puede imprimirse
prácticamente de la noche a la mañana y está diseñada para que pequeños grupos
de soldados puedan repararla o modificarla sin depender de técnicos
especializados. El sistema tiene autonomías de entre 30 y 60 minutos y alcances superiores a 30 kilómetros.
La velocidad de desarrollo también resulta llamativa. Mientras
que un programa militar tradicional puede tardar años, algunos de estos drones
han pasado del diseño inicial a pruebas de campo en apenas unos meses.

Pero quizá el cambio más profundo no sea tecnológico, sino
económico. Durante décadas, destruir un objetivo implicaba usar misiles
extremadamente caros. En muchos conflictos recientes, países han terminado
lanzando interceptores de cientos de miles de dólares contra drones
improvisados de apenas unos cientos.
La ecuación es insostenible.
Por eso el Pentágono empieza a pensar en términos de cantidad
más que de calidad. Algunos documentos oficiales ya hablan abiertamente de
desplegar cientos de miles de drones desechables antes de 2028. Y aquí la
impresión 3D encaja casi perfectamente.

Permite fabricar rápido,
barato y cerca del frente. También facilita algo esencial en los conflictos
modernos: iterar constantemente. Si un diseño falla, se modifica el archivo y
la siguiente versión puede imprimirse al día siguiente. No hace falta rediseñar
toda una cadena industrial. Y quizá el dato más revelador de todos sea este:
algunos de estos drones cuestan menos que el neumático de un avión de combate
moderno.
 Económicos, desechables y fabricados como munición: en cadena y de la noche a la mañana.  

Durante buena parte del siglo XX, un avión militar era una obra de ingeniería lenta y carísima. Meses de fabricación, cadenas industriales complejas y piezas capaces de soportar décadas de servicio. Ahora, el ejército estadounidense empieza a explorar justo la filosofía contraria: drones baratos, modulares, fabricados en cuestión de horas y pensados, literalmente, para no volver.

El cambio tiene mucho que ver con lo que está ocurriendo en Ucrania. Allí, pequeños drones comerciales modificados han demostrado que una máquina de pocos cientos de euros puede destruir vehículos blindados valorados en millones. El resultado ha sido una transformación radical de la guerra moderna: ya no importa solo tener las armas más sofisticadas, sino poder producir miles de sistemas rápidamente, repararlos sobre el terreno y asumir que muchos serán destruidos.

En ese contexto, el ejército y la Fuerza Aérea de Estados Unidos están acelerando el desarrollo de drones impresos en 3D. Algunos son de reconocimiento. Otros están diseñados como “one-way attack drones”, una expresión técnica que suena casi inocente pero que significa algo muy concreto: drones kamikaze.La idea es tan simple como inquietante. En lugar de fabricar aeronaves complejas y reutilizables, estos sistemas funcionan más como munición inteligente con alas. Se lanzan hacia un objetivo, impactan y se destruyen en el proceso.

Uno de los proyectos más llamativos es el HANX, desarrollado por el Cuerpo de Marines de los Estados Unidos. Se trata del primer dron militar estadounidense impreso en 3D que cumple con los requisitos de seguridad del NDAA, la legislación que limita el uso de componentes tecnológicos de origen chino en sistemas militares. Y EEUU ya ha firmado un contrato con AEVEX para su desarrollo.

El dron puede ensamblarse dentro de las propias unidades militares, modificarse rápidamente y adaptarse a distintas misiones. Según los datos publicados por los Marines, cuesta menos de 700 euros por unidad, varias veces menos que muchos drones tácticos convencionales.

Tradicionalmente, fabricar un dron militar implicaba depender de grandes contratistas, piezas específicas y cadenas de suministro internacionales. Con impresión aditiva, muchas partes pueden producirse localmente. Un diseño digital puede enviarse a cualquier base del mundo y convertirse en una aeronave funcional en cuestión de horas.

Otro ejemplo es el SPARTA, presentado por la armada estadounidense. Su estructura puede imprimirse prácticamente de la noche a la mañana y está diseñada para que pequeños grupos de soldados puedan repararla o modificarla sin depender de técnicos especializados. El sistema tiene autonomías de entre 30 y 60 minutos y alcances superiores a 30 kilómetros. La velocidad de desarrollo también resulta llamativa. Mientras que un programa militar tradicional puede tardar años, algunos de estos drones han pasado del diseño inicial a pruebas de campo en apenas unos meses.

Pero quizá el cambio más profundo no sea tecnológico, sino económico. Durante décadas, destruir un objetivo implicaba usar misiles extremadamente caros. En muchos conflictos recientes, países han terminado lanzando interceptores de cientos de miles de dólares contra drones improvisados de apenas unos cientos. La ecuación es insostenible. Por eso el Pentágono empieza a pensar en términos de cantidad más que de calidad. Algunos documentos oficiales ya hablan abiertamente de desplegar cientos de miles de drones desechables antes de 2028. Y aquí la impresión 3D encaja casi perfectamente.

Permite fabricar rápido, barato y cerca del frente. También facilita algo esencial en los conflictos modernos: iterar constantemente. Si un diseño falla, se modifica el archivo y la siguiente versión puede imprimirse al día siguiente. No hace falta rediseñar toda una cadena industrial. Y quizáel dato más revelador de todos sea este: algunos de estos drones cuestan menos que el neumático de un avión de combate moderno. Noticias de Tecnología y Videojuegos en La Razón

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