El presentador reconoce sus dudas ante las críticas por la entrevista al líder de Vox y recibe una contundente advertencia de Pedro Almodóvar: «Debes estar a la altura de las circunstancias» Leer El presentador reconoce sus dudas ante las críticas por la entrevista al líder de Vox y recibe una contundente advertencia de Pedro Almodóvar: «Debes estar a la altura de las circunstancias» Leer
David Broncano tiene un problema. Uno de esos problemas que empiezan siendo una buena idea, continúan con una decisión aparentemente lógica y terminan convirtiéndose en un marrón de dimensiones considerables. Y lo peor es que el presentador de La Revuelta lo sabe. Vaya si lo sabe. El próximo lunes, Santiago Abascal se sentará en el teatro Príncipe Gran Vía, frente a Broncano, ante un público que no parece precisamente el más entregado al líder de Vox y con una parte de sus propios espectadores preguntándose qué demonios hace invitando a alguien cuyas ideas están en las antípodas de las que suele defender el programa. Menudo jardín. Y eso que todavía no ha llegado la entrevista.
Anoche, Broncano hizo algo bastante menos habitual que preguntar por el dinero en el banco o por las relaciones sexuales del último mes: se puso serio. No del todo, porque pedirle a Broncano que renuncie a la broma sería como pedirle a Grison que no meta baza, pero sí lo suficiente para que quedara claro que lo del lunes no es una visita más. Ni para el programa, ni para su presentador, ni para la televisión pública.
«Nunca pensé que diría esto: Santiago Abascal en La Revuelta, este lunes 9«, anunció. Y aunque la frase provocaba por sí sola cierta incredulidad, lo verdaderamente interesante llegó después. Porque el presentador no solo confirmó una entrevista que llevaba días levantando ampollas en las redes sociales, sino que reconoció el dilema que supone dar entrada a determinados discursos en un espacio como el suyo.
Y ahí está la madre del cordero. ¿Debe Broncano entrevistar a Abascal? ¿Debe negarse porque una parte de su público rechaza las ideas del líder de Vox? ¿Debe tratarlo exactamente igual que a Pedro Sánchez? ¿O debe aprovechar que lo tiene delante para confrontar aquellas posiciones con las que no está de acuerdo? Son preguntas bastante más complicadas que las habituales de La Revuelta. Y ninguna se resuelve con un chiste de Jorge Ponce.
La cuestión es que Broncano también ha tenido dudas. Y no resulta difícil entender por qué. El presentador explicó que comprende que exista un sector de la izquierda contrario a ofrecer espacio televisivo a determinados discursos, pero planteó una reflexión que merece detenerse a escuchar: esos discursos ya tienen voz, ya forman parte del debate público y ya cuentan con representación política. No desaparecen porque uno decida no invitarlos.
«Está bien ver cómo articulan su mensaje», defendió. Una reflexión interesante. Porque una cosa es ofrecer un altavoz sin posibilidad de réplica y otra muy distinta permitir que alguien explique sus ideas y tenga que responder por ellas. La diferencia, claro, está en lo que ocurra después. Y ahí es donde Broncano se juega bastante más que una buena audiencia.
Pedro Almodóvar, que anoche visitaba el programa, no contribuyó precisamente a tranquilizarlo. Más bien al contrario. El cineasta, que nunca ha tenido demasiados problemas para decir lo que piensa, aprovechó la conversación para advertir al presentador de la responsabilidad que tiene por delante: «Debes estar a la altura de las circunstancias».
Y añadió que se enfrentará a un enorme dilema interior si escucha algo con lo que no está de acuerdo. Almodóvar, que se declaró de izquierdas, puso sobre la mesa cuestiones como las políticas culturales de Vox, sus posiciones ideológicas y el futuro de La Revuelta si Abascal llega al Gobierno. Incluso planteó acudir como público junto a su hermano Agustín. Solo faltaba que el lunes aparecieran los dos en primera fila. Broncano acabaría necesitando más que un pinganillo.
Pero, bromas aparte, Almodóvar dio donde más dolía. Porque el problema no es que Abascal vaya a La Revuelta. El problema es qué va a hacer La Revuelta con Abascal. Y Broncano lo reconoció.
«Me pone en un brete difícil porque no puedo hacer grandísimas diferencias entre unos y otros», explicó, recordando los criterios que rigen la presencia de candidatos en la televisión pública. Sin embargo, también dejó clara una cosa: no piensa convertirse en un convidado de piedra si escucha afirmaciones que considera necesario rebatir.
«Algún discurso merece ser contestado en la televisión pública», aseguró. Ahí estuvo, probablemente, lo mejor de la noche. No en el anuncio de la entrevista, que ya se conocía, ni en la advertencia de Almodóvar, sino en que Broncano admitiera que no tiene delante una situación sencilla. Que entrevistar a un político no significa necesariamente darle la razón. Que escuchar no obliga a asentir. Y que la pluralidad de una televisión pública no consiste en colocar a todos los invitados en el mismo sofá y fingir que todo lo que dicen merece idéntica respuesta.
Porque conviene recordar algo. Cuando Pedro Sánchez acudió a La Revuelta, la entrevista se convirtió en un acontecimiento televisivo. Un 33,9% de cuota de pantalla y 4.387.000 espectadores. Una barbaridad. Pero también hubo críticas a la comodidad con la que el presidente del Gobierno se desenvolvió ante Broncano, a las interrupciones, a la falta de preguntas incómodas y a esa sensación de que el espectáculo había terminado imponiéndose al ejercicio de pedir explicaciones al poder.
Y ahora llega Abascal. Precisamente uno de los políticos que más criticaron aquella entrevista, que llegó a calificar de «masaje». Qué vueltas da la televisión. El que denunciaba el masaje se dispone ahora a sentarse en la misma silla. Y el presentador al que se acusó de ser demasiado complaciente tendrá que demostrar que es capaz de mantener el humor sin renunciar a la incomodidad.
Tampoco puede olvidarse otro detalle. Vox ha sido especialmente duro con RTVE y con su modelo de televisión pública. De modo que el lunes se producirá una paradoja difícil de superar: el líder de un partido que ha cuestionado con enorme dureza la radiotelevisión pública acudirá a uno de sus programas estrella para dirigirse a millones de espectadores. La ironía se escribe sola.
De hecho, esta misma semana, Almudena Ariza ya había sugerido que se preguntara a Abascal por sus planes para RTVE. Y Grison, fiel a su papel de dinamitar cualquier conversación, propuso recuperar una de las preguntas más incómodas del programa: si el invitado es más machista o racista. La ocurrencia podía funcionar como chiste. La entrevista del lunes necesitará bastante más.
Y ahí está el gran reto de Broncano. Porque La Revuelta no es un informativo ni pretende serlo. Es un programa de entretenimiento. Su éxito reside precisamente en que sus entrevistas no se parecen a las entrevistas políticas convencionales. Pero cuando decides sentar frente a ti a quienes aspiran a gobernar un país, el entretenimiento adquiere inevitablemente otra dimensión.
No se trata de convertir a Broncano en un periodista político de la noche a la mañana. Ni de exigirle que haga una entrevista parlamentaria. Ni siquiera de pedirle que abandone su humor. Se trata de que no confunda la naturalidad con la complacencia.
Porque el lunes puede ocurrir de todo. Que Abascal se adapte al formato y sorprenda. Que Broncano consiga una conversación verdaderamente interesante. Que la tensión convierta la entrevista en uno de esos momentos televisivos que se recuerdan durante años. O que el intento de mantener el espectáculo termine dejando una sensación incómoda, como sucedió para algunos espectadores con la visita de Sánchez.
Lo que no debería ocurrir es que el presentador se sienta obligado a agradar a una parte de su audiencia a costa de renunciar a escuchar a otra. Ni que, por demostrar que puede entrevistar a cualquiera, termine renunciando a hacer las preguntas que considere necesarias.
Anoche, Broncano dejó entrever que es consciente de todo esto. Y esa conciencia, en un programa donde habitualmente todo parece improvisarse entre bromas, ya es bastante.
Queda por saber si el lunes será capaz de llevarla a la práctica.
Porque Abascal tiene mucho que ganar con su visita a La Revuelta. La oportunidad de llegar a un público que probablemente no le escucha en sus canales habituales, de mostrar una imagen diferente y de aprovechar un escaparate televisivo extraordinario en plena precampaña.
Broncano, en cambio, tiene mucho más que perder. Si es demasiado amable, le acusarán de blanquear. Si es demasiado duro, le acusarán de utilizar la televisión pública contra un candidato. Si hace bromas, habrá quien considere que trivializa. Si se pone serio, habrá quien le reproche que ha dejado de hacer el programa que sabe hacer. Vamos, que haga lo que haga, le van a caer por todos lados.
Pero quizá esa sea precisamente la prueba que necesitaba La Revuelta. Demostrar que la pluralidad no es una palabra que se utiliza cuando conviene, que escuchar a alguien no significa compartir sus ideas y que la televisión pública puede abrir sus puertas sin dejar de ejercer el derecho a preguntar, discrepar y responder.
El lunes veremos si David Broncano sale del jardín en el que se ha metido. O si termina descubriendo que, cuando uno invita a la política a su programa, por mucho que quiera, ya no basta con preguntar cuánto dinero tiene en el banco. Aunque, bien pensado, esa tampoco sería una mala pregunta.
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